martes, 13 de abril de 2010

Signos de fe

El Evangelio de este domingo, con la archiconocida escena de la incredulidad del apóstol Tomás, refleja la importancia de los signos de fe para los creyentes. Cuando este discípulo pide ver las heridas y las llagas del Maestro está expresando la necesidad, muy humana por cierto, de ver signos que fortalezcan su fe.

Hay muchos tipos de signos, pero los creyentes solemos fijarnos en dos tipos: los externos y los internos. Entre los primeros destacan la Biblia (especialmente los evangelios); la Iglesia como comunidad de fe (con sus luces y sus sombras, sus avances y sus tropiezos) y celebrante de los sacramentos; y el testimonio de personas creyentes que con su vida y su palabra nos transmiten una experiencia gozosa propiciada por haber apostado su vida siguiendo a Jesús de Nazaret.

Los signos en cuanto señales nos permiten orientarnos en un camino que siempre muestra tramos que nos despistan, nos confunden y en los que nos podemos llegar a perder. Igualmente ocurre en el ámbito de la fe, en el que los signos son importantes, pero sólo en la medida en la que te permiten comprometerte con el camino que te lleva a la felicidad en primera persona y asociada a la felicidad del prójimo. Pero nunca sustituyen a la propia fe ni llegan a constituirse en el fundamento radical de la misma, pues ése no es otro que el propio Jesucristo en persona que es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

Cuando Jesús le dice a Santo Tomás que son “dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20, 29), en el fondo le está recordando que la fe cristiana es confianza en su persona que trasciende esos signos y nos acompaña y anima con su presencia salvífica todos los días de nuestra vida.

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