sábado, 25 de abril de 2009

“Difícilmente podré morir del todo”

La semana pasada ya hablamos de las dificultades de nuestro mundo para aceptar la verdad de la resurrección. En el fondo no se trata de nada nuevo, pues los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo han llenado siempre de preguntas y respuestas la mente y el corazón de los hombres. Algunas de esas respuestas expresadas de forma comunitaria y tradicional son lo que constituyen los dogmas fundamentales de la Iglesia católica. Otras, consideradas erróneas o incompatibles con la fe de la Iglesia fueron catalogadas como heréticas.

Esas disquisiciones dogmáticas son apasionantes pero también complejas, por lo que en esta entrada insistiré en la dimensión experiencial de la resurrección. ¿Experimento o no la resurrección de Jesús en Nazaret? ¿Tiene eso consecuencias en mi vida? Y en caso afirmativo, ¿cuáles?

Las preguntas trascendentales no suelen encontrar una respuesta fácil, no sólo por el contenido en sí de la respuesta sino también por la complejidad de encontrar una forma de expresión adecuada a lo que se quiere transmitir o compartir.

Los seres humanos recurrimos a instrumentos y facetas creativas para expresar nuestra comprensión de la realidad. Estas van desde la ciencia a la religión, pasando por una a la que me quiero referir especialmente: el arte. Símbolos, imágenes, cánticos, himnos y poemas han sido recursos habituales entre los cristianos desde los orígenes de nuestra fe. Por ejemplo, E. Schillebeeckx menciona los credos primitivos en su libro “Jesús, historia de un viviente”. Son credos que expresan que Jesús vivía, había resucitado, en ellos y en medio de sus comunidades. El propio San Pablo aprovecha algún himno tradicional para insertarlo en su carta a los Filipenses (Flp 2, 6-11), dando lugar a lo que se ha denominado el “Cántico de los Filipenses” (del que ofrezco un enlace con texto del cántico y catequesis de Juan Pablo II inspirado en San Ambrosio de Milán).

Así pues, ¿cómo expresar experiencias tan profundas como la alegría, la tristeza, la vida, la muerte, la resurrección o el amor? El arte nos ayuda a expresarnos y a entendernos (al menos la mayoría de las veces). En estas últimas semanas se han editado las memorias de la poetisa rusa Marina Tsvietáieva, tituladas ‘Vivir en el fuego’ (Galaxia/Gutenberg/Círculo de Lectores), un título muy evocador y no menos pascual. Consciente de que el régimen de Stalin la condenaba a la pobreza y a la sinrazón, confesaba: “Mi vida es terrible. Es mi no-vida… Difícilmente podré morir del todo”. Su poesía, como expresa la tragedia griega, le hacía tocar con su alma las oscuridades pero también la luz gozosa de la existencia humana. Ella tenía la certeza de que caería el mensajero, pero que nunca se podría asesinar el poema.

Este aullido estremecedor de Tsvietáieva es profundamente antropológico y humano. En el fondo, todos compartimos experiencias similares en mayor o menos grado. Los cristianos no sólo no somos una excepción a esto sino que, además, tenemos que enarbolar la bandera de la esperanza escatológica. Y en caso de que cunda el pesimismo porque la realidad parece ser muy cruda, no se trata de que nos reafirmemos en un optimismo ingenuo y voluntarista, sino en que como nos recuerdan algunos teólogos de la liberación, “somos soldados derrotados de una causa invencible”.

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