martes, 19 de mayo de 2009

El CIS: ¿Quién se ha llevado mi pollo?

Hablando en castizo podemos convenir que el CIS es un mecanismo oficial por el cual se nos intenta hacer ver que el partido en el poder (el actual u otro cualquiera) ganaría la elecciones casi seguro y que si no estuviera tan claro, entonces nos trataría de persuadir de que su líder, es decir el presidente de turno, es más alto, más guapo y mejor valorado que el líder del partido opositor para “el conjunto de la ciudadanía” (expresión adoptada por los políticos para seducir a las masas y que por el abuso de su uso se ha convertido en una alarma de que en la misma frase en que aparece hay una patraña electoralista).

El CIS ha publicado hace unos días su informe del mes de abril. Como estudioso de la sociología, admito que debería hacer más caso a este tipo de informes, aún a sabiendas de que la estadística crece en su pretensión de proclamar ideas y datos bajo el simple argumento de autoridad de que lo opina un alto porcentaje de gente. Ya se sabe lo que se dice en estos casos: “la mierda es buena porque mil millones de moscas no pueden estar equivocadas”.

Sin embargo, si uno rebusca en las heces de las encuestas sociológicas puede encontrar datos que son auténtica materia orgánica para tratar de desmenuzar algo de lo que ocurre a nuestro alrededor. Yo me limitaré a sacar a la luz unos pocos datos, sin perjuicio de que cada cual pueda dedicar unos minutillos a explorar este filón demoscópico.

El primer dato que me llama la atención es que es mayor el número de personas que se han “borrado” de un sindicato (8,7%) que de una parroquia (el 4,8%). Lo cual podría confirmar que no son buenos tiempos para la militancia, pero también que si algunas instituciones laborales, religiosas u otras se alejan del sentido de su existencia corren el riesgo de perder su inteligibilidad para la sociedad al mismo tiempo que pierden significatividad para alguno de sus miembros.

A este respecto a los líderes sindicales y a la jerarquía católica habría que recordarles que ni la justicia social ni Dios están desfasados ni en fuera de juego, por lo que seguramente el problema pueda estar en las instituciones que están para canalizar las respectivas experiencias sociales y espirituales. Por lo demás, y sin perjuicio de lo anterior, tampoco me parece desmedido señalar que ante la apariencia de que algunas instituciones (como la eclesiástica) asumen el rol de “malo oficial”, hay otras instituciones como los sindicatos que, bajo la imagen de estabilidad, pierden mucha más vigencia y cotas de confianza para muchos ciudadanos.

El otro dato que quiero rescatar es el clásico posicionamiento religioso que la gente adopta en las encuestas. Según este estudio, el 74,7% de los españoles se considera católico, mientras que sólo un 6,9% se considera ateo y otro 13,8% no creyente (no me corresponde a mí aclarar cuál es el matiz diferenciador que contempla la encuesta entre estas dos posibilidades). Esto es un reflejo de que España sigue siendo un país sociológicamente católico, aunque de boquilla todo el mundo niegue la mayor.

Sin embargo, son muchas las lecturas que pueden hacerse de datos como estos. Una de ellas es que las formas de la religiosidad son más numerosas y desconocidas de lo que pensamos. Por ejemplo, es probable que el porcentaje de ateos (incluso contabilizando esos otros “no creyentes”) sea menor que el de forofos del Real Madrid o del Barcelona. Por eso, pensando que todos los intentos de eliminar a Dios suelen conllevar el intento más o menos camuflado de imponer otros dioses, me pregunto si a muchos ateos en particular y a los españolitos en particular no les parecerá en el fondo tan mal que España sea un país tan católico ya que más valen Roucos Varelas conocidos que Messis por conocer.

Otra lectura es la que pone sobre la mesa que la vivacidad de la fe cristiana no puede medirse por números -sin dejar estos de ser relevantes- sino por los signos por los que Jesús nos dijo que nos reconocerían a los cristianos: la alegría, la comunidad de bienes y por la fraternidad evangélica. En este sentido, y sin ahondar mucho más, este mismo estudio refleja que sólo el 15,5% de la población vive de forma comprometida la dimensión litúrgica y celebrativa de su fe.



Moraleja: hay que ir más allá de las apariencias. El CIS nos ofrece regularmente una visión estadística de la sociedad española. Esta visión puede resultar fiable en mayor o menor medida, pero cualquiera que sepa de Estadística sabe que en la primera lección de esta asignatura se explica que si alguien se ha comido un pollo y otra persona no se ha comido ningún pollo, se concluye que ambos se han comido medio pollo. Sin embargo, un cristiano sabe que la realidad no es ni tan sencilla ni tan superficial. Si los datos que escrutamos nos dicen que nos toca el pollo entero, deberíamos hacer una autocrítica para asegurarnos de que estamos haciendo las cosas bien. Pero si por el contrario nos dicen que no nos corresponde nada del pollo, no deberíamos ponernos nerviosos ni desanimarnos preguntándonos quién se habrá llevado nuestro pollo. Al contrario, las dificultades lejos de ser un obstáculo para el cristiano suponen un acicate para hacer gala de nuestra esperanza en la resurrección que si no se ve ya, esperamos que se haga patente muy pronto. Como en los estudios del CIS la clave está en saber hacer la pregunta correcta. María Magdalena no preguntó quién se había llevado su pollo sino quién se había llevado el cuerpo de su Maestro. Hacer la pregunta correcta le procuró la respuesta correcta: “id a Galilea, allí le veréis” (Mc 16, 7).

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