miércoles, 4 de agosto de 2010

Los toros y los demás animales

La polémica sobre la prohibición de las corridas de toros esconde una realidad con muchas aristas que requiere una profundidad filosófica que evite confusiones y manipulaciones.

Como la cuestión política está presente en todos los informativos (o desinformativos), estoy convencido de que con un poco de ejercicio de zapping básico cualquiera puede hacerse una idea de los intereses políticos que hay en juego y si estos responden mejor o peor a lo que un pueblo demanda para tener una organización común de su vida diaria de calidad. Me temo que, casi sin excepción, todos los representantes políticos tanto a nivel autonómico como nacional se han quedado más en el nivel de la política que en el de la Política (con mayúsculas), según la distinción orteguiana. Es lamentable que esta dinámica se vaya consolidando como única y absoluta en nuestro panorama político.

En el ámbito ético podemos decir que el panorama está un poco más claro. Para empezar disponemos de mejores herramientas reflexivas aunque los problemas de fondo son de mayor calado aunque menos inmediatos que los políticos. Estas herramientas se las debemos entre otras razones a la presencia de algunas figuras nacionales en el área de la moral. Por citar a la más mediática y relevante, señalo aquí el nombre de Adela Cortina, profesora de ética de la Universidad de Valencia, que hace algo más de un año publicó un interesante libro titulado Las fronteras de la persona, en el que desarrollaba ampliamente los problemas y corrientes que están implicados en la cuestión.

Cuestiones como el debate entre lo natural y lo cultural, entre el estatuto ontológico del ser humano y del resto de seres vivos, las motivaciones y los fundamentos que otorgan entidad moral a dichos seres vivos, la cantidad de posturas que contienen ideas interesantes pero también limitaciones como el especismo, los deberes indirectos, el utilitarismo, el enfoque de las capacidades, etc., sirven para dibujar a grandes rasgos lo que se está debatiendo.

Aunque parezca mentira, muchos siglos después de Aristóteles, las cosas no han cambiado tanto como parece. Seguimos siendo un animal que comparte su existencia con otros animales y seres vivos, pero al mismo tiempo somos un animal que pertenece a un nivel superior tanto en sus facultades como en sus responsabilidades con su entorno y con los seres vivos que lo habitan. En esto también se reconoce el principio bíblico presente en el libro del Génesis donde Yahvé otorga un estatus especial al hombre y a la mujer con la responsabilidad extraordinaria que ello supone para la especia humana.

Hoy habitamos el planeta las primeras generaciones que tenemos entre manos tales posibilidades que incluyen en las mismas la posibilidad de ser los agentes responsables de nuestra propia destrucción. Esto sí que es un cambio respecto a tiempos pretéritos. Lo que no es un cambio es que somos libres para estar o no a la altura de nuestra auténtica condición humana. En ella, como Aristóteles, yo subrayo la condición intelectual del ser humano que le permite recurrir a la filosofía para cerciorarse de que entiende la auténtica dimensión de los problemas, así como manejar el mejor abanico de posibles soluciones que le permitan afrontar los desafíos de todo tipo, especialmente los morales, con garantías de hacerlo de la única forma posible para el ser humano: humanamente.

En el curso pasado tuve la feliz idea de proponer el citado libro de Adela Cortina a mis queridos alumnos de Ética de 4º de la ESO. Tras su pereza inicial, la lectura y los debates sobre los argumentos del libro fueron cambiando los rostros de mis alumnos, en los que brillaba la alegría de la libertad ocasionada por ser capaces de construir su propio pensamiento. Algunos cambiaron de opinión sobre el tema, otros se mantuvieron en la que tenían, pero todos sin excepción coincidían en haber encontrado en el libro visiones que les ayudaran a consolidar o purificar su forma de pensar. Ojalá en esta polémica, como en cualquier otra, cada cual sea hábil para buscar apoyos filosóficos adecuados. Estos se reconocen porque permiten detectar el brillo propio de la libertad en las personas que defienden su posición con veracidad y la bruma tenebrosa de quien esconde en sofismas y eslóganes intereses bastardos que impiden la convivencia de las personas y les alejan del horizonte de la verdad.

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