lunes, 16 de noviembre de 2009

Estamos tontos, ¿o qué?


Ya lo decían algunos filósofos románticos alemanes: "¡Ay, San Platón, cuánto hemos pecado contra ti!" Hoy, no es que pequemos contra Platón, es que le golpeamos y maltratamos continuamente.



En concreto, me refiero especialmente a la clásica distinción que el filósofo ateniense hizo entre la ‘doxa’ (la mera opinión) y la ‘episteme’ (el auténtico conocimiento). A Platón lo traicionaron, maltrataron y desterraron en Siracusa, pero si hubiera tenido que vivir en la España de hoy (y parte del extranjero) seguro que no hubiera hecho falta nada de eso porque él solito se habría cortado las venas, o mejor aún, se hubiera bebido su vaso de cicuta de un solo trago, como hizo su querido maestro Sócrates.


Dice Platón en sus diálogos que hay tres tipos de hombres: los que saben, los que no saben y, el peor de los casos, lo que sin saber se creen que saben. La aplicación directa al panorama social, político e intelectual de nuestro país es inmediata. Siempre se ha dicho que en este país todo el mundo entiende de medicina, de fútbol y de economía, pero ¡eso era antes! Ahora todo el mundo entiende de todo. El prototipo de hombre sabio ya no es el humanista renacentista, ahora lo es el opinante que bebe en las sabias fuentes de la información superficial y exprés, en los cutres debates televisivos y en las pestosas tertulias radiofónicas.


Y entre todos los saberes, sin duda, el más vapuleado es el teológico. Soy el primero que cree que todos llevamos un teólogo en nuestro interior, pero de ahí a reconocer que todo el mundo entiende y sabe de teología va un buen trecho. La prueba radica en lo sencillo que les resulta a algunos dar por supuesto que creer en Dios es algo tan infantil, ñoño y estúpido, que se llegan a persuadir a ellos mismos de que sólo un tonto podría basar su existencia en la fe (más aún si es auspiciada por el andamiaje de una religión o de la teología).


Dos espectáculos de cierto éxito me han puesto sobreaviso: la cutre película de Amenábar titulada ‘Ágora’; y, la adaptación al teatro realizada por J. M. Flotats de ‘El encuentro entre Descartes y el joven Pascal’. En ambas, los argumentos, tramas y diálogos ponen por los suelos la postura creyente (cristiana para más INRI), provocando la risa fácil y la autocomplacencia en una gran parte del público que es incapaz de sospechar que los que realmente son motivo de risa (por no llorar) son ellos mismos y su incapacidad para la postura crítica y reflexiva.


Pero al cristiano no le consuela poder contestar a las risas ingenuas con sonrisas inteligentes. Sabe que siempre está presente la misericordia y la compasión que le mueve a dar un paso al frente, acoger como es al que le injuria y compartir con él la buena nueva del Evangelio, contrastada, por cierto, con las culturas emergentes, los argumentos poderosos o facilones y, sobre todo, con la firme experiencia de saber que las mayores tonterías del mundo (las importantes, las decisivas, las provocadas por el amor), tienen detrás una buena causa: la felicidad. ¿Tendrá esto algo que ver con lo de “bienaventurados cuando os injurien y digan toda clase de mal contra vosotros por mi causa”? (Mt 5, 11) Así pues, ¿estamos tontos o qué? Pista: la pregunta no es si estamos o somos tontos, sino si estamos o somos felices.

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