martes, 1 de septiembre de 2009

Romper la baraja

No sé si alguna vez en la historia ha sido fácil o cómodo decir que el trabajo es una bendición. Al menos se solía decir que el trabajo dignifica a la persona. Y supongo que ambas expresiones son válidas en determinados contextos o según se mire. En tiempos de paro galopante y crisis económica, uno imagina que cualquier opción laboral es bienvenida, aunque sería de ingenuos olvidar que no son pocos los que parecen vivir tranquilos a costa de “la sopa boba”.

Pertenezco a un grupo de gente que puede sentirse muy afortunada por su situación laboral. Digo esto fundamentalmente porque me encanta mi trabajo y porque esta actividad me permite llevar a cabo una vida normal en cuanto a horarios y relaciones sociales. Como todo, tiene sus pros y sus contras, pero ante las dificultades o las críticas facilonas o envidiosas, siempre me viene a la mente la misma idea: “el que quiera o pueda, que venga y lo iguale o lo mejore”.

No hace falta ser un sociólogo de la liberación para darse cuenta de que hay cosas que no funcionan muy bien en nuestra sociedad. Entre ellas, los ritmos laborales son de lo más llamativo. Horarios insufribles, estrés imperante, agobios excesivos y que con frecuencia son autoinducidos, culto al sistema neoliberal, etc., son algunos de los rasgos de esta situación.

Cuando explico a mis alumnos de Economía los entresijos de esta disciplina humana (que ha devenido en disciplinadora humana) intento mostrarles la cara humana de la economía. Les invito a que cuando viajen en el metro no den por normal ver a señoras cincuentonas (o a cualquier otra persona) corriendo como alma que lleva el diablo luchando por coger el siguiente convoy que les llevará a unos euros extra o que delimita que esa tarde-noche pueda pasar media hora más o menos en casa con su familia.

En estos días estivales, las luces rojas se me encienden con mayor nitidez. Me refiero al cada vez mayor número de parejas que no pueden disfrutar de unas vacaciones juntos porque sus fechas disponibles de vacaciones no coinciden. Esta situación es más escandalosa y dolorosa cuando hay niños de por medio. Si le añadimos algunos ingredientes más de las condiciones leoninas en las que la gente ha de sacar adelante sus vidas, podremos llegar a encontrarnos con situaciones que cuestionan al común de los mortales, aunque parece obvio que no a todos.

Es decir, hay personas que dedican las mayores y mejores horas del día en dejarse la piel para lograr un sueldo que le permita atender sus obligaciones legales con una entidad financiera, a costa muchas veces de no pasar ni una hora al día con sus seres queridos o soñando con que llegue un vertiginoso fin de semana en el que el mayor objetivo es descansar para poder sobrellevar el durísimo ritmo semanal, generando una espiral viciosa y esquizofrénica. Si ahora resulta que esta dinámica da una vuelta más de tuerca y el único consuelo que quedaba, que era pasar quince días de ensueño con quien uno quería y donde uno quería, tampoco va a poder ser, entonces, ¿qué nos/les queda?

¿Quo vadis, hombre productor consumidor? ¿Estamos vendiendo a plazos nuestra alma al diablo? ¿Realmente las pequeñas compensaciones materiales compensan las rebajas de nuestros anhelos más personales y espirituales?

Echando la vista atrás, es impactante ver cómo ha dañado a la existencia humana el simple hecho de que se hayan revertido los niveles de prioridad hunana: la economía en lugar de estar supeditada a la ética y a la política, ha pasado a ser su ama y señora. ¡Estamos echando una partida ante un rival al que le hemos consentido jugar con una baraja de cartas marcadas! Si lejos de revertir esta situación, todos y cada uno de nosotros vamos haciendo concesiones al totem economicista sin dar la sensación de que nos duele regalar lo que deberíamos considerar como innegociable o intocable en nuestra vida personal, entonces ¿qué tiene que pasar para que uno reaccione?

Cuando el joven rico se acercó a Jesús, quería una respuesta fácil y que no cuestionara su estatus de vida (que no sabemos si era muy bueno o muy malo en lo espiritual pero sí en lo material). Jesús le pidió que rompiera la baraja, no sólo porque sería bueno para él o le conduciría a encontrar lo que realmente estaba buscando, sino por el hecho de que la liberación sólo llega cuando uno de modo personal y responsable se decide a dar el primer paso hacia su auténtica libertad. Siempre me he preguntado si aquel joven rico que se marchó muy triste no volvió nunca para intentar seguir los pasos de Jesús, como hicieron muchos de los que estaban cansados y agobiados. En cualquier caso, las opciones cristianas brotan del corazón de la persona y ya se sabe que no se puede servir al mismo tiempo a Dios y al dinero y que allá donde está tu tesoro está tu corazón. ¿Necesitamos saber algo más para romper la baraja?

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