miércoles, 17 de febrero de 2010

Miércoles de Ceniza: conversión y vida eterna

“Conviértete y cree en el Evangelio”. Estas palabras de una de las fórmulas utilizadas en el rito de imposición de la ceniza nos sitúan en la clave de comprensión del proceso cuaresmal. Se trata de un itinerario espiritual que supone partir de la propia vida para poder aspirar a una vida en abundancia: la vida plena aquí, y la vida eterna en el cielo.

La ceniza es un símbolo muy rico en significado, pero en este contexto destaca por su símbolismo articulador de la realidad de la vida y de la muerte. En este sentido puede ser muy gráfico el ejemplo de la ceniza que queda depositada en el terreno después de un incendio forestal. En algunos casos, el ambiente tras el fuego es además muy propicio porque las cenizas contienen muchos nutrientes minerales inmediatamente asimilables. Donde parecía que predominaba la destrucción y la esterilidad, paradójicamente se asienta el fundamento de la vitalidad y la fertilidad.

Quizás por ello es importante que sepamos qué supone recibir la ceniza cuaresmal. En primer lugar, la ceniza nos habla de la importancia de las cosas sencillas y humildes, que contienen en sí un mayor tesoro espiritual que no siempre somos capaces de reconocer tras los destellos cegadores del materialismo.

En segundo lugar, la sencillez de la ceniza nos pone en relación con la auténtica dimensión de nuestra existencia. Como la vida potencial que emerge de la ceniza, nuestra existencia es una potencialidad que puede verse fomentada o quebrada según los impulsos moldeadores de la vida. Ello nos obliga a recordar que no somos dueños de nada sino mendigos de la eternidad.

Aspirar a la eternidad, a la vida eterna, conlleva no gloriarse de uno mismo; esto es, a poner en juego los talentos desde la clave de una conversión que se afronta desde el compromiso y se proyecta en la dirección de la esperanza. Para creer en el Evangelio es irrenunciable la flexibilidad de la conversión que nos permite revisar aquellas oscuridades y limitaciones que no nos dejan aspirar a la felicidad que anhelamos, pero que no termina de incordiarnos para que no se nos olvide que siempre está abierta la puerta salvadora a una situación mejor.

Finalmente, si entendemos que la ceniza es fuente potencial de vida, nos será fácil considerar el Miércoles de Ceniza como un alegato a favor de la gracia. Es ésta la verdad teológica que hemos de contemplar en este tiempo de Cuaresma. No somos seres destinados a sucumbir ante la pesada carga del pecado, sino criaturas convocadas a encontrarse con su Salvador. No importa cuan grande sea nuestro pecado, porque sabemos que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20). Ojalá que al final del periodo cuaresmal tengamos una mayor convicción de que, sustentados en la gracia de Dios, no queda ninguna razón para temer al dolor, al sufrimiento, al pecado o a la muerte. Entonces será el tiempo de la vida eterna.

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