lunes, 22 de noviembre de 2010

El pudor en los tiempos del cólera

La dura imagen de una mujer haitiana moribunda (víctima de una epidemia de cólera) sobre el pavimento de una calle de Puerto Príncipe choca de modo punzante sobre mi adormilada conciencia de ciudadano que, una vez más, comete el error de catalogar a sus problemas como serios, olvidándose de las realidades del mundo que sí son verdderamente serias.


Pocos meses después del terrible terremoto en Haití, lo cierto es que este país americano ha vuelto a las mazmorras del olvido por parte del primer mundo para volver a aparecer sólo bajo la condición de mostrar otra calamidad mayor que la anterior y que pueda ser considerada como morbosamente noticiable.

La muerte y la miseria vuelven a campar a sus anchas por Haití y esta vez no vamos a poder encontrar una excusa o una solución provisional tan facilona como las de meses atrás. Prueba de ello son las palabras de una comisaria europea que reconoce que la solución de la epidemia de cólera no depende tanto de una ayuda económica como de la capacidad de articular de modo eficaz lo que solemos denominar “voluntad política”.

La corrupción, la incompetencia y el desinterés por lo humanista ponen en entredicho la sensibilidad de las entrañas humanas de quienes de modo más directo tienen entre sus ocupaciones profesionales o más específicas la gestión de recursos humanitarios y de ayuda a personas que merecen lo mínimo a lo que puede aspirar lo que queda de dignidad humana: esperanza y unos gramos de la más elemental humanidad.

En algún momento podemos llegar a caer en la desesperación de creer que nuestro mundo no tiene solución y que algunas cosas nunca cambiarán. Quizás sería mejor preguntarnos si cambiará el índice de nuestro pudor ante los problemas del mundo. Mientras tanto los problemas principales de “nuestra” sociedad son de índole económica como, por ejemplo, mantener o recuperar el trabajo y nuestra estabilidad o la de nuestro bienestar y mirar de reojo a las finanzas de Irlanda.

Y ante la pregunta de quién salvará a este mundo, me temo que el dios dinero (o cualquiera de sus cegadoras manifestaciones) no será el que lo consiga por mucho que le sigamos idolatrando. Es cierto que consigue cosas tan curiosas como que los irlandeses deseen con todas sus fuerzas poder ser rescatados financieramente por sus ancestrales enemigos británicos, pero aún así, algo nos dice que este dios es falso y que tras su siniestro brillo no se esconde la auténtica salvación.

Me acuerdo entonces de esa escena entre Jesús y el joven rico. Cuando éste se vio incordiado por la agudeza espiritual del Maestro de quien esperaba un tranquilizante para su conciencia, inmediatamente reaccionó de modo pudoroso y se marchó triste porque era muy rico. Y aunque sé que esto no soluciona mucho, aunque tampoco es radicalmente estéril, hoy en mi oración por las personas que sufren, ya sea en mi entorno en pequeña escala, ya sea en situaciones más dramáticas como las de Haití, no quisiera dejar de experimentar al menos un ligero pudor por el contraste existente entre lo que quisiera que fuera el mundo y lo que me cuesta cambiar para comprometerme con ello. Es el pudor en los tiempos del cólera.

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