lunes, 10 de agosto de 2009

No creéis en buena madre y vais a creer en mala madrastra

Salgo a la calle y a causa de vivir en un lugar céntrico y bien situado me encuentro ante el Palacio de los Deportes rodeado y repleto de gente, bien vestida con “el traje de los domingos” que, en principio, no parece ir a un concierto, pues no se sientan ni acampan en las puertas con pinturas en sus pieles, ni posters en sus altares personales.

Avanzo y encuentro la explicación: el encuentro o asamblea anual de los Testigos de Jehová que se ha celebrado en Madrid en dos fines de semana consecutivos (el último de julio y el primero de agosto). Sus características responden a la imagen de lo poco que puedo conocer de ellos: la forma de vestir ya señalada, cierto espíritu familiarista o de clan religioso, literalismo bíblico, multiculturalidad, y, sobre todo, puesta en escena espectacular –hace años alquilaban el campo del Rayo Vallecano y hoy ya necesitan el Palacio de los Deportes durante dos fines de semana-.

No obstante hay otros rasgos que me llaman la atención y que otras personas también me han comentado. Su expresión es de felicidad y su apariencia no siempre responde a la de un grupo con connotaciones oscurantistas o difíciles de comprender para la sociedad. ¡Si son normales!, que diríamos de ellos como otros dirán de los cristianos cuando nos ven en acontecimientos públicos.

Todo esto me remueve por dentro y me hace caer en la cuenta de la situación religiosa de nuestro país. Por un lado está el escandaloso desconocimiento en cultura religiosa (muchos ciudadanos no sabrían decir apenas nada de este grupo, salvo que se niegan a realizarse transfusiones de sangre); por otro lado, está la cuestión de la libertad religiosa (fácilmente apelable cuando afecta a mi universo religioso pero más controvertido cuando determinados grupos religiosos muestran una cara demasiado influyente o poderosa); también resuena el tema de la propia identidad religiosa y la necesidad de hacer un ejercicio de conciencia sobre cómo los católicos vivimos y manifestamos públicamente nuestra fe (¿dónde ha quedado el ideal que se nos pregona en los Hechos de los Apóstoles?); y, por último, está el eterno debate del pluralismo religioso (siempre sano pero que no puede degenerar en un “totum revolutum”).

Como cristiano no puedo entender mi vida sin la gracia de Dios, que incluye las mediaciones por las que puedo rastrear sus huellas y sus designios. Entre ellas está la Iglesia, pueblo de Dios y comunidad de creyentes que vive desde la grandeza y la miseria de tener que estar a la altura de su condición teándrica –divina y humana-. En toda su majestad divina, la Iglesia tiene que asumir sus limitaciones humanas. Y en toda su realidad pecadora siempre sabemos que por debajo de todo lo eclesial anda Dios. Y eso nos hace caer en la cuenta de lo importante que es la Iglesia para nosotros. Por eso esto me recuerda que cuando era pequeño y mi madre me reñía o corregía a mí y a mis hermanos solía decirnos que “no creíamos en buena madre e íbamos a creer en mala madrastra”. Más allá del buen tino de su enseñanza –que casi siempre, por no decir siempre, era acertada- lo que seguro que había era algo interesante de ser escuchado y rastreado en nuestro crecimiento personal.

En la fe, y en lo religioso que se asocia a ella, no hay atajos. La fe nos anima y nos corrige. Nos empuja hacia el amor y demanda la presencia callada de la esperanza. Su único criterio es la mirada fija en el centro de nuestra existencia: el Dios de Jesús de Nazaret. Ni los chiringuitos religiosos, ni los halagos sociales, ni las persecuciones, ni las crisis personales o colectivas tienen valor absoluto por sí mismas. Esa es la gran verdad religiosa: si es auténtico vale la pena y nos llevará hacia Dios, si no… Y es que las cosas tampoco han cambiado tanto porque esto que me/nos recuerdo hoy es igualito a lo que se nos dice en los Hechos de los Apóstoles (Hch 5, 38-39).

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