domingo, 20 de febrero de 2011

Mourinho y el temor de Dios

Una entrevista a José Mourinho, el entrenador más polémico y mediático del momento, deja de ser, aunque sea de modo inconsciente, una entrevista más desde el momento en el que Dios aparece en ella. Dice Mourinho: “Me confieso católico. Sólo tengo miedo de Dios”. Estas declaraciones me hacen recordar la profundidad de la expresión temor de Dios, al menos en algunas connotaciones de su sentido puramente bíblico.

1) No es lo mismo ser temeroso de Dios que tener miedo a Dios. Desconozco si el idioma le ha traicionado a Mourinho (quien por cierto es tan traductor como entrenador), pero existe una gran diferencia entre tener miedo de Dios y tener temor de Dios. De hecho supongo que cuando muchos lectores de la Biblia se encuentren con esta expresión estarán abocados a tomar un sentido por el otro. Para empezar, y antes de cualquier disquisición, parece evidente que Dios no es alguien a quien haya que tener miedo. Apelando a la vía negativa para hablar de Dios sugerida por Santo Tomás de Aquino, podemos estar seguros de que Dios no es un ser amenazante ni un sádico y por ello la relación del hombre con él no puede estar nunca basada en el miedo. Esto es tan evidente que a veces sobrecoge comprobar que muchas personas siguen teniendo una experiencia de Dios terrible y punitiva.

2) Dios y el hombre están llamados a encontrarse. Una buena manera de entender el temor de Dios es percatarse de que Dios se da mejor a conocer cuando revela su identidad y su proyecto salvífico al hombre y que el hombre se conoce más a sí mismo cuando se trasciende y se abre a la relación de confianza y de sentido en Dios. Esta dimensión fundamental queda ya recogida en el Génesis, cuando la relación entre Dios y el hombre (Adán y Eva) se ve resquebrajada por la irrupción de una falsa promesa esgrimida por la serpiente: “Si coméis del árbol del bien y del mal, seréis como dioses” (Gn 3,5). Desde esta perspectiva, podemos entrever que el temor de Dios nos invita a descubrir nuestro auténtico lugar en la vida: ni somos ni estamos llamados a ser dioses, pero sí somos y estamos llamados a vivir en relación estrecha con Dios que da la vida. Cuando nuestras acciones se alejan de esta verdad fundamental, al igual que Adán y Eva, no sólo nos sentimos desnudos en nuestra conciencia, sino que nos sentimos alejados o expulsados de la posibilidad de vivir en armonía con Dios, con nosotros mismos y con los demás.

3) El temor de Dios nos orienta hacia la verdad de la vida. Si hemos convenido que el temor de Dios nos acerca a Él, podemos deducir que también nos acerca a la verdad y al sentido. Quien es capaz de iluminar su vida con verdad y sentido puede considerarse sabio. Seguramente en relación con esto, el libro de los Proverbios señala que “el principio de la sabiduría es el temor de Dios” (Prov 1,7). Esta experiencia fundante, y en ocasiones confirmante, permite vivir la vida con una fe radical (enraizada en lo realmente importante). Vivir desde el temor de Dios, es decir, teniendo a Dios como lo más importante de la vida, permite vivir desde la confianza en que vida, verdad y sentido confluyen. Así, otro libro sapiencial, el Eclesiástico, recomienda: “Los que teméis al Señor tened confianza en él y no os faltará la recompensa.” (Eclo 2,8)

4) El temor de Dios nos empuja a la oración y a la alabanza. Si el temor de Dios es una relación de confianza, dicha relación se construye desde el diálogo y desde la alegría. En el diálogo entre Dios y el hombre brilla la experiencia de oración, como un diálogo íntimo que renueva por dentro e ilumina todas las facetas de la vida para poder seguir adelante. Se trata de un diálogo que define y delimita en qué consiste tal relación: “¿Qué es lo que te pide el Señor tu Dios, sino que le honres, que sigas todos sus caminos, lo ames y sirvas al Señor tu Dios con todo tu corazón y toda tu alma?” (Dt 10,12). Se trata de una idea que coincide con lo que pregonó el profeta Miqueas: “practicar la justicia, amar con ternura y caminar humildemente con tu Dios” (Mi 6,8). A partir de esta confianza es más sencillo entender el temor de Dios como una alabanza, como un canto de acción de gracias por la vida que merece la pena ser vivida y no de cualquier manera, sino desde la fe incondicional en Él: “Si el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? ¿Quién me hará temblar?” (Sal 26).

5) ¿A quién afecta el temor de Dios y qué implica? O por expresarlo de otra forma: ¿quién está llamado a vivir según el temor de Dios? Aquel que experimenta en su propia vida el gozo de haberse fiado de Dios, no puede dejar de compartirlo con los demás, no sólo con los seres queridos. La propia implicación en vivir la vida conforme al plan de Dios no sólo no excluye su predicación a los demás, sino que, por el contrario, la exige. Y además, lo exige desentendiéndose de falsas seguridades y viviendo esta misión con la humildad de quien no es más que un simple siervo. En los orígenes del cristianismo, los temerosos de Dios eran los que estaban en puertas de incorporarse a la fe de la Iglesia. Vivir desde el temor de Dios es la invitación a vivir como si todo estuviera aún por hacer, pero con la convicción profunda de que en el fondo todo depende de Dios.

En definitiva, vivir desde el temor de Dios es creer que Dios es lo más importante para el hombre y que, por supuesto, el hombre es lo más importante para Dios. Quién sabe lo que pretendía decir Mourinho con sus palabras, pero sí sé que el temor de Dios es un concepto clave en la Biblia y manejarlo será decisivo, más allá de para poder interpretar las palabras de un entrenador famoso, para poder interpretar nuestra propia existencia.

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