martes, 1 de marzo de 2011

Tocar la realidad

El relato evangélico de la Transfiguración ofrece luz y esperanza a un mundo que se muestra, en muchas ocasiones, desfigurado. El texto propone una clara conexión de Jesús con Elías y Moisés reflejando la dimensión profética de la salvación así como la vigencia de la Alianza entre Dios y los hombres. La primera conexión recoge la doble vertiente de la Buena Noticia que no es otra que la denuncia de la injusticia y sus causas. Por su parte, la segunda evoca las connotaciones del plan de Dios para la humanidad.

Sin embargo, lo que me parece realmente relevante de este anuncio salvífico es su carácter teofánico, pues igual que Dios se muestra a la humanidad mediante el ejercicio de su acción salvífica, el creyente se conoce más a sí mismo viviendo a la altura de lo que le sugiere tal salvación. Este es el gran mensaje de Jesús: mostrando cómo es su divinidad nos anuncia su modelo de humanidad; y viviendo su humanidad nos muestra el camino hacia Dios.

Esta vivencia es más bien una cuestión de fe y no tanto una religión, pues la aceptación de la salvación no se reduce a lo cultual ni a lo institucionalmente establecido sino que demanda y exige el salto a una dimensión más experiencial. La experiencia humana clama por encontrar alguna huella de lo divino y, al mismo tiempo, la experiencia que el ser humano tiene de Dios se vuelve de modo reflexivo hacia su propia vida y la de sus semejantes. Quizás por eso Jesús no acepta el refugio de Santiago, Pedro y Juan en el calor de las tiendas que quisieran haber construido en el alto del monte Tabor.

Esto que trato de explicar ha sido muy bien expresado en una película titulada The human experience. Se trata de un largometraje que tiene como tema de fondo la cuestión sobre el sentido de la vida y la búsqueda de respuestas a las preguntas existenciales o trascendentales que todo ser humano se hace en virtud de las experiencias que la vida le va reportando.

En tales experiencias sólo hay un remedio para no perderse ni en la fantasía ni en la autocomplacencia y éste no es otro que tocar la realidad. Es en esa manera en la que podemos comprometernos de manera totalmente honesta con la vida, de modo que procuremos alcanzar la felicidad propia y la de los semejantes, alejándonos así de sufrir en nuestras propias carnes los duros castigos del sinsentido y la sensación de una vida malgastada.

Desconozco la difusión comercial y mediática que pueda tener The human experience, pero celebro y agradezco la presencia de películas como ella en el mundo cinematográfico y, unido a ello, el planteamiento de temas que nos ayudan a ser más auténticos, a reconocer mejor nuestras experiencias y, en definitiva, a tocar la realidad.

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