domingo, 27 de marzo de 2011

Siempre hay una razón para vivir

“¿Cómo saber si tu misión en la vida ha terminado? Si aún estás vivo, es que aún te queda algo por hacer”. De esta forma tan gráfica y contundente se puede expresar el simple hecho de que siempre hay una razón para vivir.

Ahora que, con motivo de la Jornada por la Vida, la Conferencia Episcopal ha editado un vídeo con este lema, quizás pueda resultar oportuno preguntarse cómo encontrar razones para vivir, qué criterios son pertinentes para orientar el valor de la vida en relación con otros valores, y, especialmente, qué tipo de vida queremos para nosotros y para los demás.

Guste o no, todas estas preguntas deben contestarse desde una posición inexorable: lejos de lo que muchas veces pensamos, la vida se nos impone y no somos en ninguna medida capaces de manejarla, ni mucho menos de controlarla. Por eso ante algunas posturas sobre la vida y la defensa de la vida, tendremos que asegurarnos si lo que pensamos, sentimos y percibimos responde a lo que es la vida en realidad o a lo que nos gustaría que fuera la vida o lo que pensamos que es la vida.

En el libro de Eclesiastés se nos recuerda que hay “tiempo de nacer y tiempo de morir” (Ecl 3). Querer o pretender aspirar a controlar la vida, ya sea propia o ajena es “vanidad de vanidades”. Para el creyente la vida humana depende en última instancia de Dios, pues se trata de algo que no empieza ni acaba en uno mismo, sino que afecta a la vida de los demás.

Ante la tentación de aspirar a controlar la vida propia o ajena, en el Evangelio prevalece un criterio más autorizado que es la de Jesús como Buen Pastor que con su voz orienta la vida del hombre hacia su plenitud: "tener vida y vida en abundancia" (Jn 10, 10). Desde ahí es más fácil entender que “Siempre hay razones para vivir”, como dice el lema de la Jornada por la Vida, que al celebrarse en el día de la Anunciación, nos recuerda que incluso más allá de la esperanza humana, se abre la esperanza cristiana que reza: “No temas, para Dios no hay nada imposible” (Lc 1, 37).


lunes, 21 de marzo de 2011

Transfiguración: lo extraordinario a partir de lo ordinario

El segundo domingo de Cuaresma nos ofrece el relato de la Transfiguración según san Mateo. De los múltiples y riquísimos detalles del texto, quisiera quedarme con la manifestación del carácter mesiánico (divino y extraordinario) a partir de enraizamiento (humano y ordinario) en la vida de los apóstoles y, en el caso del evangelio de Mateo, de todo el pueblo judío.

“Transfiguración” es el proceso que revela un desarrollo desde una figura o faz a otra novedosa y en el caso de Jesús es el paso desde su condición profundamente humana a su misión inequívocamente humana. Con la Transfiguración queda claro que Jesús no es sólo buena gente, un gran profeta o un libertador del pueblo, ¡es el Mesías!

Es desde aquí, desde donde se puede entender que el mesianismo de Jesús no es una teoría o una ideología sino que su acción salvífica contempla lo ordinario de lo cotidiano que está llamado a trascenderse hasta lo extraordinario. Sin embargo, este aspecto esencial de la Transfiguración no es percibido inicialmente por los apóstoles con total claridad. Fascinados por la coherencia de lo que sienten y saben con respecto a lo que están presenciando, sienten la tentación de convertir la salvación en teoría y acomodarse en lo dado de la tradición judaica y desentenderse de la vocación a la que Jesús les está llamado.

Por eso no extraña la contundencia de Jesús cuando les exhorta a bajar desde el monte Tabor a la realidad cotidiana. Si no fuera así la salvación ofrecida por el Evangelio sería mera palabrería y, a partir de ella, el mensaje profético de Jesús (simbolizado por el profeta Elías) y la liberación ofrecida por Él (encarnada en Moisés) se quedarían en manifestaciones meramente humanas y proclives a reducirse a lo ético, a lo político o a lo individualista, empequeñeciendo el carácter universal y trascendente del Evangelio.

En la Transfiguración se expresa el compromiso de Dios con el hombre y de éste con Dios. No se trata de un compromiso formal sino obviamente de un compromiso transfigurador. Igual que Jesús como Dios se revela extraordinariamente humano y como hombre se encuentra ordinaria permanentemente unido a lo divino, este compromiso transfigurador es una propuesta para vivir una vida extraordinariamente humana y permanentemente unida a Dios. No es un compromiso cualquiera, sino un compromiso que abarca la vida entera asumiendo todo lo que conlleva: lo favorable y lo adverso, lo bueno y lo malo, y así todos los polos de una realidad entre los cuales se incluyen lo ordinario y lo extraordinario, sabiendo que tan importante o más que lo que la vida te pueda deparar es la confianza de vivirla en complicidad y conexión con quien sabes que, pase lo que pase, nunca te va a defraudar.

En conclusión, experimentar la Transfiguración es contemplar de tal manera la vida desde los ojos de Dios que logra cambiar de pleno toda perspectiva impregnándola de una alegría, una esperanza y un sentido que nos obligan a expresarlo en forma de compromiso de vida y de un rostro transfigurado. Igual que le ocurre a nuestra cara con una buena noticia o con la presencia de alguien importante para nosotros, la Transfiguración logra cambiar y renovar para siempre nuestra fe y la estimula a recibir su iluminación y a reflejarla por todas partes y en cualquier situación, ya sea en los momentos ordinarios como en los extraordinarios.

domingo, 13 de marzo de 2011

Cuaresma y Biblia: peregrinaje a Jerusalén

Dos amables comentarios de unos lectores del blog me recuerdan que la Cuaresma no puede entenderse en clave cristiana sin fundamentarse en la Biblia, pero sí puede entenderse como una peregrinación, un viaje espiritual, con destino Jerusalén, el escenario simbólico de celebración y experiencia de la Pascua.

El primer comentario me recomienda un enlace para leer y reflexionar unas meditaciones sobre los textos bíblicos realizada por la hermana Dolores Aleixandre rscj, sin duda una de las teólogas y biblistas más clarividentes en España. Una vez leídas me atrevo a recomendarlas, aunque no coincida totalmente con los textos evangélicos de esta Cuaresma 2011, convencido de que su profundidad y su brevedad ofrecerán algunas claves evangélicas y vitales a quienes las lean.

La propuesta de Dolores Aleixandre puede entenderse como un itinerario compuesto de cinco encuentros o estaciones, a saber, en el desierto, en el monte Tabor, en un pozo con una samaritana, en la piscina de Siloé y, finalmente, en la tumba de Lázaro.

El segundo comentario pregunta, entre otras cosas, si encontrar el sentido de la vida tiene que pasar necesariamente por la Cuaresma. Ante preguntas como ésta puede resultar útil considerar que la Cuaresma como los viajes o peregrinaciones pueden ser, pero no conviene que sean, fines en sí mismos ni para sí mismos. La Cuaresma es un viaje espiritual que tiene su importancia como tal, pero que tiene su razón de ser en disfrutar de los lugares que se visitan y de encontrarse con otras personas y sobre todo, en última instancia, con uno mismo y con Dios.

Volviendo a la propuesta de Aleixandre, la Cuaresma puede ser una magnífica peregrinación que nos ayuda a interiorizar desde el silencio y la vida oculta que al igual que moran en el desierto lo hacen en nuestro propio ser. Puede ser también un proceso de transfiguración en el que nuestra propia identidad o la de la realidad pueden mostrarse con su auténtico rostro. Más allá de esto, la Cuaresma puede ser un encuentro con la auténtica religión y la fe que da vida, la que es capaz de saciar la sed existencial y de sentido del ser humano. Con todo, la Cuaresma tiene también una capacidad sanadora de heridas, enfermedades y cegueras que están presentes en nuestras vidas y en el mundo impidiendo el desarrollo sano de quienes las padecen. Por último, ante la tumba de Lázaro, la Cuaresma es un examen vital acerca de cuál es la verdadera protagonista de nuestra existencia: ¿la vida o la muerte?

Lo importante de un viaje, no es tanto llegar al destino sino hacerlo con sentido y cumpliendo todas las expectativas del mismo. En el caso de la Cuaresma el objetivo no es tanto llegar a Jerusalén sino hacerlo preparados para vivir en uno mismo y en el prójimo la experiencia fundante y resucitadora de la Pascua.
¿Qué tiene que ver esto con la Biblia o con la fe y la religión cristiana a la que sostiene? Como diría el jesuita A. Chércoles, “el Evangelio no es verdad porque es el Evangelio, sino que porque es verdad, es Evangelio (Buena Noticia)”. Si como dijo San Pablo, la fe cristiana sería vana si Cristo no ha resucitado (1 Co 15, 14), igualmente la Cuaresma sería vana si no condujese a la Pascua. De ahí mi llamada de atención de la entrada anterior. Quien ignora la sabiduría y la gracia que se esconde en la Cuaresma puede estar perdiéndose claves de vida esenciales. Y esto para la Iglesia y para quienes así ya lo han experimentado no deber ser una cuestión menor sino una misión urgente y preferencial.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Lo que la Cuaresma esconde

A veces basta con que se ponga mucho empeño en defender la exposición precisa y originaria de una idea para que no sólo no se consiga sino que además se prepare el terreno para que la idea opuesta gane terreno. Un buen ejemplo de esto queda reflejado en el sentido teologal de la Cuaresma. Ya puede uno desgañitarse en ofrecer una visión teológica adecuada de la Cuaresma, que al instante siguiente saltarán los resortes de ideas estereotipadas y rancias adquiridas en catequesis de ínfimo nivel.

Sin embargo, lejos de preocuparme esta cuestión, que no me quita el sueño pero sí me parece relevante, lo que sí me preocupa en mayor medida es el hecho de que defensores y detractores de la Cuaresma basen sus argumentaciones en consideraciones que no responden a la adecuada teología de este tiempo litúrgico fuerte de la Iglesia.

¿Qué tiene la Cuaresma que provoca este desasosiego en unos y otros? En realidad, lo que la Cuaresma esconde es una profunda carga teológica y simbólica que bien entendida y sobre todo bien comunicada es capaz de despojar de todo tipo de complejos a quien conecta adecuadamente de ella.

Hoy, cuando en la jornada del miércoles de Ceniza me he encontrado con personas a quienes les resbalaba acríticamente la inminencia de esta incipiente Cuaresma junto a personas que siguen ancladas en comprensiones anacrónicas de la misma, me he dado cuenta de que quizás un reto espiritual de la Iglesia respecto a la Cuaresma sigue siendo la propuesta de una conversión que, como toda conversión auténtica, se reconoce necesaria para uno mismo y se desea para el prójimo.

Puede que hoy, en el panorama socio-religioso de comienzos del siglo XXI, lo que la Cuaresma esconda sea una urgente invitación a una conversión de los complejos espirituales ofreciendo una clave simbólica de lo que realmente afecta al ser humano más allá de las ideologías: las cuestiones del amor, del perdón, de la muerte; en definitiva, las cuestiones del sentido de la vida.

martes, 1 de marzo de 2011

Tocar la realidad

El relato evangélico de la Transfiguración ofrece luz y esperanza a un mundo que se muestra, en muchas ocasiones, desfigurado. El texto propone una clara conexión de Jesús con Elías y Moisés reflejando la dimensión profética de la salvación así como la vigencia de la Alianza entre Dios y los hombres. La primera conexión recoge la doble vertiente de la Buena Noticia que no es otra que la denuncia de la injusticia y sus causas. Por su parte, la segunda evoca las connotaciones del plan de Dios para la humanidad.

Sin embargo, lo que me parece realmente relevante de este anuncio salvífico es su carácter teofánico, pues igual que Dios se muestra a la humanidad mediante el ejercicio de su acción salvífica, el creyente se conoce más a sí mismo viviendo a la altura de lo que le sugiere tal salvación. Este es el gran mensaje de Jesús: mostrando cómo es su divinidad nos anuncia su modelo de humanidad; y viviendo su humanidad nos muestra el camino hacia Dios.

Esta vivencia es más bien una cuestión de fe y no tanto una religión, pues la aceptación de la salvación no se reduce a lo cultual ni a lo institucionalmente establecido sino que demanda y exige el salto a una dimensión más experiencial. La experiencia humana clama por encontrar alguna huella de lo divino y, al mismo tiempo, la experiencia que el ser humano tiene de Dios se vuelve de modo reflexivo hacia su propia vida y la de sus semejantes. Quizás por eso Jesús no acepta el refugio de Santiago, Pedro y Juan en el calor de las tiendas que quisieran haber construido en el alto del monte Tabor.

Esto que trato de explicar ha sido muy bien expresado en una película titulada The human experience. Se trata de un largometraje que tiene como tema de fondo la cuestión sobre el sentido de la vida y la búsqueda de respuestas a las preguntas existenciales o trascendentales que todo ser humano se hace en virtud de las experiencias que la vida le va reportando.

En tales experiencias sólo hay un remedio para no perderse ni en la fantasía ni en la autocomplacencia y éste no es otro que tocar la realidad. Es en esa manera en la que podemos comprometernos de manera totalmente honesta con la vida, de modo que procuremos alcanzar la felicidad propia y la de los semejantes, alejándonos así de sufrir en nuestras propias carnes los duros castigos del sinsentido y la sensación de una vida malgastada.

Desconozco la difusión comercial y mediática que pueda tener The human experience, pero celebro y agradezco la presencia de películas como ella en el mundo cinematográfico y, unido a ello, el planteamiento de temas que nos ayudan a ser más auténticos, a reconocer mejor nuestras experiencias y, en definitiva, a tocar la realidad.