lunes, 7 de febrero de 2011

Como una luz

Los ecos de las Bienaventuranzas leídas en la eucaristía del domingo pasado, nos deja en la memoria la importancia de ser sal y luz para el mundo y para los demás. Otros ecos, los de un sermón dominical bien traído al mensaje del Evangelio y a la realidad cotidiana de quienes lo escuchaban, me recuerdan que la sal y la luz no son lo que están llamados a ser si no son capaces de aportar sabor y luminosidad a las situaciones en las que se desenvuelven.

Igualmente para el cristiano ser sal y luz para el mundo es no sólo una forma de seguir los pasos de Jesús de Nazaret sino también y por relación con lo anterior, una forma de estar en el mundo como se tiene que estar: abierto a la felicidad y a la disponibilidad para que los demás también puedan aspirar a ella.

Los valores que recogen las bienaventuranzas son elocuentes y directos, pero en esta ocasión me parece importante quedarme en lo cotidiano de la función de ser sal y luz, que se expresa y vive en lo cotidiano y en lo sencillo. De esta forma quizás nos evitemos las falsas paranoias de complicar el mensaje y el estilo de vida evangélico convirtiéndolo en pura ideología y en algo abstracto que no cala en la realidad de las personas.

El pasado sábado, al escuchar este llamamiento de Jesús a ser sal y luz del mundo (Mt 6), enseguida me vino a la mente el recuerdo de Migueli, el cantautor cristiano que evangeliza a través de canciones marchosas que hacen reír y transmiten mensajes directos y cercanos. Y le recordé no sólo porque tiene una canción sobre este tema titulada Como una luz (y que adjunto más abajo), sino porque su función de cantautor predicador del evangelio es un ejemplo de cómo lo cotidiano y lo sencillo tiene una fuerza transmisora brutal, llegando no sólo a los demás sino armonizando nuestra expresión externa de la fe con su consiguiente vivencia interior y espiritual.

Os dejo con la canción de Migueli y me gustaría que a través de ella recordáramos la importancia de ser luz para los demás y también de dejarnos iluminar por nuestro prójimo. Todo ello, sin perder de vista que nuestra luz es reflejo de la luz de Dios que es la que en el fondo ilumina toda la existencia.

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