lunes, 26 de abril de 2010

Los desvelos del velo

La cansina polémica sobre una reivindicación acerca del uso del velo en un instituto público de la Comunidad de Madrid nos ha revelado, nunca mejor dicho, una serie de aspectos que convendría no perder de vista.

Para empezar, algunas personas piensan que estas polémicas mediáticas pueden responder a una campaña de distracción de la opinión pública o cortina de humo. Lo desconozco y, sin llegar a descartarlo, me pregunto si no se trataría en todo caso de una múltiple cortina de humo. Es decir, qué cuestiones de fondo quedan “veladas” por este velo de una joven musulmana.

En segundo lugar, esta situación ha puesto de manifiesto la débil realidad del ecumenismo y del diálogo interreligioso en un país que está acostumbrado a confundir religión con cultura y a comprender ambas dimensiones de manera homogeneizadora y por tanto, a veces, excluyente.

Lo que nos lleva a un tercer aspecto que no es otro que la ínfima formación religiosa y teológica de la inmensa mayoría de los españoles que, lejos de callar, leer y aprender, no perdemos la oportunidad de opinar ex-cátedra sin sentir el más mínimo pudor o rubor a la hora de afilar unas expresiones tan asertivas como ignorantes. En este aspecto, una vez más, los medios de comunicación han copado los primeros puestos, tanto en categoría individual (con los famosos contertulios “sabelotodo”) como en la categoría por equipos (con unas informaciones sesgadas que encuentran un buen caldo de cultivo en una audiencia que a veces sólo escucha lo que coincide con sus falsos prejuicios).

Por otra parte, no podemos dejar de lado la confusión de contextos y entornos normativos que se ha propuesto en la polémica. Donde sólo hay una discusión sobre una norma de convivencia se han puesto sobre la mesa cuestiones tan complejas como la libertad religiosa o el papel de la mujer en culturas que conocemos muy superficialmente. A este respecto, me parece importante subrayar que se trata de una norma de convivencia para jóvenes menores de edad y en un proceso educativo, es decir, de socialización e inmersión en una sociedad determinada. Solamente con recordar esto, se puede despejar mucho el fangoso terreno en que se ha convertido esta cuestión que sigue siendo compleja pero que lo será menos si somos capaces de ver por dónde estamos pisando.

Y para acabar, en esta enmarañada polémica no podía faltar la omnipresente y explosiva manipulación de lo religioso por parte de la política. Es innegable que esta mezcla produce evidentes réditos electorales e ideológicos a los partidos políticos, los cuales no dudan en agitar de vez en cuando el árbol de la opinión pública para recoger las nueces en otros aspectos que nada tienen que ver con el que nos ocupa.

En conclusión, todas estas cuestiones han quedado tapadas por este velo adolescente, jugando con la opinión pública como si fuera un adolescente con su propio velo, el que en ocasiones cubre nuestras propias entendederas y no nos deja ver más allá de las apariencias artificiales. Y a mí ese velo sí que es el que me desvela, porque ni me deja dormir ni me permite soñar plácidamente con un futuro más revelador.

lunes, 19 de abril de 2010

Un volcán ante nuestras narices

¡Mira que Islandia está lejos y mira que creíamos saber tantas cosas sobre los volcanes! Pues resulta que un volcán islandés, el Eyjafjalla, se ha situado ante nuestras narices y promete estar ahí el tiempo suficiente como para que pensemos que el problema que está suponiendo puede llegar a alcanzar la categoría de “cuestión doméstica”.

Como los ríos de lava cayendo por sus laderas, cientos de casos y de situaciones “impensables” se han hecho realidad poniendo a prueba la flexibilidad y las entendederas de los seres humanos que, no nos engañemos, nos hemos montado el mundo soportados sobre la hipótesis de que todo va a salir bien y nuestro ritmo de vida al límite no debe ni puede parar.

Y junto a estos casos y situaciones reales, concretas y, a veces, urgentes, nos llega un magma de dilemas y preguntas que van a poner de manifiesto los auténticos valores que predominan en nuestro mundo.

Un primer dilema es el que contrapone la seguridad de los pasajeros de los vuelos con los intereses económicos de las respectivas líneas aéreas, sin perder de vista la ansiedad de unos pasajeros que no siempre estamos acostumbrados a tener que aceptar contrariedades provocadas por causas de fuerza mayor. ¿Necesitamos un volcán para poder experimentar nuestra condición de seres limitados?

Por otra parte, este volcán ha puesto de manifiesto la realidad de un mundo globalizado según las directrices de una especie de “efecto mariposa”. Unas cenizas en los cielos de Islandia pueden provocar que un ciudadano tenga que gastarse miles de euros en un viaje en taxi para no perder su negocio o incluso su puesto de trabajo. Y ante esto, quizás podríamos preguntarnos cuál es el auténtico motor que mueve nuestro mundo. ¿Qué personas o instituciones merecerían que invirtiéramos lo que fuera por poder llegar hasta ellos? ¿Son esas personas más o menos importantes que nuestros negocios y nuestros trabajos?

Un tercer dilema, por no alargar la lista, nos lo ofrece la propia naturaleza, pues parece ser que las cenizas en el aire provocan un efecto ralentizador del calentamiento del planeta al dificultar la incidencia directa de los rayos del Sol sobre la superficie de la Tierra. Sin embargo, los primeros cálculos no hablan de beneficios ecológicos sino de pérdidas económicas y de perjuicios al ritmo de recuperación de la crisis económica. ¿Anteponemos lo ecológico a lo económico o nuestros actos y valores desmienten nuestras palabras de buena voluntad?

Finalmente, en medio de esta batería de preguntas, no quisiera olvidarme de Dios, a quien recordamos todos en las catástrofes naturales y en este tipo de manifestaciones espectaculares de la naturaleza. Santo Tomás de Aquino nos recordaría que Dios no actúa en las causas segundas, salvo a través de las obras humanas, por lo que probablemente nos vendría bien reflexionar si no está Dios diciéndonos algo que nos puede venir muy bien escucharlo con atención y serenidad.

Mientras tanto no nos engañemos. Nuestro principal volcán está ante nuestras narices. Es más, está dentro de nosotros. Es al volcán de nuestro interior al que tenemos que prestar toda nuestra atención, apareciendo así un nuevo dilema que me recuerda al pensamiento del filósofo pluralista Empédocles y su explicación física, mística y teológica de la naturaleza, sus elementos (aire, tierra, fuego y agua) a partir de dos fuerzas también divinas: el amor y el odio. Si hacemos bien esta reflexión espiritual hallaremos un sentido; si no, podremos caer en la desesperación de un presente que nos absorbe y nos acapara. Y no olvidemos que la leyenda nos dice que Empédocles se suicidó al arrojarse al cráter del volcán Etna.

martes, 13 de abril de 2010

Signos de fe

El Evangelio de este domingo, con la archiconocida escena de la incredulidad del apóstol Tomás, refleja la importancia de los signos de fe para los creyentes. Cuando este discípulo pide ver las heridas y las llagas del Maestro está expresando la necesidad, muy humana por cierto, de ver signos que fortalezcan su fe.

Hay muchos tipos de signos, pero los creyentes solemos fijarnos en dos tipos: los externos y los internos. Entre los primeros destacan la Biblia (especialmente los evangelios); la Iglesia como comunidad de fe (con sus luces y sus sombras, sus avances y sus tropiezos) y celebrante de los sacramentos; y el testimonio de personas creyentes que con su vida y su palabra nos transmiten una experiencia gozosa propiciada por haber apostado su vida siguiendo a Jesús de Nazaret.

Los signos en cuanto señales nos permiten orientarnos en un camino que siempre muestra tramos que nos despistan, nos confunden y en los que nos podemos llegar a perder. Igualmente ocurre en el ámbito de la fe, en el que los signos son importantes, pero sólo en la medida en la que te permiten comprometerte con el camino que te lleva a la felicidad en primera persona y asociada a la felicidad del prójimo. Pero nunca sustituyen a la propia fe ni llegan a constituirse en el fundamento radical de la misma, pues ése no es otro que el propio Jesucristo en persona que es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

Cuando Jesús le dice a Santo Tomás que son “dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20, 29), en el fondo le está recordando que la fe cristiana es confianza en su persona que trasciende esos signos y nos acompaña y anima con su presencia salvífica todos los días de nuestra vida.

lunes, 5 de abril de 2010

¡Ay, Haití!: Feliz Pascua

Como sabemos que ni la ciencia ni el paso del tiempo van a solucionar por ellos mismos las preguntas existenciales que nos hacemos los seres humanos en ciertos momentos de nuestras vidas, llegados a este momento de celebración de la Pascua, celebración de la victoria de la vida sobre la muerte, de nuevo el equilibrio teológico exige expresar esta verdad o convicción cristiana pero sin caer en florituras desencarnadas y alejadas de una realidad que, al ser tan cruda y dura, en ocasiones nos tienta para que desesperemos de todo.

Quizás es buen momento para preguntarse en qué o en quién radica nuestra esperanza. Y, no menos importante, cómo ha de ser nuestra esperanza para que sea capaz de ofrecer sentido a la vida.

Teniendo en cuenta que este año 2010 nos recibió con una terrible tragedia como la del terremoto de Haití me parece que no es posible hablar de resurrección sin pisar esta tierra humana revuelta y sacudida por una fuerza natural que nos interroga tocando nuestras entrañas. Y todo ello como símbolo de todas las demás calamidades humanas que, más parecidas a la de Haití -como es el caso del terremoto de Chile- o de carácter más doméstico -los problemas y angustias de personas anónimas- que pueden cuestionarnos a la hora de entender qué es eso de la resurrección.

La Pascua es el paso de la esclavitud a la libertad para los judíos y que los cristianos hemos traducido en el paso de la muerte a la vida, en virtud de los acontecimientos que Jesús de Nazaret protagonizó en su última Pascua que celebró en Jerusalén antes de ser juzgado, condenado y crucificado. Jesús no enseña en la Pascua que el sentido de la vida es una cuestión de vida o muerte. Y es que el sentido de la vida provoca una intensificación de las ganas de vivir, mientras que el sinsentido hace crujir las estructuras de nuestra existencia de tal modo que o se encuentra una vía para reconducirse hacia el sentido o sólo queda la inercia que nos conduce hacia la nada o la desesperación. Esta disyuntiva es tan profundamente antropológica que está presente en lo más hondo de la humanidad.

Un ejemplo de esto pude comprobarlo en estas vacaciones mediante la promoción de una canción solidaria (¡Ay, Haití) interpretada por un grupo de artistas (Alejandro Sanz, Shakira, M. Bosé, Bebe, Marta Sánchez y otros) con Carlos Jean a la cabeza con la intención de mantener activa la ayuda y el apoyo humanitario a Haití. Tras escuchar la canción un par de veces me han llamado la atención dos cosas. La primera es que la gente ha reaccionado de forma muy polarizada ante la iniciativa: unos consideran que es una canción optimista y que transmite unos valores y una esperanza muy necesaria; y otros prefieren ser pesimistas y malpensados, considerando que se trata de una estratagema para autopromocionarse y ganar dinero. Curiosamente, algo parecido ocurre con la Pascua: ¿es un ritual necesario y antropológico o es un proceso engañoso e interesado?

La otra cosa digna de consideración es que el vocabulario y los conceptos empleados en la canción contienen una clarísima procedencia cristiana. Escuchando atentamente encontraremos expresiones como: un milagro que nos convierta en ti / hay amor, hay en ti, en mi voz / hay tiempo de renacer, hay tiempo de dar amor / deja que este llanto desentierre nuestra fe en la misma tierra que la vio nacer / escucha mi plegaria: quiero resucitar para ver volver a nacer a Haití /. Ante esto, se me ocurre preguntarme de qué tradiciones brotan los elementos y conceptos que nos ayudan a dar sentido a la vida.

En esta Pascua 2010, volvemos a plantearnos la pregunta última por el sentido de la vida. No se trata de una pregunta fácil ni ajena y por tanto no admite respuestas fáciles ni ajenas. Sólo desde la propia experiencia, implicada y complicada con las experiencias de las demás personas, podremos despejar nuestra incógnita existencial: ¿estamos llamados a la resurrección y a la vida o es nuestro destino caer en la fosa y dormir para siempre en los brazos de la muerte?

Por si aún hace falta que os diga lo que os deseo a todos y cada uno de vosotros, vaya por delante mi felicitación: ¡Feliz Pascua!