domingo, 19 de diciembre de 2010

El Adviento como oportunidad

La eliminación del equipo de fútbol de mis amores en las competiciones europeas me ha dejado un mal sabor de boca. No se trata de algo serio en su ontología, pues cualquiera que ame el fútbol sabe que se trata de algo lo suficientemente importante como para no tomárselo demasiado en serio.

Se trata de un disgusto pasional que escuece porque en el fondo de este fracaso futbolístico se esconde la cruda realidad de una oportunidad perdida. Al ser preguntados por la valoración que hacían de este contratiempo, los futbolistas de mi equipo se escudaban en la excusa de un error puntual que les habría abocado a tan decepcionante situación. ¡Me temo que en la mayoría de los casos –y este es uno de ellos- las cosas no son así!

El desaprovechamiento de una oportunidad suele provocarnos desasosiego porque se corresponde con un proceso previo cargado de decisiones y la asunción u omisión de responsabilidades que nos colocan en mejor o peor disposición de aprovechar la susodicha oportunidad. Pero nos produce mayor desasosiego, si cabe, porque nos frustra ante la posibilidad de proyectarnos hacia una posición mejor o más deseable que la actual. De esta forma lo oportuno demanda de nosotros responsabilidad, equilibrio y ciertas dosis de sabiduría que asesoren a la libertad en el duro lance de optar por la opción correcta y evitar tener que enfrentar consecuencias indeseables derivadas del error y la inconsciencia.

En este sentido, el Adviento no deja de ser sino un tiempo de preparación y concienciación para poder afrontar la Navidad como lo que realmente es, una maravillosa oportunidad de dejar nacer lo esencial en la vida de todo ser humano abierto a lo sublime de la trascendencia, es decir, la presencia amorosa y vivificante de Dios.

Desde esta perspectiva, el Adviento es mucho más que un tiempo litúrgico para pasar a resplandecer como un tiempo propicio –el kairós- para afrontar de la mejor manera posible lo que es una oportunidad irrenunciable de aspirar a ser personas plenas y realizadas en todas su dimensiones.

Con el Adviento se nos ofrece, en definitiva, la oportunidad de reducir al mínimo la posibilidad de tener que lamentarnos de una ocasión desaprovechada, de tener que dar por fracasado algún proyecto o aspecto de nuestro proyecto de vida, o simplemente de sentirnos desdichados. Dicho en positivo, aprovechar el Adviento aumenta nuestras posibilidades de poder contemplar lo que el profeta Isaías denominaba, en el pasado tercer domingo de Adviento, como “la belleza de Dios” (Is 35), que nos infunde fuerza en la tribulación de la oportunidad y nos acoge de modo tan compasivo y personal en nuestra entrega, hasta poder resarcirnos, de nuestra fatiga física y espiritual, y salvarnos.

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