jueves, 26 de enero de 2012

Nueva reforma judicial, vieja polémica

Más antiguas que la diferenciación filosófica establecida por Ortega entre política (con minúsculas) y Política (con mayúsculas) y que las ideas de Montesquieu sobre la separación de poderes, son las patadas que el ser humano le ha dado al término 'justicia', ya sea en lo teórico o en lo práctico.

La actualidad nos ofrece una nueva propuesta de reforma jurídica, pero al mismo tiempo un viejo problema de relación entre ideologías y bien común, o entre política de bajo nivel y filosofía. En una palabra, que el problema de la administración de justicia es complejo, pero si queda en manos de intereses extraños y demagogos, la cosa no pinta bien que digamos.


Pongamos un ejemplo de lo vivido en el Congreso de los Diputados en estos días. Lo que se supone que es una pugna por encontrar el modo de democratizar el ejercicio del poder judicial, es en realidad, una pantalla para dirigir los hilos del mundo judicial. Y aunque uno no es, ni de lejos, un experto en el tema, sí que llega a percibir que el índice de falacias y paridas por minuto puede estar llegando a límites irrespirables.

El Gobierno defiende una opción más autónoma del modo de gestionar el poder judicial, lo cual lo aleja de una posible acción más directa del pueblo soberano sobre la elección de los agentes del citado poder. Opción razonable en la autonomía pero peligrosa en la lejanía del pueblo. Por su parte, la oposición contraataca esgrimiendo precisamente que con tal opción se aleja al poder judicial del pueblo, pero olvidando que la cercanía que ahora existe no sólo esta mediada, sino que puede que incluso está mediatizada porque se da por supuesto que votar a un partido concreto es votar un cierto sector del poder judicial.

Y eso es lo realmente terrible y preocupante. No sólo que el poder legislativo se sienta capaz de erigirse en mediador o gestor directo de otro poder fundamental (¿la muerte de Montesquieu?) sino que parece ser que la razón de fondo es que todo el mundo sabe a qué palo pertenecen la mayoría de jueces y magistrados y así se equilibrarían los talantes “judiciales” (¿el insomnio de la filosofía?).

Todo esto para señalar dos cosas que son, incluso, más viejas que las patadas a la “justicia”. La primera dice que la Filosofía no se lleva bien con la política porque una tiene que ver con el arte de la verdad y la otra con el de la falsedad. La segunda dice que no es posible la política ni la justicia (ni nada, en definitiva) sin la ética, sin el enfoque deontológico que al menos siembre un poquito de pudor en los políticos, jueces y, en general, en todos los ciudadanos que somos co-responsables de tan emponzoñada situación.

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