jueves, 12 de agosto de 2010

La moral del convento

No veo mucho la televisión, excepto algunas retransmisiones deportivas, pero las pocas veces que la veo me animan a no echarla de menos. De hecho, parece que incluso algunos oasis televisivos que quedaban se ven en peligro de extinción. Uno de ellos es Informe Semanal, que con seguridad será uno de los programas más valorados por los españoles tal y como prueba su emisión a lo largo de décadas. Este programa siempre estuvo, como todos, sometido a los vaivenes políticos del gobierno de turno pero en las últimas ocasiones en que lo he visto, me ha dado la impresión de que ha perdido esa elegancia informativa que lograba alzarse por encima de las impurezas ideológicas de cada legislatura para ofrecer otro tipo de perspectiva a la interesadísima información que se ofrecía en los telediarios convencionales.

Hace unas semanas, Informe Semanal dio un recital de lo que supone la manipulación y la degradación de un estilo de periodismo que le hizo ser un programa apreciado y a los profesionales de TVE apreciados más allá de su difícil misión de informar desde un medio oficial. Este recital tuvo expresiones tanto en su fondo, como en su forma y, desgraciadamente por difícil que sea probarlo, me temo que en lo intencional. Me refiero al reportaje La moral del convento, cuyo enlace incluyo aquí para que quien se anime a verlo pueda juzgar por sí mismo si lo que digo es pertinente o exagerado.

En el fondo del reportaje prevalecía la idea de que durante el régimen franquista la identificación entre el franquismo y la Iglesia católica fue total (de hecho, aparece un historiador muy enfadado en el reportaje subrayando este matiz totalizador) y ello se tradujo en una imposición de un cierto tipo de moral, especialmente en el universo de la mujer, semejante a la de los conventos femeninos. Para fundamentar esta tesis reduccionista y simplista, el reportaje recurre al juego de las imágenes obvias de la presencia pública de la colaboración innegable de la mayoría de jerarquía católica de la época con Franco.

A golpe de tres fragmentos del NODO (la mentira con la que el franquismo quería hacernos tragar su película es la película con la que ahora algunos quieren hacer tragar a otros su mentira) y algunas referencias subliminales al Valle de los Caídos, junto con otras escenas y expresiones sacadas de un contexto del que nos separan, no se olvide, en algunos casos más de medio siglo de avances vertiginosos y algún retroceso espeluznante, se prepara el escenario para que algunos personajes ilustres (entre ellos Forges y otras personas menos graciosas) contaran su anecdotario y sus chascarrillos de la infancia con la autoridad moral de quien está contando el mito que simboliza el imaginario colectivo de toda la tribu española del tercer cuarto del siglo XX español. Y lo cierto es que si no fuera por la amargura que sigue desprendiéndose de sus relatos y por el tono propio de las anécdotas, que todos sabemos que se maquillan y exageran por todo buen narrador para ser más llamativas y entretenidas, algún ingenuo podría llegar a creerse que todo fue exactamente como lo narran estos cuentacuentos, que pueden llevar mucha razón en parte de su moraleja pero que se equivocan en tratar de imponérsela a quienes tienen memoria y madurez para sacar su propia moraleja y saber que no todo es como lo cuentan los portavoces oficiales de la memoria histórica.

Para ello miro a las mujeres de mi entorno que vivieron esa época y con su elegancia y alegría me desmienten sin paliativos un discurso tan mediocre y parcial. ¡Qué pena que mientras nuestras compatriotas eran salvadas de su reclusión moral por los bikinis de las turistas suecas y los aires libertinos de las femmes francesas, no ocurriera lo mismo con los intelectuales españoles incapaces de aprovechar aún hoy un poco de la cultura filosófica que abundaba al otro lado de los Pirineos! Tampoco me olvido de la gente a la que le tocó ser de un bando o de otro sin que nadie les preguntara de qué lado quería estar, ¡si es que querían estar de algún lado! También estudio la historia de la Iglesia española del siglo XX y me encuentro con infinidad de matices y personajes que dinamitan la mentira rocosa que intentan arrojar sobre quienes no se tragan el relato oficial. En este aspecto, tan falso es querer atacar a la Iglesia por ser colaboracionista y clerical, como querer defenderla desde argumentos y realidades exclusivamente clericales, lo que muestra que en esto los extremos críticos y defensores de lo eclesiástico también se atraen y frecuentan lugares comunes. Y finalmente, pienso en lo fácil que es ser como Manolete cuando el toro ya ha pasado, apuntándose de manera facilona al carro de las batallitas y de las resistencias cuando muchas de las cosas que hoy criticamos y decimos combatir, las hemos aprendido con el paso del tiempo y a partir de los errores en los que nosotros mismos incurrimos. En ese momento a los portavoces oficiales de las luchas pasadas se les pone cara de trinchera, es decir, sólo nos muestran la faz afectada por los golpes y las balas de la batalla, pero nos ocultan la otra cara interna que permanece más consolidada y cubierta, privilegiada por el propio desarrollo de la lucha y de los acontecimientos que la provocaron y que, de alguna forma, les alimentó a ellos.

Pero fue en las cuestiones de forma del reportaje donde encontré las peores artimañas que resultaron ser más perversas no por su retorcimiento sino precisamente por su evidencia. ¿Realmente será tan fácil llegar a creer que se puede manipular a la gente con tan poco? ¿Es tan sencillo trabajar pensando que aquellos a los que te diriges son unos perfectos idiotas que se van a tragar todo lo que les cuentas? La única explicación que encuentro es que los programadores de las televisiones y sus espectadores coinciden en que unos dicen lo que los otros están esperando escuchar.

El reportaje del que hablo se emitió en un contexto veraniego, de falta de noticias pero también de mayor relajación de la audiencia, pero en el que los temas a elegir son infinitos. Aún así, quien decidió priorizar este tema tuvo la ocurrencia de emitirlo a continuación de otro reportaje sobre el genocidio de Srebrenica, en la antigua Yugoslavia, obviamente justificado por cumplirse su 15º aniversario, y en el que se trataba la importancia de identificar a las víctimas de dicha barbarie al tiempo que reclamar una justicia tanto para victima como para los desalmados que perpetraron tal crimen. De nuevo, lo sutil, lo subliminal y lo similar intentando suplantar a lo patente, a lo evidente y a lo idéntico.

Cuando en casos como este o en otros, uno pone la tele y ve como la pantalla se va llenando de basura, me consuela el sabio refrán que dice que “de la mierda nacen flores” y la confianza en que el mito de la caverna de Platón nos ayudará a que cada vez más personas seamos capaces de ser críticos con las imágenes que se proyectan en nuestra pantallas planas o de plasma. No es fácil, pero aún así sigo creyendo que es mejor arriesgarse a ser deslumbrado por la luz del Sol que emponzoñarse en la autoafirmación que ofrece el frescor y la seguridad del fondo de la caverna.

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