jueves, 15 de julio de 2010

El retorno de Electra (I)

Del 10 al 20 de junio se ha presentado en el Teatro Español de Madrid, el mismo lugar que con un notorio éxito fue estrenada en 1901, Electra, la obra teatral más famosa de Benito Pérez Galdós. Se trata de una obra de gran calado social y filosófico, que en gran medida no ha perdido buena parte de su actualidad.

En un contexto, el del 1898, marcado por la polarización de posturas políticas intelectuales agrupables en tres grupos principales (conservadores o tradicionalistas, racionalistas, y neotomistas), la posición del pensamiento de Benito Pérez Galdós puede entenderse como una cuarta vía que se distancia claramente de una de ellas (la neotomista) y permanece en diálogo crítico con las dos restantes. Como bien es sabido, Galdós ha pagado un alto precio personal e histórico por mantenerse en esta línea original e independiente de pensamiento en lo que al problema de España se refiere y en concreto en su postura respecto a la posición a adoptar ante la modernidad con todo lo que ello conlleva, dada la ideologización y la tensión que condicionaban seriamente el debate intelectual.

En ese momento, la conmoción producida por el polémico estreno entre los intelectuales, supuso un golpe para las fuerzas conservadoras y una publicidad inesperada para Galdós, en quienes centraron su atención los partidos socialista y republicano buscando aprovechar su popularidad y su prestigio. Por consiguiente, tras la polémica surgida por el estreno de su obra teatral, su postura ideológica se radicalizó al sentirse defraudado por las propuestas liberales y el 6 de abril de 1907 aceptó formar parte de las listas electorales del Partido Republicano, al encontrar en el mismo un ideal distanciado del monárquico, al que juzgaba como responsable de lo que él consideraba el capital problema español: la petrificación teocrática.

En definitiva, en el momento de redacción y presentación de Electra, la preocupación más profunda de Galdós es denunciar este empuje eclesiástico en el seno de una problemática más amplia y global como era la denominada “cuestión social”. Por eso, concluirá Galdós, lo que está en juego es "el dominio social y el régimen de los pueblos”. En este sentido, su crítica a lo eclesiástico debe incluir una decisiva e importante distinción entre Iglesia y clericalismo. A Galdós le preocupa el sistema de libertades en el que se funda la sociedad, tratando de dejar en evidencia las "guerras de conciencias" que eran alimentadas a través de la influencia educativa que ejercían instituciones clericales como los jesuitas, concretada en grupos de adolescentes y jóvenes como los luises. Es decir, su objetivo ahora es la lucha contra lo que denomina "anemia social", es decir, la lucha por regenerar aquellos elementos que conforman una sociedad humana y que podemos definir como moral social.

Hoy, más de un siglo después, la actualidad del drama de Electra es evidente en múltiples aspectos: las relaciones Iglesia-Estado que no siempre son bien comprendidas ni interpretadas (tanto por quienes pretenden intensificarlas como por quienes quisieran abolirlas totalmente); las prácticas proselitistas de algunos grupos ultraconservadores de la Iglesia y su manera de entender la moral y la libertad de conciencia; la visión española del clero que suele devenir en los excesos indeseables del clericalismo o del anticlericalismo; y, por último, la petrificación intelectual de nuestro país, especialmente en el ámbito moral, religioso y teológico.

Dime qué argumentos intelectuales escuchas y te diré quién eres. Hace años, mantener una postura valiente, honesta y de auténtico intelectual le supuso a Galdós seguramente perder sus opciones a premio Nobel de Literatura y no pocos disgustos; y hoy el panorama resulta incluso más incómodo. Sin embargo, hay algo que persiste junto a la dificultad del contexto y a la relevancia de los problemas reales, y eso no es otra cosa que la libertad de conciencia y la opción por la verdad. Y ante eso sólo hay dos caminos: avanzar contra viento y marea o volverse triste y cabizbajo por otros caminos que no nos recuerden la miseria de tal claudicación.

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