viernes, 25 de noviembre de 2011

¿Y ahora qué?

No sé si muchos más han reparado en el triste hecho de que la mayoría de los principales candidatos a las elecciones estaban más vistos que el tebeo, por no decir que son auténticos profesionales de la política que obligan a uno a cuestionarse hasta qué punto serían capaces de sobrevivir sin recurrir a ellas y a sus pomposas colateralidades.

En un medio de comunicación “escocido”por un resultado no por esperado menos impertinente se critica -ignoro si con razón o no- a un político del partido más votado, olvidando acaso que en el suyo no escasean políticos, empezando por su líder electoral, que llevan décadas “valiendo” para todo tipo de cargos. Tanto el gran perdedor como el supuesto gran vencedor tenían en común un destino preclaro: su viaje electoral les llevaba sí o sí a plantearse una pregunta inquietante: ¿Y ahora qué? En el caso del perdedor, el reto está en explicarse más a sí mismo su extraña maniobra suicida que ni siquiera puede justificarse en pro de una romántica inmolación en nombre del partido. Para el ganador queda un horizonte de reflexión más apasionante, pero también más arriesgado: ¿será capaz de enderezar un rumbo que, como el mismo ha admitido, no parece disponer de la ayuda inmediata de otro “milagro”?

Pero como no entiendo de altas esferas, con lo que me quedo es que este elemento común también nos afecta a los ciudadanos de a pie, sufridos votantes que con nuestro voto nos hemos comprometido a actuar, trabajar y vivir de una determinada forma coherente con las ideas que los inspiraron. Ahora que parece que una mayoría del pueblo español se ha “sumado al cambio”, toca ponerse manos a la obra para contribuir a que eso puede llegar a materializarse, sin perjuicio de las legítimas discrepancias en torno a las simpatías y las antipatías hacia los medios que procuren tal fin. Cada uno tenemos nuestra responsabilidad y los “jerifaltes” una responsabilidad mucho mayor. Todo será más fácil si nuestros actos respaldan sus propuestas de cambio, pero por encima de eso, se me antoja más decisivo aún, que sus movimientos no defrauden las expectativas de un pueblo que merece algo mucho mejor de lo que ahora mismo tiene.

jueves, 17 de noviembre de 2011

¿A quién votar en las próximas elecciones?

Por si alguien no se había enterado, el domingo hay elecciones generales. Algunos ya han votado, pero la gran mayoría está acercándose a la jornada de reflexión de unas elecciones que, según los medios de comunicación parecen claramente decantadas, pero que tiene algún aliciente como, por ejemplo, ver la reacción del electorado a la novedad del movimiento de los llamados indignados (o 15-M) o el hecho, quizás de percepción más que subjetiva, de que da la impresión de que se habla más de programas que otras veces.

Como el otro día me llegó por internet un enlace a una página que, presuntamente, ofrece una comparativa de los principales puntos de los programas electorales. Aquí dejo el enlace por si a alguien pudiera servirle de contrastes o pauta de reflexión. ¡Al menos votaremos con un pizca más de conocimiento de causa!

Por mi parte, desde una óptica cristiana, sigo echando de menos una mayor presencia evangélica en los proyectos de los partidos. Y no se trata de un mero ideal, sino de una necesidad que toque aspectos de justicia y solidaridad-fraternidad que no se pueden confundir ni prostituir con etiquetas vacías como izquierda o derecha o pro-Iglesia o anti-Iglesia. Yo, al menos, me refiero a algo más propio del reino de Dios y su presencia salvífica entre los hombres.

Aparte de eso, mi condición de cristiano sólo me ofrece la posibilidad de santiguarme antes de depositar mi voto en las urnas. Eso sí, también tengo la satisfacción de que, pese a las deficiencias de nuestro sistema democrático, jornadas como las del próximo domingo deben servir para recordar que las cotas democráticas se ganan o se pierden un poco cada día y no sólo en los comicios.

Así que, pase lo que pase y le pese a quien le pese, ¡que ustedes lo voten bien!

lunes, 14 de noviembre de 2011

Jesús y Abundio

La técnica me ha jugado una mala pasada y el mero hecho de tener cosas más prioritarias que enfrentarme a ella, han conseguido que el ritmo de entradas de estas últimas semanas haya sido casi ínfimo. Pero, precisamente, esta cuestión de las prioridades aparece como un guión esencial de los evangelios que salpican los últimos domingos del año litúrgico que estamos a punto de cerrar.

Las llamadas a ser sabios, a permanecer vigilantes y a estar atentos a lo realmente importante de la vida son frecuentes pero no siempre bien escuchadas y atendidas por aquellos a quienes, a veces sin siquiera sospecharlo, podría venirle más que bien. Al fin y al cabo, ¿a quién no le viene bien un buen consejo? ¿A quién no le viene bien que se le interpele para aprovechar de verdad lo importante de la vida?

En esta línea, Jesús de Nazaret nos insiste en ser prudentes y no necios, en aprovechar nuestros talentos y en estar pendientes y atentos a las necesidades de los demás. Sin embargo, esta sabiduría tan honda no suele calar con la misma rapidez y eficacia que otros mensajes apoyados en campañas o recursos publicitarios y propagandísticos. Donde lo material, lo estrictamente económico, lo insustancial y lo colateral campan a sus anchas, debería ser el reino de lo espiritual, de la economía al servicio del hombre y de la ética y, por consiguiente, de lo realmente sustancial y central de la existencia humana.

Como quiera que las cosas o los aspectos más importantes y relevantes de la vida no pueden delegarse en esloganes y resplandores manipuladores, invito a escuchar (aunque sea de modo amplio) este mensaje de Jesús con la confianza de que estamos ante una pauta trascendental para nuestra existencia y nuestra felicidad. Si, por casualidad Jesús no fuese una referencia estimable, sugiero que se haga en nombre de la sabiduría popular pues no atender este tipo de solicitudes es de necios, por no decir de tontos. No vaya a ser que como dice un refrán o dicho, no vayamos a ser más tontos que Abundio, que vendió el coche para comprar la gasolina.