lunes, 29 de marzo de 2010

Invictus

Una de las películas más atractivas de las últimas semanas ha sido, sin duda, Invictus de Clint Eastwood. En ella se abordan las dificultades que tuvo el líder sudafricano Nelson Mandela para consolidar la democracia tras su victoria en la elecciones en el seno de un país profundamente dividido por años de intolerancia y las profundas heridas del apartheid. Sin poder evitar el caramelo cinematográfico y cierto dramatismo facilón, la película logra transmitir ciertos mensajes y valores que pueden llegar a ser muy útiles para las personas de bien allá donde se encuentren.

El primero de ellos es la confianza en las propias fuerzas y en los demás. Mandela tuvo que ejercer su mandato en un país marcado por la inseguridad interna y poco fortalecido por cierto recelo internacional. Algo de esto puede verse hoy en día, incluso años después de aquellos acontecimientos y tras muchos logros, en el simple hecho de que mucha gente desconfía de que África en general y Sudáfrica en particular esté en condiciones de sacar adelante un acontecimiento de primera magnitud como es la inminente celebración del Mundial 2016 de fútbol. Tan importantes como los goles que se metan en ese campeonato, serán las semillas de confianza y futuro que dicho acontecimiento pueda dejar en el inconsciente colectivo africano.

Por otra parte, la película incluye un fuerte componente espiritual. Si como decía antes, las propias fuerzas y las ajenas son importantes, la espiritualidad nos ayuda a comprender que no todo se logra por las fuerzas naturales, sino que por el contrario requieren de un efecto multiplicador que se corresponde con la fuerza espiritual o sobrenatural. Las creencias colectivas, los sentimientos compartidos o la presencia misteriosa pero cercana de lo religioso son elementos decisivos para llevar a buen puerto las grandes empresas humanas. La película hace referencia a esta realidad con una canción y un poema que recoge una idea tan sencilla como reveladora: Dios bendiga a África, la cual llega a formar parte del himno nacional sudafricano.

En tercer lugar, la película expresa claramente cómo las grandes empresas humanas, especialmente las imbuidas de una fuerte dosis de espiritualidad, conllevan necesariamente una ruptura de esquemas y una redefinición de las expectativas. Tanto quien se muestra pesimista como quien se construye múltiples expectativas ante los nuevos cambios que un impulso humanizador puede ofrecer, ha de aceptar tarde o temprano que el manejo del desarrollo de los acontecimientos no está a su alcance y que el propio dinamismo de los acontecimientos invita (por no decir obliga) a cada uno a involucrarse de la mejor manera posible con el devenir de la vida nueva que emerge.

Y hete aquí que estamos saboreando las delicias teológicas de un Domingo de Ramos que nos ofrece la llegada gloriosa pero ni mucho menos cómoda o fácil de Jesús de Nazaret a Jerusalén. Confiado en sus propias fuerzas y en su vocación mesiánica, Jesús sube a Jerusalén para lanzar su mensaje definitivo: no hay vuelta atrás. Sin embargo, no todo depende de él pues son muchas las expectativas proyectadas sobre él. Hay un grupo de personas que espera que ni siquiera se atreva a subir a Jerusalén o que, en el caso de hacerlo, no lleve a cabo su cometido predicador. Otro grupo de personas depositan sobre él unas expectativas interesadas: todos coinciden en que Jesús puede ser el liberador de Israel, pero ¿qué concepto de liberador hay en sus cabezas? Finalmente están reflejados en esta escena quienes acompañan a Jesús más de cerca. Sus expectativas están más fundadas que las del resto pero precisamente por ello serán las que crujan con más virulencia cuando llegue la hora de la verdad. De esta forma vemos que casi todos aclaman a Jesús, gritando “bendito el que viene en nombre del Señor”, pero el tiempo no tardará en clarificar qué hay de auténtico en tan sentido recibimiento.

Jesús, el que viene en nombre del Señor, ha ido tomando conciencia durante su vida pública de que vivir el Evangelio, vivir desde la confianza absoluta en su Padre Dios, es proclamar que se haga la voluntad de su Padre y no la suya. A veces nos olvidamos de que los primeros esquemas que se rompen son los del propio Jesús, pero más aún olvidamos que el primero es recomponerlos en virtud del plan salvífico de su Padre es él mismo. Jesús comprende que ha de involucrarse con la nueva vida que está emergiendo. No hay término medio: o subir a Jerusalén o huir; o lanzar su mensaje en Jerusalén o callar para siempre; o esconderse y no ir al Huerto de los Olivos o ponerse en las manos de Dios; o dar la vida por todos los hombres o reservarse su vida para sí mismo. Son dilemas tan profundos que sólo hay una forma, paradójicamente, humana de acometerlos, y no es otra que dotarla de sentido espiritual. La dimensión espiritual es la única que logra elevar tanto la condición humana de modo que le permite dos cosas: ir más allá de sus propios límites y entrar en comunión con la divinidad. Esto me recuerda a cuando el protagonista de la película reza, parafraseando el poema Invictus de William Henley: “doy gracias al Dios que fuere por mi invicta alma; soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma” (ver trailer http://www.youtube.com/watch?v=B8EK_HX3VlY).

Jesús nos enseña en el Domingo de Ramos y en su Pasión las consecuencias de una vida plena de espiritualidad. ¿Es Jesús un Invictus? Sí, pero todavía no. Mientras haya un poso de injusticia en el mundo, la victoria de Jesús sobre la injusticia y la muerte no será definitiva, pero sabemos que su Evangelio es un buen guión en torno al cual debemos interpretar nuestro papel en el proyecto de Dios. Un papel que tendrá momentos de cierto protagonismo pero que también nos pedirá hacer un buen trabajo como actores de reparto. La Semana Santa nos dará claves personales sobre esto, ¡aprovechémosla!

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