miércoles, 28 de enero de 2009

El tío Tomás (de Aquino)

El 28 de enero celebramos la fiesta de Santo Tomás de Aquino, ilustre por muchas razones, pero festejado en este caso por su condición de patrón de la enseñanza y de la Universidad (¿otra cosa a incluir en la lista de cuestiones a erradicar por los laicistas antirreligiosos?). Para los universitarios se trata de una jornada extra en su período de preparación de exámenes y para la enseñanza primaria y secundaria supone un puente, ya que las fiestas ahora se colocan donde convienen corriendo el riesgo de que lo simbólico sea fagocitado por lo “práctico”. Tengo un amigo que desde muy joven reclamaba la posibilidad de celebrar la Semana Santa en cualquier momento del año y al paso que van las cosas me veo concediéndole el título de visionario. Por si acaso, aprovecho este post para felicitar a todos los que cumplen años el 15 de septiembre, por ejemplo, y recomiendo a las editoriales pertinentes que se planteen cambiar lo de las fiestas de “no cumpleaños” en el texto de ‘Alicia en el país de las maravillas’.

Precisamente, Tomás de Aquino aúna en su figura y en su obra el sano equilibrio entre lo tradicional y lo progresista, desmontando etiquetas que oculten la gran realidad: no hay nada que más contribuya al verdadero progreso que una tradición auténtica. Como magistralmente nos enseñó un buen hermano de Tomás de Aquino, Y. Congar OP, la Tradición (con mayúsculas) se impone a las tradiciones (con minúsculas). La Tradición extrae lo mejor de nuestras vidas y pone las cosas en su sitio: desnudando a los carcas, que esconden su ideología rancia envuelta en falsa tradición, y abochornando a los pseudo-progresistas (los entrañables “progres”), que ven como el inexorable paso del tiempo transforma su condición de “listillos” en la de “pardillos”.

A Tomás de Aquino yo le llamo cariñosamente “el tío Tomás”, especialmente cuando me toca hablar de él en mis clases de filosofía y religión. Lo hago por hacerle aparecer más cercano y también, con cierta sorna, porque a este fraile dominico del siglo XIII le hemos llamado a lo largo de la historia “buey mudo”, “Aquinate”, “Santo Tomás” o “Doctor Angélico”, entre otras denominaciones, logrando eclipsar a veces la que puede ser la mejor versión de este gigante del pensamiento y la espiritualidad: sencillamente la de fray Tomás de Aquino. ¿Seria esto lo que él quiso expresar cuando tras una visión mística al final de sus días, dejó de escribir porque pensaba que no era posible expresar conceptualmente lo que él estaba viviendo?

Si echamos un vistazo a su biografía, podremos ver que Santo Tomás de Aquino lo ha tenido mucho más fácil que fray Tomás de Aquino para triunfar en la vida. La peor lacra que se ha echado sobre las espaldas de este fornido fraile mendicante es la de academicista e intelectualoide. Él se vería hoy afectado por esta percepción errónea y, a veces, malévola, que brota incluso de donde proceden los golpes más dolorosos, los que proceden de tu entorno más cercano (“el peor enemigo es el que está encubierto”, Séneca dixit).

¿Podría hablarse entonces de cainismo tomista? Quienes amen o aprecien a Tomás de Aquino (dominicos, filósofos, teólogos,…) deberemos preguntarnos si le valoramos incondicionalmente por el mero hecho de ser nuestro hermano (o colega) y si en alguna ocasión hemos dejado de estar a la altura de su inmenso legado, camuflándonos en una triste excusa: “¿acaso soy yo responsable de mi hermano?” (Gn 4, 9).

La otra gran lacra que salpica a este pensador es la que procede de un estúpido e ideológico prejuicio que le acusa de ser “creyente” (sus acusadores dirían religioso) y “medieval”. De nuevo, confundir “creyente” con “desfasado” y “medieval” con “oscuro e inquisitorial” son dos lujos que sólo pueden permitirse aquellos cuya excesiva autoestima les lleva a ver la vida desde la atalaya del reduccionismo y la superioridad moral, sin ruborizarse ni sospechar la gravedad de su error.

Predicar, alabar y bendecir a Tomás de Aquino hoy, es una forma de manifestar lo orgulloso que uno se siente de compartir carisma, historia y fraternidad con un gigante de la humanidad. Si alguno pensara que esta manifestación es exagerada y pretenciosa para alguien como yo, no tendría problema en replicarle: no hablo de Santo Tomás de Aquino, sino de fray Tomás de Aquino o, si me lo permiten ustedes, del tío Tomás.
Museo de Bellas Artes de Sevilla.

domingo, 25 de enero de 2009

Obama y la conversión de San Pablo

Visto lo visto, supongo que si uno pretende que su Blog sea algo actual no debería dejar pasar estos días sin decir algo sobre Barak Obama. Más aún si tuvieran razón aquellos que dicen ver un cierto parecido físico entre ese señor tan importante y este humilde bloguero (similitud que yo no comparto y sirva de argumento la prueba gráfica anexa).

Es significativo el largo plazo de tiempo que transcurre entre la elección y el nombramiento del presidente de los Estados Unidos, pero más significativo me parece que nuestro hermano Obama parezca haber adelantado algunas semanas la Cuaresma al impregnar el discurso de toma de posesión de su cargo con un cierto talante de conversión.

Sí, porque Mr. Obama es profundamente religioso (o eso afirman él y sus palabras) y ha cargado de un inequívoco tinte teológico (y teleológico) su discurso, en el que –¡oh, my blog!- también ha apelado a la gracia de Dios que actúa en los hombres (aunque él la aplica con cierto tono exclusivista a los estadounidenses).

Me pregunto cómo habrán reaccionado muchas personas al comprobar que el hombre más “poderoso” de la Tierra emplea una terminología y una convicción eminentemente religiosas y no necesariamente idénticas al recurso demagógico de George W. Bush al apoyo de Dios, o del dólar al “In God we trust”, o al eficaz y endogámico “God bless América”.


Es probable que la divinidad en la que creen los presidentes estadounidenses siga estando más cerca de lo que es la "idea de Dios" que de lo que verdaderamente es la "existencia de Dios", y un Dios encarnado e implicado con sus criaturas, que es en el que creemos los cristianos. Sin embargo, creo (o quiero) ver en el discurso de Obama una línea que acaba implorando la gracia divina pero que parte de la autocrítica y de una honesta e irrenunciable actitud de conversión. Algunos periódicos han resumido el discurso presidencial es la siguiente sentencia: “El mundo ha cambiado, y nosotros tenemos que cambiar con él”.

Leyendo por encima el discurso, ya se puede comprobar que este talante de conversión condena el cinismo de quienes cegados por su ambición y su egoísmo se niegan a admitir el cambio del contexto y el fin de su esterilidad personal (y de todo tipo) con la que han castigado y tratan de seguir castigando a tanta gente de bien. También se trata de una conversión que adquiere conciencia de la relevancia del bien común. O que desafía a quienes se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y reprimiendo la disidencia. Y no hace falta que imaginemos caras o nombres con los que identificar estas descripciones pues es, finalmente, una conversión que tiene muy presente el horizonte irrenunciable del entendimiento, el diálogo y la reconciliación (“os tenderemos la mano su estáis dispuestos a abrir el puño”). Es decir, es una conversión que para ser eficaz ha de empezar por uno mismo.

Celebramos hoy, 25 de enero, la fiesta de la Conversión de San Pablo, y me viene a la mente que hace casi dos mil años el apóstol de los gentiles no sólo experimentó su propia conversión, contrastada por la asunción de que un tiempo nuevo había llegado y de que su propia vida y la de los que le rodeaban iba a dar un vuelco total. Sus alegatos a favor del auténtico amor (1 Co 13) y del bien común (Flp 2, 1-5), su firmeza a la hora de corregir fraternalmente (2 Cor 6, 11), su vigor para poner a la gente en marcha (Rom 10, 14-15) o su desconfianza por aquellos que se hacían llamar o se consideraban “súper apóstoles” (2 Cor 11, 5), fueron indicios de una forma de estar en medio como el que sirve que si no se ve reflejada en el discurso de Obama, no estaría de más que lo considerara.

La transformación de Saulo de Tarso en San Pablo es el símbolo de una conversión que nos saca de nuestras comodidades y seguridades poniendo la vida en manos de Dios y en el aliento de su gracia. Es la fuerza de la llamada que empuja a vivir la apasionante aventura de la fe. Y en eso, de nuevo, Mr. Obama y san Pablo vuelven a coincidir. Ambos parecen saber que Dios siempre va por delante, que siempre lleva la iniciativa, y que ante los cambios del mundo y de la vida, ellos tienen (y nosotros tenemos) que cambiar con él.

Las palabras de San Pablo y las de Obama pueden quedar en el aire si quienes pueden aprovechar algo de ellas (cristianos, gentiles, estadounidenses, etc.) no somos/son capaces de aterrizarlas en la vida diaria. Mientras eso ocurre, tengamos confianza y hagamos nuestras algunas palabras de San Pablo: “sé de quien me he fiado” (2 Tim 1, 12): y de Obama: “ésta es la fuente de nuestra confianza: el saber que Dios nos llama a dar forma a un destino incierto”.

viernes, 16 de enero de 2009

Ecumenismo: la gracia de la unidad

La palabra ecumenismo (procedente del griego ‘oikoumene’, que significa ‘casa habitada’) puede tener una interpretación amplia y otra más estricta: la primera hace referencia al diálogo entre las distintas religiones, por lo que solemos referirnos a ello como ‘diálogo interreligioso’; por su parte, la segunda está relacionada con el diálogo entre las diversas iglesias cristianas.

A este segundo sentido hace referencia la Semana por la unidad de los cristianos, que como es tradicional se celebra entre los días 18 y 25 de enero, fiestas de la Confesión de San Pedro y de la Conversión de San Pablo, respectivamente. Pero el ecumenismo es algo más que un movimiento institucional. Es un desafío para los cristianos –o “una obligación sagrada”, en palabras del cardenal Kaspers-, que ha de afrontarse con determinación, pese a que España sea un país en el que la magnitud del desafio ecuménico no sea tan notable como en otros lugares.

Quizás por eso, uno de los principales impulsores católicos del movimiento ecuménico en y tras el Concilio Vaticano II, el dominico Yves M. Congar OP, describió el ecumenismo "como un órgano con cuatro teclados y con muchos registros. El ecumenismo va todo él dirigido hacia el futuro, hacia el Reino, pero mantiene su referencia a la Escritura y a la tradición, a la vez que revisa nuestras antiguas querellas tomadas desde sus raíces. Se centra en la unidad de la Iglesia y en la unidad de la humanidad. Es teológico y práctico, doctrinal y secular, espiritual y sociopolítico. No debe restringirse su ambición (...) No cabe pensar en el ecumenismo sin tener en cuenta la tensión entre lo personal y lo institucional. La historia enseña, sin embargo, que la primacía recae al principio sobre el individuo, sobre los pioneros del ecumenismo, hombres carismáticos que con una visión profética emprendieron la andadura ecuménica antes de que éste tomara formas propias de lo 'institucional’".

Los cristianos tenemos una deuda con la labor concienciadora que, durante más de un siglo, ha llevado a cabo la Semana de Oración por la unidad de los cristianos. Este año vuelve a hacerlo bajo el lema “Estarán unidas en tu mano”, tomado de la profecía de Ezequiel, quien realizó el gesto de unir dos leños ante el pueblo elegido, que es hoy reinterpretado como una alegoría de la situación de los cristianos. El profeta junta dos leños a modo de trozos de una vara de mando rota, que el Señor le ordena al profeta unir en su propia mano como signo para la casa de Israel mostrando así que su gracia está por encima de sus pecados, sus infidelidades y sus idolatrías (Ez 37,15-28).

Este texto bíblico está en sintonía con el Proemio del decreto sobre el ecumenismo del Vaticano II, ‘Unitatis redintegratio’ que propone medios y caminos a todos los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús como Señor y Salvador, individualmente y reunidos en asambleas., para que puedan responder a la vocación y a la gracia divinas. Así, las pautas para la oración en este octavario por la Unidad son:

Domingo 18: Oración por las situaciones del mundo donde la reconciliación es necesaria, y por el papel que la unidad de los cristianos puede jugar en su favor.

Lunes 19: Oración para que la paz triunfe sobre las guerras y la violencia, y para que, los cristianos puedan aportar la reconciliación que está arraigada en la esperanza.

Martes 20: Oración sobre la fuerte disparidad entre ricos y pobres.

Miércoles 21: Oración para que juntos podamos proteger las maravillas de la creación que Dios nos confió.

Jueves 22: Oración para que cesen los prejuicios y las discriminaciones en nuestras sociedades de hoy.

Viernes 23: Oración por los que sufren y por todos los que les asisten.

Sábado 24: Oración por el pluralismo y la unidad en Dios.

Domingo 25: Oración para que las bienaventuranzas aporten su espíritu a este mundo.

Que el Espíritu Santo inspire nuestras oraciones y nuestras acciones ecuménicas para transformar el escándalo de la división de los cristianos en la fuerza de la unidad que testimonia la gracia de Dios en comunión con su expresión en el Hijo: ‘Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado’ (Jn 17,21).

jueves, 15 de enero de 2009

La palabra de Dios: la gracia en forma de nieve


¡Qué delicia ver Madrid bajo la nieve y poder así disfrutarla de otra manera! La imagen de la Cibeles aterida por el frío me recuerda que la ciudad y sus monumentos no entienden de ideologías ni grupúsculos, sino que perseveran en el divino gesto de abrazar y dejarse abrazar por todos los que realmente quieran conocerla y acercarse a ella. Y el Retiro, mudando el verde en un blanco de paños menores sorprendidos por el descaro de la naturaleza, me habla de una villa bella -y también coqueta- que se insinúa recordándonos que es un privilegio vivir en ella.

Cae la nieve sobre la ciudad y, sin esperarlo, donde debería reinar el jolgorio sobreviene el colapso. En medio de la multitud me fijo en los rostros de lo personal, de lo humano. Y he de reconocer que he visto más bien tribulación que esperanza confiada. A veces resulta excesivamente preocupante que ni siquiera lo espectacularmente excepcional pueda tener suficiente potencia como para sacarnos de nuestras cegueras rutinarias.

Miedos artificiales y quizás autogenerados, frustraciones del orgullo humano ante la supremacía de la naturaleza, y malos augurios de los medios de comunicación que logran tornar en oscuridad lo que en principio es la blancura absoluta de una nevada antológica. Y frente a esta ceguera, el rayito de luz me lo ofrecen un grupo de niños jugando con la nieve, la frescura de la naturaleza en su estado más puro y la valentía de una enamorada cruzando la meseta nevada para encontrarse con su amado.

Pues ni los miedos, ni las frustraciones ni los malos augurios pueden acallar la voz de la auténtica vida. Y hoy esa voz vuelve a coincidir con la voz del profeta Isaías que grita: “Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que se haya realizado y se haya cumplido aquello a que la envié” (Is 55, 10-11).

La gracia nos permite escuchar con mayor nitidez la palabra de Dios en nuestras vidas; una palabra que desciende a nosotros como la nieve fecundando nuestra esperanza y potenciando la alegría, la frescura y la valentía. La alegría de disfrutar de la vida, conscientes de que “el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mt 18, 3). La frescura de una creación que nos invita a disfrutar al máximo, con los pies en la tierra, pero siempre con la mirada puesta en el cielo pues “no sabéis ni el día ni la hora” (Mt 25, 13). Y la valentía de que el amor verdadero ha de vivirse en clave de entrega y servicio, pues “nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13).

La Palabra de Dios es vida y es proclamada a favor de la vida. Como hemos visto, es una palabra fértil y performativa (que hace lo que dice). Con Jesús hemos terminado de comprender en qué consiste la promesa de Vida que Dios hace a los hombres: “he venido para que tengáis vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10). Nuestra esperanza queda así arraigada a su promesa de salvación que se manifiesta en lo más cotidiano y en lo más excepcional. Mientras tanto, sería una lástima que cada día de nuestra vida se malgastaran confundidos por creer que nuestro arraigo a Dios depende solamente de nuestros aciertos y nuestros errores. Ante esto, volvamos a recordar, sin ánimo de ser cansinos y con ayuda de la poesía arraigada de Luis Rosales, que nuestra salvación depende de la gracia de Dios, que se alegra con nuestras dichas y que, incluso si las cosas no salen como esperamos, en su infinita misericordia es capaz de transformar el dolor en gozo.

Somos hombres, Señor, y lo viviente
ya no puede servirnos de semilla;
entre un mar y otro mar no existe orilla;
la misma voz con que te canto miente.
La culpa es culpa y oscurece el bien;
sólo queda la nieve blanca y fría,
y andar, andar, andar hasta que un día
lleguemos, sin saberlo, hasta Belén.
La nieve borra los caminos; ella
nos llevará hacia Ti que nunca duermes;
su luz alumbrará los pies inermes,
su resplandor nos servirá de estrella.
Llegaremos de noche, y el helor
de nuestra propia sangre Te daremos.
Éste es nuestro regalo: no tenemos
más que dolor, dolor, dolor, dolor.
Luis Rosales

jueves, 1 de enero de 2009

Lisboa

Visitar Lisboa siempre es un placer y no sólo por su belleza. Ya G. Borrow en su obra maestra ‘La Biblia en España’ (1835) dijo, con la exageración característica de las novelas de viajes, que se trataba de “la ciudad más notable de la Península y acaso del sur de Europa” y “tan digna de atención como la misma Roma”. Sus calles llenas de vida y romanticismo contagian de alegría y nostalgia a quienes las transitan. Sus gentes rebosan amabilidad, acogida y, también, algo de sabiduría popular. Por lo demás, de Lisboa llama la atención que haya sabido recuperar tanta belleza y presencia después del terrible terremoto que la asoló en 1755.

Paseando por Lisboa en compañía de una buena amiga, me he dado cuenta de que esta ciudad es como nuestra vida, que se ve sacudida por duros golpes o fracasos tras buenos momentos, pero siempre resurge en busca no de reverdecer viejos laureles sino de restaurar la belleza y la energía que nunca deja de formar parte de ella.

Cuando ocurrió el terremoto de Lisboa, Voltaire lo esgrimió como argumento o hecho que aniquilaba la teodicea de Leibniz (quien concluyó que el mundo creado es el mejor de los mundos posibles) y cuestionaba seriamente a la religión. El eterno problema del mal sacude nuestra racionalidad y sólo encuentra consuelo –si es que lo encuentra- en el eterno problema del bien. Si amenazante puede llegar a ser la presencia del mal, del dolor o de la muerte, más cerril y antropológica se presenta la presencia del bien, del gozo o de la vida. ¡Y ahí vuelve a aparecer la gracia! En la insistencia de que la muerte no tendrá la última palabra sino la vida.

“¿Dónde está Dios?”, se oyó en los campos de concentración, en un lamento aparentemente premonitorio o invitatorio del sinsentido. Pero la respuesta fue mucho más honda –Dios está presente en esas realidades donde surge esa pregunta pues no se esconde de ella- y rebota simbólicamente en quienes se hacen esa pregunta desvelando el auténtico sentido de la realidad.

Hace tres años visité a mi amiga en Lisboa cuando luchaba con los lances de la vida como una hija pródiga. Actualmente, con mucho esfuerzo y habiendo pasado la noche oscura de la fe, mi amiga ha recuperado la alegría y la belleza que siempre poseyó y que un “terremoto vocacional” había intentado nublar. Y estoy convencido de que en el trasfondo de esta historia, como en cada esquina de Lisboa, brota cual banda sonora la fuerza de un fado portugués. Al preguntarle por uno de sus favoritos me sugirió sin vacilar ‘Há uma música do Povo’, inspirado en un poema del gran poeta portugués F. Pessoa –quien rondaba con sus versos el resbaladizo tema del sentido de la vida- en su versión interpretada por Mariza.

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“Pero es tan consoladora/
la vaga y triste canción/
que mi alma ya no llora/
ni yo tengo corazón/
Soy una emoción extraña/
un error de sueño ido/
canto de cualquier manera/
¡Y acabo con un sentido!”.


Lisboa se cuela en las entrañas de sus habitantes y sus visitantes con la sutileza de un fado. Por citar algunas, la sonrisa de mi amiga, la fuerza musical del fado y la gracia de Dios son razones poderosas para pensar que el epicentro de la existencia está más bien en el sentido que en el sinsentido y sin duda que el hipocentro, para el creyente, está en Dios.