miércoles, 21 de diciembre de 2011

Montesinos y Blancanieves

El 21 de diciembre de 1511, un fraile dominico español, en nombre de la comunidad a la que pertenecía, dirigió un gemido de humanismo que hoy es conocido de modo histórico como El grito de La Española. Bajo amenaza de pecado mortal para quienes esclavizaban a los indios, aquel cuarto domingo de Adviento, fray Antonio de Montesinos lanzó para siempre al aire una pregunta que sigue interpelando a quienes creen firmemente que una persona tiene valor en sí misma por el mero hecho de serlo.

Aquella pregunta (“¿Acaso estos no son hombres?”) supuso un hito, pese a su poca notoriedad, en la historia de la humanidad con evidentes repercusiones jurídicas, filosóficas y teológicas. Sin embargo, junto al propio contenido de la pregunta, tampoco carecen de valor datos como quién y a quién se dijo, cuándo y dónde, pero sobre todo por qué y para qué.

En estos días de homenajes y vanaglorias sobre el enorgullecedor episodio de La Española, muchas personas e instituciones se apuntan el tanto de una historia que tiene su valor principal más bien en el desafío que nos plantea que en la absurda autocomplacencia con que lo presentamos. ¡Es tanta la sordera moral, quinientos años después de El grito de La Española!

En cualquier caso, la pregunta de Montesinos es hoy un espejo en el que poder reflejarnos. Como en el cuento infantil de Blancanieves, el espejo de Montesinos es una prueba obstinada que permite determinar si lo que buscamos es la belleza en sí misma o la forma de maquillar nuestras propias fealdades. Mientras la actualidad de su pregunta sigue siendo un debate irrenunciable, la memoria de su gesto profético yace adormilada como si hubiera mordido una manzana envenenada por otros intereses o ideales que nos distraen de lo fundamental.

Hace quinientos años, Antonio de Montesinos supo construir su aventura existencial y predicadora en base a los pilares del humanismo, el cristianismo y el dominicanismo, en orden estrictamente necesario y no conmutativo. Y esto es así, porque precisó de la fuerza y el espíritu necesario para acometer una empresa que, por su magnitud y sus circunstancias, seguramente le hizo sentir pequeño (“enanito”) pero al mismo tiempo fortalecido por poder ir a trabajar y atender con alegría la llamada a la defensa de la humanidad doliente. De esta forma, Montesinos nos ayudó a unir en la humanidad común nuestros miedos, nuestros sueños y, por supuesto, nuestros derechos fundamentales. Y lo demás, en comparación con esto, sí que son cuentos.

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