lunes, 27 de septiembre de 2010

Con Vera, siempre a la verita tuya

En una clase de religión les pedía a mis alumnos que me nombrasen capítulos positivos en la Historia de la Iglesia. Con dificultad, han podido superar los topicazos negativos y han sacado a la luz algunos nombres que nos hacen sentir orgullosos a quienes formamos parte de la Iglesia. Quizás podría haberles ayudado un poco añadiendo a la lista de nombres el de un obispo mexicano, dominico para más señas, llamado Raúl Vera.

Este fraile predicador es conocido por su valiosa labor como obispo auxiliar de D. Samuel Ruiz en la difícil y controvertida diócesis de San Cristóbal de las Casas, en la que brotó con estridencia el movimiento indígena denominado zapatista y liderado por el subcomandante Marcos. Junto a la mediática contribución de D. Samuel, en un discreto segundo plano se desplegaba el compromiso de fray Raúl Vera, siempre en la línea de la defensa de los Derechos Humanos y de los más desfavorecidos.

Tras la jubilación de Samuel Ruiz, desde Roma le llegó a Vera la asignación como obispo titular a la diócesis de Saltillo, en una maniobra que algunos interpretaron como un alejamiento forzoso del entorno indígena por el que tanto luchó. Fuera así o no –cosa que yo desconozco y no puedo ni confirmar ni desmentir-, su nuevo destino volvió a plantear a D. Raúl un nuevo desafío humanista al levantar su voz para hacer oír la denuncia de los asesinatos y violaciones de mujeres, la corrupción, y hacer valer los derechos de los indígenas y otros sectores sociales.

Por cosas como esta, Raúl Vera ha recibido este pasado 23 de septiembre el premio de la fundación Rafto (Bergen, Noruega) por su labor a favor de los derechos humanos y de la justicia social. Los elogios que le dedica el fallo del jurado son sencillamente estremecedores y emocionantes, logrando levantar el ánimo a quienes a veces caemos en el pesimismo de pensar que algunas injusticias de nuestro mundo nunca desaparecerán.

En la copla española tenemos una canción famosa, popularizada por Lola Flores, titulada “A tu vera” que dice lo siguiente:


Con Raúl Vera, mucha gente en el mundo y especialmente en México puede estar segura de que hay personas luchando por ellos y junto a ellos. Gente que como fray Raúl lucha a su vera, siempre a la verita suya, hasta que de amor se muera.

lunes, 20 de septiembre de 2010

¡Es lo teándrico, idiota!

Lo digo con frecuencia, pero no me canso de repetirlo, porque me parece fundamental para entender las críticas a la Iglesia –ya sean injustas o no-. A la hora de juzgar a la Iglesia, mucha gente se olvida de su condición teándrica, es decir, su doble condición divina y humana. Si la Iglesia tiene algún sentido en la historia y en la sociedad es por esta misma doble condición divina y humana. Esta es la gran aportación del cristianismo (la vivencia y el anuncio del Dios que se hace hombre para nuestra salvación) y la Iglesia sólo tendrá sentido si es capaz de vivir, expresar y predicar esa dimensión religiosa peculiar del cristianismo. Tan importante es, que sólo desde ella puede encarnar fecundamente la presencia de Jesucristo -Dios y hombre al mismo tiempo- en medio de los seres humanos y en la historia.

Desde sus orígenes, incluso alentada por las propias palabras y los gestos de Jesús, especialmente con los apóstoles, la Iglesia ha sido consciente de la importancia de no incurrir en purismos morales. Las denominaciones teológicas aplicadas por los cristianos a la Iglesia ponen claramente de manifiesto esto. En el siglo I, la Iglesia ya es nombrada por los propios cristianos como “casta meretrix”: la santa prostituta. Es decir, se trata de una comunidad o una institución que, por una parte, atiende a la misión de anunciar la Buena Noticia de Jesús (garantizada por la presencia silenciosa de Dios Padre, animada por el Espíritu Santo) pero que en muchas ocasiones se deja llevar por intereses alejados o incluso opuestos al Evangelio.

Y esa Iglesia es así o responde a esa dimensión teándrica porque está constituida por hombres y mujeres que comparten esa dimensión. Al igual que en el cristiano existe y predomina la intención de vivir y anunciar los valores del Evangelio, en otras muchas ocasiones, se impone en su persona y en sus acciones el impulso egoísta de lograr su propio interés recurriendo a medios que no son dignos ni de su condición de persona ni de cristiano. Alejado de las demás personas, su situación se remite a un aislamiento moral que no sólo no le permite interactuar con los demás como sería deseable sino que le sumerge en una incomodidad existencial propia. Se puede decir que ese cristiano ha quedado “idiotizado”.

La etimología de la palabra “idiota” nos aclara que procede de “idiotés”, derivada de la raíz “idios” referida al ámbito de lo personal, lo privado, lo particular. En su acepción más originaria, el idiota es quien se preocupa sólo de sí mismo, de lo suyo, ausentándose de lo interpersonal, lo colectivo y lo común.

Mas no sólo el cristiano corre el riesgo de quedar idiotizado cuando no responde a lo que el ideal evangélico le demanda. También los críticos de la Iglesia, aunque a veces no estén faltos de razones, pueden incurrir en este error, pues su crítica, carente de espíritu constructivo, se preocupa sólo de autojustificar su posición ante la Iglesia, olvidándose de lo interpersonal, lo colectivo y lo común. Desde estas dimensiones el crítico de la Iglesia deberá tratar de entender qué razones de peso tienen quienes integran la comunidad eclesial para orientar sus vidas a partir de ella, y tampoco hará mal en valorar de manera ponderada lo que la Iglesia como colectivo y como agente en común con la sociedad hace bien (que no es poco, reconózcase).

No hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor entendedor que el necio o el que se niega a entender. Hace unos años, en un debate electoral para la presidencia de Estados Unidos, Bill Clinton hizo fortuna con una frase, que ha accedido al imaginario colectivo norteamericano y diría que al mundial, dirigiéndose a George Bush padre que no entendía sus argumentos económicos en los siguientes términos: ¡Es la economía, idiota! Para el cristiano, dejando a un lado el insulto fácil, es importante que hagamos ver a nuestros críticos que hay una parte de nuestra realidad que están omitiendo por interés o por ignorancia. No sólo por interés propio, sino también para evitar que su necedad se haga mucho mayor y quede idiotizado, en alguna ocasión habrá que espetarles: ¡Es lo teándrico, idiota!

jueves, 9 de septiembre de 2010

Con todos ustedes, fray Bruno Cadoré

Anuntio vobis gaudium magnum: la Orden de Predicadores está de enhorabuena pues acaba de elegir como 86º sucesor de Santo Domingo –en terminología oficial, “Maestro de la Orden”- a quien todos esperaban, fray Bruno Cadoré.

Muchos son los elogios y los buenos comentarios que sobre este fraile francés se están pudiendo escuchar en los últimos días. Además, como sus referencias anteriores son inmejorables, acudimos en estos días a una manifestación de júbilo y esperanza en lo que esta elección pueda deparar a toda la Familia Dominicana.

¿Por qué fray Bruno es una buena elección? Ante todo conviene recordar que toda elección presupone la existencia de varias posibilidades. Presiento que Bruno era la mejor entre otras buenas, pero se suele decir que en este tipo de elecciones muchos entran candidatos pero sólo uno resulta elegido. En la Orden Dominicana resulta esencial ser elegido y no postularse a uno mismo evitando incluso dedicarse el propio voto (algo que no estoy seguro de que ocurra entre los políticos). Entonces, ¿cómo distinguir un buen candidato de otro malo? Desde que éramos niños y participábamos en las votaciones para delegado de la clase, sabemos que el candidato bueno es elegido mientras que el malo está deseando ser elegido e incluso no escatima medios para conseguirlo.

Después de esta distinción básica, el candidato recién elegido en Roma (sede suplente de este capítulo por la inestable situación de los cristianos en India, donde estaba prevista su celebración) es una persona con un currículum personal, académico y espiritual admirable. Es médico pediatra y como tal trabajó en Haití, en una experiencia que él cuenta como muy positiva. De vuelta a Francia fue Maestro de Estudiantes y Provincial los últimos ocho años. Ha sido presidente de la IEOP (Conferencia de Provinciales de Europa) y consultor para el comité de bioética de Francia. Durante este tiempo ha tenido un conocimiento directo no solo de la Provincia de Francia y de la Orden en Europa, sino también de los cinco Vicariatos de la Provincia, desde el norte de Europa al África ecuatorial y el mundo árabe (Irak, Egipto y Argelia). ¡Está claro que se trata de una trayectoria determinante! Cuando San Buenaventura, gran teólogo, escuchó la composición del himno eucarístico compuesto por Santo Tomás de Aquino, decidió romper el que él había compuesto a petición del papa, admitiendo así la grandeza de su contrincante.

A continuación podríamos unir los dos criterios anteriores para asegurarnos de que el candidato no es víctima del “efecto Zebedeo” (el de Juan y Santiago que no sabían lo que pedían al solicitar beber el cáliz de Jesucristo). Fray Bruno es bastante consciente de la responsabilidad que ha asumido, aunque con humildad ha declarado que en estos días “va a descubrir en qué consiste la función de Maestro de la Orden”. Un servicio como el que se le ha solicitado requiere tener claro lo que supone y una experiencia previa que permita afrontarlo con garantías de éxito. El que quiera ser grande ha de hacerse pequeño ante los demás. ¡Cuántos no han podido beber el cáliz de Jesús de Nazaret por aceptar responsabilidades que superaban su capacidad!

Dicen que fray Bruno también destaca por su disponibilidad para salir al encuentro de los demás. Se cuenta que cuando era provincial de Francia y no lograba concertar una entrevista con los frailes a los que tenía que visitar y animar, les llamaba por teléfono móvil y, tras preguntarles por su ubicación en ese momento, les citaba unas horas más tarde en la cafetería de la estación de tren de la ciudad en la que se encontraban. Santo Domingo se destacaba por su compasión y misericordia con los pecadores, especialmente durante sus rezos nocturnos, pero a la mañana siguiente estaba listo para salir al encuentro de los demás y predicar y hacer efectivo lo que había orado.

Pero sobre todo, fray Bruno es un hombre apasionado y misericordioso. No es extraño que sus dos grandes facetas sean la medicina y la teología. En sus gestos y en sus palabras logra expresar la fuerza sanadora de ambos conocimientos. Cercano, cariñoso, atento y tremendamente sencillo y discreto, fray Bruno cuida los detalles de humanidad. Y de esto, yo sí puedo dar fe. Esta es quizás la principal razón de la ilusión que esta elección ha despertado en mí. Eso y que sé que para Bruno Cadoré no es importante ser SUCESOR de Santo Domingo sino lo que le SUCEDERÁ a la Orden de Santo Domingo en estos próximos nueve años.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Las liturgias en el fútbol

La relación entre el fútbol y la religión ha sido considerada y estudiada por los sociólogos, los filósofos, los literatos y, también, por los teólogos. Es evidente que se trata de dos dimensiones que, sin ser idénticas, confluyen en el objetivo de trascender lo mundano para sumergirse en niveles más elevados de la realidad. Ninguno de los dos son absolutos pues el fútbol no deja de ser un juego o un negocio que dinamiza una pasión y la religión es una mediación dirigida a conectar con lo más espiritual del hombre, lo totalidad o lo totalmente otro.

Por ello, ambos contienen símbolos, signos y ritos que en ocasiones se articulan en forma de liturgias expresadas en celebraciones que no sólo reúnen a la asamblea sino que la hacen interactuar, le indican cómo actuar o cómo vestirse, y le proponen y suponen una serie de consecuencias para su vida más allá de ese mismo momento litúrgico.

Así, podemos hablar comparativamente de estadios y de catedrales (incluso de estadios que se denominan cariñosamente La Catedral), de cantos y de cánticos, de alineaciones y de salmos, de relatos e historias, de bufandas y estolas, de camisetas y de trajes de los domingos, de butacas y de bancos, etc.

Y esto, no es sólo una cuestión descriptiva sino también valorativa pues conviene no olvidar que igual que hay quien dice no captar ni ser influido por la fuerza de los símbolos, los signos y los ritos, lo que es indudable es que hay especialistas en emplearlos de modo poderoso, unas veces con fines enriquecedores y otras con fines manipuladores. ¡Hay que estar alerta ante la fuerza atractiva de los símbolos y sobre todo antes las intenciones de quienes los manejan!

Hace unos días, en Mónaco, organizado por la “iglesia” futbolística europea (la UEFA) se celebró la final de la Supercopa de Europa entre los dos campeones de las competiciones continentales. En el periodo previo al comienzo del tiempo de juego, se desplegó sobre el césped toda una batería de escenificaciones, desfiles y parafernalias de claro contenido “litúrgico” desde un punto de vista futbolístico. La interacción de los espectadores puso de manifiesto la eficacia de estas pautas de una forma sobrecogedora tanto en su dimensión positiva (la interacción humana y deportiva) como en la negativa (la alienación social y económica bajo una tapadera futbolística).

El fútbol ofrece hoy una riqueza litúrgica que expresa bien a las claras la necesidad que tiene el ser humano de ejercer su dimensión simbólica. A este respecto, en muchos aspectos puede ofrecer elementos de aprendizaje a otro tipo de liturgias (incluida la religiosa) a la vez que elementos de reflexión crítica sobre el uso de estas dinámicas. No es un tema menor y por tanto requiere la consiguiente atención.

Ah, por cierto, en Mónaco, siguiendo el tradicional y cuasilitúrgico deseo y saludo futbolístico, ganó el mejor.