lunes, 8 de junio de 2009

¿Europa? Sí, pero, ¿qué Europa?

Ahora que va disminuyendo el dolor de cabeza después de que los líderes políticos nos hayan explicado cómo todos han ganado estas elecciones europeas (un “aquelarre” con forma de sufragio que pocos o ninguno sabemos muy bien de dónde viene y, menos aún, a dónde nos lleva), me gustaría –esquivando los hachazos y desvaríos propios de los que podrían denominarse “profesionales de lo político”- recurrir a la historia y, sobre todo a la filosofía, para extraer rasgos y pautas que dibujan la situación más terrenal de España y Europa.

Salvador de Madariaga dijo que “el tema de Europa y España es perenne; duerme durante generaciones enteras y despierta de siglo en siglo cada vez, claro está, con el atavio ideológico de la época”. Y por ello ya encontramos aquí el primer rasgo para la reflexión: la relación entre España y Europa es un tema candente pero no puede ser que lo sea sólo porque hay unas elecciones europeas cada cinco años o porque los designios económicos de la Unión Europea nos obligan a ciertas cosas. Con todo, nuestro “atavio ideológico” desde 1986 es participar de la unión económica y por ende de la nobleza europea. Por tanto, si el refrán dice que nobleza obliga, el gran desafío es confiar en que lo único que obligue no sea sólo lo estrictamente económico.

Entrar en la CEE de entonces, en 1986, fue un atavio ideológico porque suponía aceptar unas pautas y unas directrices que fueron propuestas con el sencillo recurso de mostrar las bondades de las subvenciones y de los fondos de cohesión pero que no informaba del mismo modo de las exigencias que eso suponía. Ochenta años antes, en 1906, en medio de la denominada polémica de la europeización, Unamuno se mostraba contrario a ciertas formas de europeización por si acaso eso suponía “pedir para el pueblo español algo que no se sabe si es válido”. Y aquí llega la segunda pauta: ¿hasta qué punto los españoles somos conscientes y tenemos asumido lo que supone formar parte de Europa? ¿es nuestra consciencia europea mayor o menor que la de otros países de la Unión? Los fracasos y dificultades a la hora de sacar adelante la Constitución Europea, el Tratado de Lisboa o el plan Bolonia nos pueden decir algo sobre esto.

En la misma polémica, Unamuno, quien había sido un fuerte defensor y conocedor de lo que Europa podía representar para España, adopta una postura crítica con el fenómeno europeizador y avisa de que se trata de un destello que ciega prometiendo no sólo lo que no es sino, quién sabe, quizá lo que tampoco debería ser. Para Unamuno, la auténtica europeización ha de entenderse como una interacción no exenta de conveniencia. La forma de europeizar España es españolizar Europa. Y esto que suena tan pedante es lo básico de cualquier relación bi o multilateral. Dar recibiendo y recibir dando.

Pese a todo, Ortega y Gasset, que también participaba en aquella polémica, criticó duramente a Unamuno por esta opinión. Sin embargo, el tiempo dio y quitó a ambos algo de sus razones, pero podemos encontrar en el propio filósofo madrileño una clave interpretativa lograda a partir de la evolución de su postura: no es lo mismo coexistencia que convivencia. Ortega llegó a esto a partir de su propuesta de imitar a Europa (“España es el problema y Europa la solución”) pero en cierta medida con el tiempo acabó adoptando parte del planteamiento de Unamuno: lo europeo no implica dejar de ser español ni imitarlo sin ser nosotros mismos.

Desde esta perspectiva, la relación entre España y Europa ha de tener en cuenta aspectos como el conflicto entre lo espiritual y lo material; como la pregunta por la imitación de Europa entendida como lo objetivo o como lo que no puede entenderse de otra forma (teniendo presente lo que eso conlleva para lo subjetivo); como la tentación de poner nuestras fuerzas e inquietudes al servicio de la libertad económica antes que de la política; y, sobre todo, asegurarnos de que lo que nos ha costado llegar a Europa no puede verse frenado por la confusión o por los deseos equivocados de llegar a ser algo que no tiene nada que ver con nosotros.

No he seguido mucho la campaña electoral, pero seguramente no me equivoque si intuyo que estos temas y pautas no se han puesto sobre la mesa o no al menos con la responsabilidad que requieren. Si nuestros políticos no lo han hecho, quienes sí lo hacen de modo lúcido son nuestra historia y nuestra filosofía.

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