lunes, 23 de junio de 2014

Una visión idealista de Felipe VI

No hace falta ser un gran conocedor de la filosofía ni de la política para saber que su relación nunca ha sido fácil. Al contrario, ha sido una relación más bien tormentosa e incluso antagónica. De hecho, podría decirse que la filosofía vive de su amor por la sabiduría y por la verdad, mientras que, desgraciadamente, la política (“con minúsculas”, como diría Ortega, precisamente una de las víctimas más ilustres de esta relación) se nutre de la ignorancia y de la mentira. En definitiva, mientras la filosofía busca ahondar en el meollo más auténtico de la cuestión, la política se recrea en el recurso a las etiquetas y a los prejuicios equívocos.

Sin embargo, lo más apasionante de esta relación es que ambas dirimen sus fuerzas en el inefable terreno de la realidad, donde la política esgrime la potencia de su dialéctica mediática frente a la obstinación crítica y discrepante de la filosofía que, casi más por anciana que por sabia, es capaz de esperar pacientemente los frutos de su reflexión.

Precisamente, en el juego mediático propuesto a partir de las etiquetas republicana y monárquica, que trata de mantener a los ciudadanos distraidos y apasionados, surge un rayo de luz filosófico esbozado hace más de 2400 años por Platón, otro filósofo que fue víctima de sus escarceos con la política. ¿Quién hubiera podido sospechar que la teoría política de Platón podría contribuir varios siglos después a ofrecer una visión más serena, mejor dicho idealista -en honor a su pensamiento-, del acceso al trono del rey Felipe VI?

Sin duda, el rasgo más característico de la filosofía política platónica es su propuesta de una aristocracia intelectual. Si hay algo que Platón tenía claro desde su perspectiva idealista es que quien aspirase a ser el filósofo-rey no sólo había de ser capaz de serlo sino que había de involucrarse en un proceso formativo que garantizara y procurara tal capacidad. Así, en el ciclo educativo que tenía en mente el filósofo ateniense, el gobernante había de estar preparandose para su tarea durante treinta y cinco años que se desglosaban de la siguiente manera: los veinte primeros procuraban una formación elemental que recibían quienes formasen parte de la clase ciudadana y militar recibiendo una cultura física, moral e intelectual; los diez posteriores procurarían una selección de candidatos a gobernantes en función de materias como aritmética, logística, geometría, astronomía, entre otras; y, finalmente, los últimos cinco años concedían el auténtico poso de un gobernante en virtud del estudio de la dialéctica.

Este aspecto es decididamente relevante en la actualidad hasta tal punto que ni los detractores de la monarquía ignoran que es un factor diferencial respecto a los posibles candidatos a una supuesta presidencia republicana -pues ninguno de ellos podría avalar una preparación tan completa y adecuada para la función- ni los partidarios más afines a Felipe VI (como la infanta Critsitna y su marido Iñaki Urdangarín) e incluso el propio interesado han dejado de recordarnos que el único destino de la preparación a la que había consagrado su vida era llegar a desempeñar la función para la que había sido designado no sólo dinástica sino también constitucionalmente.


Pero ésta no es la única analogía con el pensamiento político de Platón, aunque sí la más directa. Otras son más colaterales, como la que habla de la condición mixta de la enseñanza y que en condiciones normales establecería de modo teórico el acceso de una mujer a la función gobernante, cosa que en el caso de nuestra monarquía parlamentaria se encarnará en la futura sucesión prevista.


Sin embargo, el último guiño platónico viene de la mano de la postura más idealista de Platón en su pensamiento político y que va asociada a su interpretación de la historia que en coherencia con su estilo de pensamiento considera que la historia va a peor y, dentro de ella, la política no es una excepción. Desencantado por su experiencia política con el tirano de Siracusa, Platón explica que todo sistema político pasa por un ciclo degenerativo que va desde una Edad de Oro a otras etapas o estados menos interesantes. De esa explicación podemos extraer dos detalles muy significativos. El primero es que aristocracia y monarquía van de la mano ya que entre los mejores, el monarca es el uno, el mejor. Si el monarca ejerce bien su gobierno, estará a la altura aristocrática de su función. De lo contrario, el ciclo degenerativo se pondrá en marcha y sobre él se cernirían serias amenazas que se han comprobado ciertas a lo largo de la historia. De todas ellas, hoy algunas se perciben indudablemente muy lejanas o irreales, pero hay otras que son más verosímiles. La principal, y probablemente la más cuestionada por Platón, es la que se muestra como una democracia que no es, en su opinión, sino el gobierno de los menos aptos en provecho de intereses particulares, razón por la que Aristóteles, el principal discípulo de Platón, denominó demagogia a la democracia que servía a los intereses ilegítimos en lugar de apostar por el bien común.


De todo ello, se establece una condición filosófica que no sólo Platón sino cualquier ciudadano establecería como elemental para asumir la función de un Jefe de Estado democrático: velar en fondo y forma por el bien común de los españoles no es sólo un ideal sino un compromiso que le permita realizar su vocación monárquica al tiempo que desterrar debates y planteamientos interesados que obstaculicen el desarrollo de la legitimidad constitucional que, por imperfecta que pueda ser, está llamada a generar estabilidad y prosperidad a todos los ciudadanos.

Quizás por ello, más allá de esta condición, trascendiendo los ruidos políticos y mediáticos, sobresale una última precisión platónica que no sólo parece atinada para un gobernante sino para todos los ciudadanos libres que participan en debates y especialmente en el proceso de ejercer su propia libertad y su propio destino político. Platón, en su diálogo Menón, dice así: “El lenguaje impreciso no es sólo un error; implanta el mal en las almas de los hombres”.

martes, 10 de junio de 2014

Otoño en primavera

Una buena noticia me anuncia el sentido de una primavera que trae siempre cosas nuevas a nuestra existencia. Como un brote de sabiduría espiritual, psicológica y sobre todo, teológica, mi buen amigo Jose Chamorro acaba de publicar su segundo libro “Hojas de otoño”(Credo Ediciones).

Y es este contraste entre lo primaveral y lo otoñal el que permite tomar conciencia de los contrastes y los claroscuros que acontecen en el día a día, en la vida cotidiana de cualquier persona. Al plantearlo como unas hojas de otoño que caen del calendario, con una reflexión para cada día de la estación, estoy convencido de que el estilo característico de los escritos de Jose lograrán conectar con la realidad más íntima.

¡Esperamos tenerlo pronto en nuestras manos para disfrutarlo! ¿Quizás para el próximo otoño?