lunes, 10 de marzo de 2014

La hipocresía del deporte femenino

Al hilo del eco del manido 8 de marzo, me atrevo a tocar el tema de la mujer empujado por una ristra de ejemplos hipócritas especialmente protagonizados por nuestro ente público RTVE que, para horror de Aristóteles, no tiene afinidad para con el término medio (o hace las cosas muy bien o las hace muy mal). Para no perderme en las formas, me serviré del tema del deporte.

El caso, para mí, comienza en los Juegos Olímpicos de Londres, donde el número de medallas obtenidas
por España es notablemente mayor en el equipo femenino que en el masculino, por lo que de modo paralelo a los resultados se empieza a esgrimir un discurso facilón de que el deporte femenino por aquí y el deporte femenino por allá, que si son un ejemplo, que si tiene más mérito, que no tienen el apoyo que debieran y bla, bla, bla. Todo ello conforman una serie de datos discutibles pero con mayor tendencia a ser ciertos que a ser falsos.

Acaban los Juegos, y el silencio y el desierto para el deporte en general y para el femenino en particular es brutal. Sirva de muestra que se tiene que desmantelar el equipo de baloncesto que en esa misma temporada se proclama campeón de Europa – en ese momento bajo el nombre de Ros Casares- o que a una campeona olímpica de natación le cuesta Dios y ayuda encontrar un club en el que poder nadar.

En estos meses, la casualidad ha hecho que mis contados accesos a RTVE se hayan saldado con hechos como: una vanidosa jactancia de que es el único medio que se ocupa de deportes minoritarios (sic); una catedrática de pedagogía molesta por que en los colegios se han sustituido jardines por campos de deporte (más sic aún); y, el colmo del colmo, un lamento el día 8 de marzo sobre el ninguneo que experimenta el fútbol femenino en España (requete sic).

Entiendo que los ejemplos hablan por sí solos, pero a modo de sugerencia constructiva, y sin acritud, se me ocurren las siguientes sugerencias:
  1. Replantear las noticias deportivas en los informativos ofreciendo especial atención a los acontecimientos relevantes por su significatividad deportiva y no aparentemente mediática. Y hacerlo de modo especial con el deporte minoritario y por razones de justicia lo cual redundará en el deporte femenino porque se lo merezca (que se lo gana y bien a pulso) y no por migajas ideológicas.
  2. Situar al frente de los programas deportivos, reporteras y presentadoras que realmente amen y dominen los deportes de los que nos hablan. Hay casos que lo cumplen y otros que responden a otros criterios que desconozco pero que no es el que yo sugiero.
  3. Debatir sobre la relación mujer-deporte de modo profundo y maduro, superando algunos clichés y estereotipos que, paradójicamente, incluso desnudan los discursos de supuestos portavoces feministas o de la igualdad. Y si puede ser sin parecer un lavado de cara, emitiéndolo en La 1 y no en La 2 y con representación política de primera magnitud, mejor que mejor.
  4. Y, el más práctico y sencillo, redimensionar la parrilla de retransmisiones deportivas ofreciendo una ventana pública y educativa a eventos deportivos que no son menos interesantes o importantes que otros que ya gozan de esta posibilidad (por ejemplo, partidos de fútbol de 2ª división masculina).
Sé perfectamente, que esta reflexión no sirve para nada, salvo para ejercer la crítica filosófica consciente de que en este tema de la mujer (como en todos los temas importantes), la revolución empieza por lo pequeño y no requiere de grandes discursos ideológicos que se pierden en la noche de la teoría abstracta y la falsa compasión.

¡Ah! También me sirve para acordarme de todas las mujeres deportistas a las que conozco y eso me hace sonreir y sentirme orgulloso de ellas.

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