domingo, 4 de julio de 2010

Estatut, Mundial y otros patriotismos

Me da la sensación de que la actualidad informativa nos ha recordado que, en más ocasiones de las que pensamos, los caminos más sencillos son los más rectos y rápidos –y quizás los únicos verdaderamente fecundos- para llegar a los objetivos marcados, pues como dice el adagio clásico: primum vivere, deinde filosofare.

Una sentencia confusa sobre el Estatut me ha recordado a otras batallas perdidas por haber colocado el carro delante de los bueyes. Cuántas situaciones se han desvirtuado, deteriorado y desnortado por querer explicarse o imponerse de mejor manera de lo que la propia realidad o la situación posibilitan por sí misma. Brota así la ideología, esto es, el intento de reducir la fuerza de la vida a un conglomerado de ideas que pasan a ser propuestas, impuestas o controladas por los subsiguientes ideólogos. Esta usurpación de las personas y sus auténticos valores por parte de las ideologías y sus vividores llega a su máxima expresión cuando entra en profunda contradicción con la vida.

Si nos fijamos en el Estauto de Autonomía de Cataluña, se puede llegar a entender que se trata de un documento político y jurídico que engloba asuntos de interés y calado para los ciudadanos catalanes (aunque quizás no de todos ni en la misma medida). Sin embargo, la cuestión de fondo es el contexto en el que se expresan y posibilitan dichos asuntos. Dicho de otra forma, si lo que una persona reivindica o defiende con sus ideas no acaba de encajar con lo que realmente es su vida y lo que tiene gran importancia en ella, se acaba convirtiendo en pura ideología, en pura abstracción y en puro capricho que complica la vida de los demás y no acaba de ofrecer plenitud a la propia.

En el lado contrario tenemos el ejemplo del Mundial. Sin ser un ejemplo puro, pues también contiene sus impurezas manipuladoras, el fútbol nos está demostrando que su potencia radica en su capacidad para conectar con los sueños y anhelos de mucha gente. A partir de esa realidad se pueden ir construyendo el resto de disposiciones de lo que, en el fondo, es relevante para la vida de las personas.

Mientras un engranaje político, administrativo y jurídico muestra sus dificultades para conectar con la realidad de las personas a las que trata de orientar, resulta que un simple juego disfrutado y jaleado en común nos permite comprender de manera sencilla y elemental qué es lo realmente importante en la vida de las personas. Y resulta que eso que es importante para mí se parece en lo fundamental a lo que es importante para los demás, brotando así las bases de una convivencia que según el avance político en la historia se expresa en una estructura posibilitante (el Estado y sus instituciones), en unas reglas que permitan la participación de todos (la democracia y la separación de poderes) y en unos símbolos y valores culturales comunes (ya sean compartidos o compartibles) que son aceptados por todos en cuanto que logran poner de manifiesto que nuestra concordia nos permite ser más prósperos, material y espiritualmente, que nuestra discordia.

En la actualidad, ante el maltrato que experimenta el concepto de patria, su saneamiento pasa por ponerlo en relación con el bien común. Patriota sería, entonces, quien busca el bien común, que es sabido que es mucho más que la suma de bienes individuales o particulares.

Este principio, básico presente en la Doctrina Social de la Iglesia, lo encontramos en la propia predicación de Jesús, cuando contextualiza su patriotismo (si así se le puede llamar), con su célebre sentencia: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Así pues, demos el apoyo necesario a los patriotismos del tipo Estatuts o de Mundiales, pero asegurémonos de que están en sintonía con lo que la vida y la realidad nos imponen. De lo contrario, puede que el carro siga impidiendo el avance de los bueyes o incluso que el carro y los bueyes queden inutilizados al ir por caminos divergentes, siendo peor el remedio que la enfermedad.

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