martes, 5 de mayo de 2009

Tu paja y mi viga

Dialogando con unos amigos hace unos días, salió a relucir el conocido lamento: “ellos sólo ven la paja en nuestro ojo y no ven la viga en el suyo”. A lo cual podría replicarse que por muy cierto que sea eso, además de ayudar a los demás a ver sus vigas, nuestra prioridad debería ser liberarnos de nuestra paja.

Una interpretación de esta célebre sentencia de Jesús de Nazaret (Lc 6, 41-42) podemos encontrarla en su propio modo de proceder. En primer lugar, Jesús se encuentra con sus interlocutores, bien porque les busca o les llama o bien porque le encuentran a él o sencillamente se hace el encontradizo.

A continuación, mediante el diálogo y sus gestos, Jesús logra mostrar la auténtica dimensión de lo que hay en juego: la moral cristiana sólo puede tener por referencia la humanización de las personas. ¡Jesús siempre lograr poner en primer plano la dimensión humana del problema que se plantea! Lo demás es relativo o secundario.

Un tercer paso es el establecimiento de la exigencia ética, la moral de mínimos, la regla de oro de la moral: ama al prójimo como a ti mismo o no quieras para los demás lo que no quieras para ti. Y, de repente, aparece el salto de calidad: la auto-exigencia. Jesús mira a los ojos del protagonista y le invita a que dé lo mejor de sí mismo, la moral de máximos: “vete y haz tú lo mismo”, “vete y no peques más”, etc.

El último paso pertenece al ámbito de la praxis. Es la más pura revelación evangélica pues supone comprobar en primera persona que el encuentro con Jesús no es otra cosa que una invitación a una vida plena. El gran descubrimiento evangélico es comprender que verdaderamente las palabras de Jesús son una Buena Noticia para quien las escucha y las pone en práctica.

En conclusión: ¿podemos entonces hablar de una moral o una ética específicamente cristiana? Esta es una pregunta compleja que ha hecho correr ríos de tinta, aunque sabemos que ni la ética se reduce a lo cristiano ni lo cristiano se reduce a la ética. Por eso, hay dos rasgos que, sin ser estrictamente éticos, sí están muy presentes en la concepción cristiana de la vida: la misericordia y la gracia. Ambas son estimulantes y necesarias cuando hay una viga en el ojo de mi prójimo y una paja en el mío, pero lo son mucho más cuando sucede algo que a veces nos cuesta reconocer: que confundimos lo que hay en el ojo ajeno porque pensamos que nuestra visibilidad moral está simplemente tapada por una paja cuando en realidad es toda una viga la que nos ciega.

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