lunes, 16 de enero de 2012

El humor de 'Aida' y el papa

La serie de Telecinco, cadena que como buena S.A., no dice tanto lo que piensa sino lo que da beneficios económicos, tiene entre sus principales valores de cara a la audiencia la serie humorística 'Aida', la cual ha dedicado su último episodio a una trama relacionada con una visita del papa. Como el éxito y la aceptación de la serie están fuera de toda duda y no soy tan gracioso como sus guionistas, me limitaré a señalar algunas proyecciones derivadas del citado capítulo que tienen repercusiones teológicas que no sabría bien decir si son para reír o para llorar. Por motivos de síntesis y brevedad, señalaré cuatro de ellas:

1. ¿Quién dices tú que soy yo? Sí, la pregunta de Jesús a sus discípulos (y en el fondo a toda la humanidad) también sirve para ver la televisión. ¿Quién es Dios para los guionistas de la serie, para sus espectadores, para quienes construyen mensajes sociales? ¿Y quién es el papa para todos ellos? ¿Se confunden sus imágenes y sus conceptos en todos ellos? Ignoro cuál es la respuesta, pero mientras lo averiguo sigo sin saber si me tengo que reír o poner a llorar porque para demasiada gente el papa sigue siendo “el representante de Dios en la Tierra” (sic).

2. Confundir la Iglesia con lo que no es. Siempre es posible el error, pero también es posible que nos empeñemos en ver las cosas como creemos que son y no como realmente son. Se abre así el espacio para que el prejuicio negativo y la media verdad campen a sus anchas y alejen demasiado lejos la posibilidad de verdad. Sería complejo -por no decir imposible- explicar en su totalidad qué es y qué supone la Iglesia, pero sí sabemos que no se puede reducir a una mera ONG o a una institución de referencia moral sexual. Sin embargo, sigo sin saber si reír o llorar, pero mucha gente sigue incurriendo en esta práctica recurrente.

3. La ignorancia por bandera. Si tienes posibilidad de aprender algo o de que te lo expliquen y no la aprovechas, o simplemente la desprecias o te sitúas más allá o por encima de la misma, entonces se puede decir que la ignorancia es un valor protagonista en la vida de quien así se lo propone, y nos adentramos en el ámbito de la necedad. Desde este ángulo resulta chocante que en el episodio de la serie el personaje que hace gala de “megaculto” sea ,en el fondo, un profundo ignorante en materia religiosa, teológica o, sencillamente, de cultura general, al confundir el trato al papa (Su Santidad) con el trato a los cardenales (Su Eminencia). Esto, poco a poco, empieza a tener menor gracia.

4. Hacer lo contrario de lo que se dice que se debería hacer. Se puede estar a favor o en contra de los planteamientos filosóficos, religiosos o teológicos de personas o instituciones, pero siempre hay que justificarlo con conocimiento de causa, argumentos y una propuesta alternativa originada en la buena fe y en la inteligencia que, como diría Aristóteles, es señal del sentido del humor. Lo demás es regodearse en el error o en la ignorancia. Y, como dice San Agustín en una frase que se le atribuye apócrifamente: “Errar es humano; perseverar en el error es diabólico”.

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