lunes, 25 de mayo de 2009

Humano, ser humano

Tenía que pasar y ya ha ocurrido. Cuando un relativista empieza a recular, suele ser por dos motivos: o porque la vida le pone en su sitio o porque le toca exponer su propuesta ética o epistemológica y entonces los demás le podemos aplicar su propia medicina.

La ministra de Igualdad, Bibiana Aído, ha podido comprobar que no es IGUAL abortar que no hacerlo (el famoso salto fariseo entre la teoría y la práctica: esto es bueno para ti pero no lo quiero para mí), que no es IGUAL opinar que saber (ya lo dice el pasodoble: “Manolete, Manolete, si no sabes torear pa que te metes”), y que no es IGUAL un ser vivo que un ser humano (“todos los de Burgos son quesos pero no todos los quesos son de Burgos”).

Para aderezar este elogio de la desigualdad (por muy incorrecta que sea, políticamente hablando) añadiré que la ética (siempre superior a la ciencia en derechos y deberes sobre qué es o no un ser humano) no es cuestión de buenismo o de buen rollito o de ligerezas; que el conocimiento no lo dice todo pero ayuda a desechar la estupidez como norma de vida y causa de infelicidad y autodestrucción; y, que lo humano trasciende las categorías de lo meramente biológico como demuestra el hecho de que uno pueda escribir esto, otros puedan leerlo y otros de más allá puedan considerar o valorar (sí, de valores) este escrito o las actuaciones de la susodicha ministra como patéticas.

Sólo queda una cosa: desmontar la patraña del progresismo. Progreso no es escurrir el bulto, ir siempre hacia delante, o negar la sabiduría de los que llevan en sus años muchas batallas libradas, etc. Sólo es progreso real aquel que es capaz de asumir lo que hemos sido para proyectarlo hacia el futuro y todo ello sin eludir las responsabilidades y las circunstancias del presente. El único progreso que nos ofrece garantía de viabilidad es el que supera la prueba de humanidad: el que va de una situación humana a otra aún más humana (léase humanizadora).

Humano, lo que se dice humano, es ser sujeto libre y responsable de tus acciones, sin olvidar las dosis necesarias de racionalidad y de inteligencia emocional. No somos bailarines porque nos movemos al ritmo que nos marcan, sino que lo somos porque al interpretar la música ponemos en ello nuestra personalidad y damos sentido a lo que hacemos, a ese baile, a la vida. Alguien ha dicho que el objetivo ha de ser vender la ética como progreso. Algo de eso hay. Por eso yo voy a recurrir a una canción que está pegando mucho entre los jóvenes en estos momentos. Se llama “Human” de The Killers y en ella se nos plantea si somos humanos o bailarines (aunque hay gente que piensa que dice ‘denser’ en lugar de ‘dancer’). Os adjunto aquí su letra en inglés por si vuestra interpretación personal pudiera hacerla aún más sugerente.

En el siglo XVI, los conquistadores españoles trataban de imponer su ley en el Nuevo Mundo basándose en que los indios no eran seres humanos. Ante este abuso, la voz de los predicadores dominicos se alzó a favor de los indios gritando: “Y estos, ¿acaso no son seres humanos?”. No soy el único que echa de menos la voz de los dominicos en las grandes fronteras de la vida (y la bioética es, sin duda alguna, una de ellas) pero siempre hay voces que predican en el desierto y por eso su voz resuena con más eco en quien está atento a lo realmente importante de la vida. José Antonio Heredia, fraile dominico y mi profesor de Moral de la Persona en Salamanca, ha escrito algo sobre este tema. Su visión es más precisa y sabia que la mía. Os la ofrezco aquí porque estoy básicamente de acuerdo con ella y porque a veces nos ayuda saber que somos muchos quiénes reflexionamos de manera distinta a como quiere imponernos el pensamiento aparentemente único.

Moraleja: si me preguntaran si otros o sus acciones son humanas, sabiendo que no siempre es fácil la respuesta, hay una cosa que tengo clara: que después de mi respuesta y de las acciones que se siguen de ella, pueda yo –y los demás- decir de mí mismo que sí soy un ser humano.

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