martes, 4 de mayo de 2010

La amenaza macarra (sobre propaganda vocacional)

Una de los frentes más descuidados y de presente menos prometedor en el seno de la Iglesia católica es el de la comunicación. No digo que no se hagan grandes esfuerzos porque no conozco a fondo lo que se hace, pero sí digo que los resultados son pobres en proporción con lo que podría esperarse de una institución tan grande y, sobre todo, con un mensaje tan seductor y potente como es el del Evangelio.

A lo previsible, monótono, descontextualizado, aburrido, mal preparado, etc., se le unen ahora nuevos peligros de los tiempos actuales que confirman esta posición que, muy a mi pesar, es más que pesimista. Lo rancio, lo macarra, el recurso facilón y lo propagandista (como este ejemplo, al ritmo de la masacre metálica del canon de Pachelbel) no son los ingredientes con los que cocinar un buen proyecto comunicativo (sí, lo reconozco, no faltan rayos de esperanza en forma de proyectos más elaborados).

Cuando alguien no es capaz de comunicar y expresar con cierta gracia lo que es y lo que vive, suele deberse a dos razones: la primera es que la apariencia externa de lo que se quiere dar a conocer no coincide con aquello en que consiste verdaderamente la realidad o la entidad que tiene interés en intercomunicarse con su entorno; la segunda es que se pierda de vista la perspectiva de las personas o entidades con las que uno quiere comunicarse, de modo que esa comunicación es un monólogo autista o incluso un diálogo de besugos.

Y sin ánimo de hurgar en la herida, no podemos olvidar un factor extra que afecta al cristianismo, a la Iglesia y a sus instituciones (órdenes religiosas, congregaciones, parroquias, colegios, ONGs, etc.): si estos dos factores de fracaso comunicativo confluyen a la vez, entonces se llegará de forma inequívoca a la conclusión de que el comunicador no cree ni de lejos en el Evangelio.

Dicho de otra forma: la muerte del mensajero es creerse que el mensaje depende de él, o peor aún, considerarse más importante que el mensaje y que el emisor y el receptor del mismo. Por eso al igual que si el creyente piensa en la gente piensa en el Evangelio, o si piensa en el Evangelio piensa en Dios, o si piensa en Dios piensa en la gente… quien piensa en el mensaje piensa en el emisor o en el receptor y viceversa, y después en los cauces, de modo que el esquema básico de la comunicación adquiere una sencillez sistémica. Como adquiere sencillez evangélica recordar con frecuencia que quien pierda su vida por Jesucristo la salvará y quien pretenda salvarla la perderá.

Al igual que una gallina se equivocará mostrando sus plumas y olvidándose de lucir sus huevos, el predicador cristiano errará si se olvida de hablar y expresarse desde la fecunda compasión que brota de su relación con Dios, en beneficio de otras esteriles fuentes de inspiración. Y esto no lo digo yo, también lo dice un profesional de la comunicación que hace unos meses explicaba en un diario que “la obligación de un creativo no es tanto buscar lo nuevo como lo eterno. Si conectas con lo que está dentro de la gente, el amor, el odio, las pasiones… das con lo que de verdad la mueve”.

2 comentarios:

  1. Muy bueno, Miguel. Es una pena, con lo que nosotros sentimos todo lo que esta relacionado con la Orden, que no haya un verdadero esfuerzo que arranque del analisis de la realidad para poder acercarnos a ella y ofrecer una invitacion del Evangelio que este a la altura. Ojala, pronto, se den cuenta de ello. Ojala... el Evangelio sea el anuncio, lo anunciado y el anunciante.

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  2. Jose, probablemente se me escape algo de tu comentario, pero no me acabo de explicar eso de que "se den" cuenta de ello. ¿Quienes se deben o nos debemos dar cuenta?
    Yo, a modo de confesión, diré que no me disgustan los videos macarras. A lo mejor no está tanto en los videos si no en lo que nos quedamos de ellos quienes los vemos. A lo mejor, y finalmente, es sólo una cuestión de gusto.

    Un abrazo.

    Nacho

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