lunes, 21 de marzo de 2011

Transfiguración: lo extraordinario a partir de lo ordinario

El segundo domingo de Cuaresma nos ofrece el relato de la Transfiguración según san Mateo. De los múltiples y riquísimos detalles del texto, quisiera quedarme con la manifestación del carácter mesiánico (divino y extraordinario) a partir de enraizamiento (humano y ordinario) en la vida de los apóstoles y, en el caso del evangelio de Mateo, de todo el pueblo judío.

“Transfiguración” es el proceso que revela un desarrollo desde una figura o faz a otra novedosa y en el caso de Jesús es el paso desde su condición profundamente humana a su misión inequívocamente humana. Con la Transfiguración queda claro que Jesús no es sólo buena gente, un gran profeta o un libertador del pueblo, ¡es el Mesías!

Es desde aquí, desde donde se puede entender que el mesianismo de Jesús no es una teoría o una ideología sino que su acción salvífica contempla lo ordinario de lo cotidiano que está llamado a trascenderse hasta lo extraordinario. Sin embargo, este aspecto esencial de la Transfiguración no es percibido inicialmente por los apóstoles con total claridad. Fascinados por la coherencia de lo que sienten y saben con respecto a lo que están presenciando, sienten la tentación de convertir la salvación en teoría y acomodarse en lo dado de la tradición judaica y desentenderse de la vocación a la que Jesús les está llamado.

Por eso no extraña la contundencia de Jesús cuando les exhorta a bajar desde el monte Tabor a la realidad cotidiana. Si no fuera así la salvación ofrecida por el Evangelio sería mera palabrería y, a partir de ella, el mensaje profético de Jesús (simbolizado por el profeta Elías) y la liberación ofrecida por Él (encarnada en Moisés) se quedarían en manifestaciones meramente humanas y proclives a reducirse a lo ético, a lo político o a lo individualista, empequeñeciendo el carácter universal y trascendente del Evangelio.

En la Transfiguración se expresa el compromiso de Dios con el hombre y de éste con Dios. No se trata de un compromiso formal sino obviamente de un compromiso transfigurador. Igual que Jesús como Dios se revela extraordinariamente humano y como hombre se encuentra ordinaria permanentemente unido a lo divino, este compromiso transfigurador es una propuesta para vivir una vida extraordinariamente humana y permanentemente unida a Dios. No es un compromiso cualquiera, sino un compromiso que abarca la vida entera asumiendo todo lo que conlleva: lo favorable y lo adverso, lo bueno y lo malo, y así todos los polos de una realidad entre los cuales se incluyen lo ordinario y lo extraordinario, sabiendo que tan importante o más que lo que la vida te pueda deparar es la confianza de vivirla en complicidad y conexión con quien sabes que, pase lo que pase, nunca te va a defraudar.

En conclusión, experimentar la Transfiguración es contemplar de tal manera la vida desde los ojos de Dios que logra cambiar de pleno toda perspectiva impregnándola de una alegría, una esperanza y un sentido que nos obligan a expresarlo en forma de compromiso de vida y de un rostro transfigurado. Igual que le ocurre a nuestra cara con una buena noticia o con la presencia de alguien importante para nosotros, la Transfiguración logra cambiar y renovar para siempre nuestra fe y la estimula a recibir su iluminación y a reflejarla por todas partes y en cualquier situación, ya sea en los momentos ordinarios como en los extraordinarios.

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