viernes, 25 de diciembre de 2009

¿Dónde vas a dormir esta noche?

NOTA.- Hoy se cumple un año del nacimiento de este blog. Curiosamente lo hacía con una reflexión basada en una anécdota del teólogo dominico Edward Schillebeeckx, quien falleció el pasado miércoles. Este hecho me llevó a incluir una entrada sobre él y demorar esta felicitación que estaba prevista para la Nochebuena. Por tanto, el contexto de la felicitación queda un poco desfasado pero mi afecto y mis mejores deseos para todos mantienen su actualidad y su vigencia. ¡Feliz Navidad!


Las luces navideñas brillan de un modo especial en la noche de las ciudades y los pueblos que, de una u otra manera, incluso sin saberlo, esperan al Mesías. Sin embargo, como ocurre con algunas luces, pueden contribuir a ver mejor aquello que alumbran o a cegar a quien quiere ver con otros ojos, impidiendo tomar contacto con la auténtica realidad.


La Navidad, la estrella que nos guía a Belén o nuestra religiosidad pueden ser luces que nos permiten profundizar en el misterio de la vida, pero también pueden ser montajes o aparatosos entramados de excusas, argumentos y distracciones de lo que realmente es relevante e importante para la vida.

La Navidad puede ser el lucero que insiste en recordar la importancia de Dios para nosotros, los seres humanos, para el mundo y para la vida, o puede ser un bucle situado en la bisagra que une el viejo año con otro nuevo. La estrella de Belén nos enfoca una realidad, la del pesebre entonces y la de los que están solos y desamparados hoy, que se constituye en prioridad para cualquier interpretación que quiera hacerse del espíritu navideño. La religiosidad puede ser la plataforma que nos permite llegar más allá y más alto, o el vértigo existencial que puede paralizarnos en virtud del engaño que nos trata de convencer de que nuestro mundo no puede mejorar.

En la antesala de la Nochebuena, mirando hacia el pesebre, podemos preguntarnos -como quizás lo hicieran María y José al ver a Jesús en aquella noche santa-, ¿dónde vas a dormir esta noche? Y he llegado a esta pregunta, a través de una de las canciones de más éxito en estos años, This is the life, de Amy MacDonald (ver vídeo abajo). Se trata de una pregunta que según quién y cuándo se la haga uno puede afectar desde lo más mundano a lo más trascendente, esto es, desde lo afectivo, lo sexual, o lo social, a lo religioso.

Preguntarse en Nochebuena, desde una clave religiosa, dónde vamos a dormir esta noche es una buena oportunidad de reformular todas las demás respuestas de nuestra vida, pues de este modo podemos retomar lo mundano a partir de lo trascendente.

Por otra parte, Navidad es, en cierta medida, un comienzo pero también, seguramente, una continuidad. Al igual que María, José y Jesús no llegaron al pesebre de cualquier manera, tampoco nosotros hemos llegado de cualquier manera al momento presente de nuestra vida. Como la historia del nacimiento de Jesús, la nuestra es la historia de una humanidad que quiere acoger a los demás y ser acogida por los demás.

Preguntarse en Nochebuena dónde vamos a dormir esta noche es, en definitiva, reflexionar sobre cómo y con quién estoy viviendo. Es una buena manera de estar preparado como el centinela para que cuando llegue la aurora pueda contestar correctamente otra pregunta no menos inquietante y estrechamente vinculada a la del título: ¿Con quién vas a compartir tu vida mañana?

Desde este blog, os deseo a todos que en esta Nochebuena durmáis en las manos de Dios y que al despertaros en la mañana de Navidad experimentéis la inmensa alegría de estar compartiendo la vida con quien queréis hacerlo.

¡Feliz Navidad y Buen Año 2010!




jueves, 24 de diciembre de 2009

En la muerte de fray Edward Schillebeeckx OP



Una de las razones obvias para descartar que Moisés hubiera sido el redactor del libro del Deuteronomio es que en él se narra su muerte. Hoy, nada más enterarme del fallecimiento del teólogo dominico flamenco Edward Schillebeeckx he recordado su fascinación por la capacidad y la necesidad humana de contar historias. Él, como Moisés, tampoco podrá contar este último capítulo de su vida, aunque sí podrá hacernos recordar algunos de los más célebres adagios de su extensa y brillante obra teológica: “Los hombres somos las palabras con las que Dios narra su historia”.


De Edward Schillebeeckx (Amberes 1914 - Nimega 2009) se han escrito y dicho tantas cosas que es difícil añadir algo novedoso. ¡Además él se encargó de contar algunos episodios de su biografía de modo personal! Pero quizás no esté de más añadir algunas cosas sobre él y para ello quisiera servirme de su vinculación a la figura de Santo Tomás de Aquino, a quien conoció profundamente sin que ello le condujera a un discurso neotomista o neoescolástico, sino a una búsqueda sincera y crítica de la verdad.


En primer lugar, la trayectoria histórica de la Iglesia nos recuerda que “los heterodoxos de hoy serán los ortodoxos de mañana”. Cuando Tomás de Aquino descubrió las obras de Aristóteles de la mano de su maestro San Alberto Magno, se sumergió en un mundo inexplorado pero en el que atisbó la posibilidad de fundamentar filosóficamente las verdades de la doctrina cristiana, consolidando así los cimientos de su riquísimo pensamiento teológico. Análogamente, Schillebeeckx encontró en la teoría crítica, en la hermenéutica de la experiencia y en otras fuentes y metodologías filosóficas y teológicas una manera de hablar de Dios de un modo más apropiado para el hombre de hoy. Tanto Tomás de Aquino como Schillebeeckx vivieron en sus días la incomprensión de quienes les acusaban de estar torpedeando la fe de la Iglesia, pero el tiempo le dio la razón al Aquinate y, en opinión de muchos, se la acabará dando al teólogo flamenco. En cualquier caso, si bien Schillebeeckx ha tenido una trayectoria teológica no exenta de tensiones con el Magisterio de la Iglesia, lo que sí es seguro es que ninguna de sus proposiciones teológicas fue nunca formalmente condenada y el papa Benedicto XVI, entonces cardenal Joseph Ratzinger, personalmente implicado en dichas investigaciones, podrá dar fe de ello.

En segundo lugar, no me gustaría que la osadía, el coraje y la valentía de Schillebeeckx para hacer teología eclipsaran la auténtica dimensión de su persona y su obra: la humildad. Fray Edward fue una persona bastante consciente de sus logros y de sus limitaciones y supo valorarlas en su justa medida. En cierta ocasión manifestó de modo autocrítico que la cristología que le hubiera gustado escribir era la del jesuita Roger Haight: Christ, symbol of God, obra no menos polémica que los volúmenes cristológicos de nuestro protagonista. Por lo demás, Schillebeeckx pudo aprender mucho, tanto en lo teológico como en lo humano, de grandes maestros y compañeros como De Peeters, Chenu y Congar, quienes tuvieron que unir a la calidad de su obra teológica, un plus de amor y fidelidad a la Iglesia probados en desagradables incidentes eclesiásticos y personales. Con ellos y de nuevo como Tomás de Aquino, comprobó Schillebeeckx, como todo buen teólogo, que la última palabra de su pensamiento teológico quedaba en manos de Dios.

Finalmente, Edward Schillebeeckx pasará a la historia como un buen teólogo. Su obra Jesús, la historia de un viviente, es sólo el ejemplo más conocido de una larga lista de libros y artículos de alta calidad. Su aportación merece ser reconocida en los campos de la cristología, la mariología, la eclesiología, la dogmática, sin olvidar otros. Y todo ello desde la hermenéutica de la encarnación –Schillebeeckx escribe teológicamente sobre el Deus humanissimus- que se refleja en la experiencia de Dios y de fe y que se manifiesta en la vida y obras del propio creyente. En este sentido, no se puede entender a Schillebeeckx fuera del contexto del concilio Vaticano II y lo que éste ha supuesto y ha de seguir suponiendo en la peregrinación de la Iglesia como heraldo de Dios en el mundo. En la teología de Schillebeeckx va incluida su fe y su contexto personal y por ello quienes quieran conocerle o criticarle con profundidad habrán de considerar estas claves y las suyas propias.


En este momento de tristeza por su fallecimiento, estoy convencido de que Schillebeeckx apelaría a la gracia para expresar teológicamente lo que supone un acontecimiento como este. Paradójicamente, y de nuevo igual que se nos cuenta de Santo Tomás de Aquino, Schillebeeckx preguntó a una edad muy temprana por Dios y lo hizo al contemplar la figura del Niño Dios en el belén de su hogar familiar. En este día de Nochebuena, fray Edward puede contemplar a Dios de una forma más perfecta y en mis oraciones por él, quisiera incluir mi deseo y mi esperanza de que tanto la Iglesia como la Orden Dominicana sepan estar a la altura de hacer justa memoria de este predicador dominico que se autodescribió a sí mismo como “un teólogo feliz”.


Con toda mi admiración y mi gratitud a fray Edward Schillebeeckx, descanse en paz. Amén.

martes, 15 de diciembre de 2009

Mosquitos en diciembre


Hace unos días, en pleno diciembre, tuve que capturar algunos mosquitos que no me dejaban dormir. A la incomodidad que supone su molesto aleteo, se unía en este caso la de tener que afrontar una situación que no se considera como normal (en el sentido de habitual). Sin embargo, lo único cierto es que los mosquitos estaban ahí y yo quería dormir.

Esta sencilla situación me trajo a la mente cómo los seres humanos hemos reflexionado acerca de lo que es normal, habitual y natural. Durante siglos hemos apelado con soltura al concepto de naturaleza para definir la esencia de las cosas. Hasta que tuvimos que asumir que eso de las esencias es tan perfecto que no admite las limitaciones de lo humano, y es tan humano que nos limita en nuestro anhelo de lograr un conocimiento perfecto de la realidad o del mundo.

Las esencias y lo natural pueden llegar a ser útiles en la explicación o clasificación de las cosas pero su debilidad radica en querer ofrecer como objetivo un conocimiento que siempre lleva algo de subjetivo (mediado por la presencia de sujetos que conocen). Así, cuando los temas son irrelevantes el concepto natural puede ser tan aséptico como diferenciar un tipo de yogurt –el natural- de otro –el de sabores-. Pero cuando el tema tiene muchísima relevancia, el concepto natural puede ser manipulado para tergiversar la realidad y tratar de someterla a nuestros intereses. Es aquí cuando, por ejemplo, aparecen las clásicas apelaciones a si lo natural es la conducta homosexual o la heterosexual, que puede llevar a etiquetar y a juzgar de modo injusto y sesgado a las personas que desarrollan dichas conductas.


Estas limitaciones han deteriorado mucho el valor del concepto “naturaleza”, hasta tal punto de que ha sido tildado de trasnochado, superado y ultraconservador. Sin embargo, a mí este concepto me sigue incordiando y quitando de cuando en cuando el sueño como los mosquitos, ya sea en una cálida noche estival o en una fría noche otoñal.


El mismo concepto de “naturaleza” que puede servir para marginar a las personas puede erigirse al mismo tiempo en el máximo defensor de su libertad, como nos recuerda el concepto de “ley natural” que tanto ha influido en los actuales derechos humanos. Por eso entiendo que quizás el problema no radique sólo en este concepto sino en el sentido y, especialmente, en la utilidad que le hemos querido dar.



Mientras reflexiono sobre ello, resulta que se ha celebrado una decisiva cumbre del clima en Copenhague en la que se nos avisa de que, en caso de no reaccionar ante el maltrato al que sometemos a la naturaleza, ésta puede llegar a cambiar de tal forma que ponga en riesgo la viabilidad de la vida humana, ya sea en su parcialidad o en su totalidad. De nuevo aparece el concepto “naturaleza”, pero ahora lo hace diciéndonos que lo que habíamos dado por trasnochado ¡puede ser la llave para un futuro y un desarrollo sostenible!


El problema del concepto “naturaleza” es que, por mucho que nos hayamos afanado en manipularlo ideológicamente, nos habla de cosas que tienen gran importancia para la humanidad. Es decir, apela a cosas que existen por una profunda –y a veces misteriosa- razón de ser, sin dejar que la realidad se deje acorralar por nuestra presuntuosa intención de tratar de someter todo lo que ocurre al designio de nuestra manera de ver la vida.


No se trata de un tema secundario. La prueba de ello es que, como ocurre con el cambio climático y con los mosquitos en diciembre, son problemas que no terminan de preocuparnos en exceso, pero sí tienen la suficiente entidad como para, en mayor o menor medida, quitarnos el sueño.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Despedirse en vida


A veces tenemos tan asumido que lo nuestro es vivir que se nos olvida que tan importante como eso es saber vivir, el cómo vivir. Dentro de ese arte de saber vivir, una de las principales manifestaciones es la de aceptar y asumir la muerte como parte del proceso vital. Nadie puede escapar a ella. La muerte está presente en nuestras vidas y sólo podemos inclinarnos a pensar o bien que es la que tiene la última palabra o bien que hay algo más fuerte que ella, como, por ejemplo, la vida eterna en la que creemos los cristianos.


Vivir es un arte y, por tanto, morir también lo es. Igual que en todo aprendizaje en la vida existen momentos de expansión, crecimiento rápido, asimilación de nuevas técnicas y pautas, pero llega un momento en el que uno percibe que poco a poco se acerca el momento de replegar las velas. Incluso todos hemos conocido a personas que han tenido la sabiduría suficiente para reconocer el último momento que habrían de compartir con alguien muy importante para ellas.


Como miembros de la tradición griega y de la cristiana, no podemos entender la vida separada de la sabiduría. La experiencia de la vida -propia o ajena-, los conocimientos atesorados -como individuo o como colectivo o especie humana- y la realidad de una vida que es temporal y que camina incesantemente hacia su fin, nos ponen sobreaviso de la importancia de saber-hacer, saber-estar y saber-actuar en cada momento.


Y entre esos momentos se encuentra la despedida. Es curioso que sean las despedidas y la muerte, dos de los temas más escurridizos en la mentalidad actual. Abunda la gente que rehuye de las despedidas y de la muerte. Sin embargo, la sabiduría humana nos dice que huir de la despedida sería renegar de todo lo bueno vivido con anterioridad a ese momento difícil y que, precisamente por ser tan bueno, causa tanto dolor y desasosiego en nuestros corazones. Igualmente huir de la muerte sería como renegar o desmarcarse de todo lo bueno que nos ha regalado una vida que, nos pongamos como nos pongamos, merece la pena ser vivida. Llegado ese momento es la hora de decir “confieso que he amado” o “confieso que he vivido”.


La historia nos ofrece momentos y reacciones geniales ante la muerte. Ahora mismo recuerdo dos que, por cierto, no suelen ser tan cursis como las despedidas del cine “hollywoodiense”. La primera, narrada por Platón en su diálogo Fedón, es la despedida de Sócrates en el momento previo de beberse el vaso de cicuta, al haber sido injustamente condenado a muerte por impío con los dioses y por instigador de los jóvenes atenienses. En esa escena Sócrates hace una defensa filosófica de la importancia de morir dignamente como resultado de haber llevado una vida de calidad (filosófica, para él) y por tanto merecedora de tener algún tipo de continuidad acorde a lo experimentado (inmortalidad del alma y reunirse con los dioses). Todo ello aderezado con unas gotas de humor irónico -especialidad socrática- pues mientras agonizaba logró reunir sus últimas fuerzas para pedirle a uno de sus amigos que no se olvidara de entregar un gallo a Asclepio, como pago de un deuda pendiente entre ellos.

La segunda despedida es la de San Alberto Magno, hombre sabio y fraile dominico del siglo XIII. Llegado a los últimos días de su vida, muy longeva para tratarse de un hombre medieval, y tras vivir innumerables sucesos y capítulos de relevancia tanto en su propia orden religiosa como en instituciones sociales y eclesiásticas, se retiró a su celda para dejar que la vida de su comunidad no se viera afectada por su declive. Cuando los frailes le llevaban la comida a la celda y tocaban la puerta para que les abriera, San Alberto contestaba diciendo: “El hermano Alberto ya no vive aquí”.


Vivir y morir son un arte que requiere sabiduría. Nuestra vertiente griega de la sabiduría nos ayuda a afrontar la despedida de la vida con sentido del humor y con filosofía, dejando resueltos todos los asuntos pendientes. Nuestra vertiente cristiana de la sabiduría nos recuerda que nuestra muerte no sólo no es el final sino una puerta de acceso para poder vivir con todos y en medio de todos para siempre. Morir en cristiano no es quitarse de en medio, sino comprometerse más a fondo con el resto, haciéndoles notar entre otras cosas que la despedida es la última muestra del amor que siempre te ligará a las personas a las que quieres. Quien muere se despide dejando su espacio vacío, pero animando a sus seres queridos a seguir sin su presencia física pero fortalecidos por la certeza de que su presencia espiritual formará parte de ellos para siempre. Por eso esta verdad existencial cristiana quedó perfectamente expresada en la célebre cita de Gabriel Marcel: “Amar a alguien es decirle: tú nunca morirás”.

martes, 1 de diciembre de 2009

Adviento, ¿espiritualidad o comercio?

Ya estamos en Adviento, así que ¡Feliz Año Litúrgico nuevo a todos! La repentina llegada de este tiempo litúrgico –o del decorado navideño- nos hace pasar del lamento por lo largas que se hacen las semanas al desconcierto porque, sin saber muy bien cómo, el año “se nos ha pasado volando”.

Quizás este Adviento nos venga bien para ponerle un poco más de espíritu a las cosas, de modo que ni se nos hagan muy pesadas ni se nos pasen sin que nos dé tiempo a saborearlas. Precisamente, si hoy el Adviento tiene un sentido para la gente, éste no es otro que el de aprender y prepararnos para saborear lo importante, lo sagrado de nuestra vida.

Casualmente hoy en clase explicaba a unos alumnos de 2º de la ESO (13 años) la diferencia entre lo sagrado y lo profano. Les comentaba que entre lo sagrado para las grandes religiones monoteístas estaban sus días festivos: el viernes para los musulmanes, el sábado para los judíos y el domingo para los cristianos. Después de bromear sobre lo que les gustaría a ellos que el día sagrado para los cristianos fuera el viernes para hacer puente cada semana, les he incordiado con algunas preguntas molestas: ¿a qué dedicamos los domingos?, ¿es positivo que mucha gente dedique sus domingos –todos o algunos- a trabajar?

Como buenos hijos de la sociedad de consumo, ellos han defendido la libertad de mercado y de los trabajadores-consumidores para dedicar el domingo a trabajar o consumir. Como hemos podido, finalmente hemos llegado al acuerdo de que trabajar en domingo es positivo siempre y cuando la motivación que lleva a una persona a tener que sacrificar otras cosas importantes por ese trabajo no se produjera por una causa impositiva o enajenadora de su libertad individual.

Y, hete aquí que cuando llego a casa y reviso las noticias por internet, me encuentro con la siguiente: Berlín cerrará sus tiendas los domingos porque no respetan el “recogimiento espiritual”. Se trata de una curiosa propuesta de las Iglesias católica y evangélica alemanas que ha sido amparada por el Tribunal Constitucional alemán.


Tras hacer un esfuerzo extra por evitar la pregunta de qué pasaría si esta propuesta se plantease en España (cada cual que se ponga el casco y piense lo que quiera), se me ocurre que lo sagrado y lo profano no se imponen por leyes, sino que se manifiestan vinculados al propio desarrollo de la existencia humana. Así, cada cual puede entrever qué es lo profano y qué es lo sagrado en su vida, ya sea como individuo aislado o como miembro de un colectivo (sociedad, iglesias, etc.).

Si lo sagrado es lo que ocupa lo más profundo y sincero de nuestro corazón, lo mejor es que eso se corresponda con algo que merezca la condición de sagrado: ¿es el trabajo? ¿es mi familia? ¿es Dios? ¿es …? Para contestar, como pautas de reflexión, ofrezco humildemente una de índole económica y otra espiritual.

La económica la tomo de J.K.Galbraith quien en su libro La sociedad opulenta, nos advierte de que es distinto decirle a la tentación que no puede entrar en nuestro corazón, que tener que pedirle que se marche después de haberla autorizado a entrar. La espiritual es de Jesús de Nazaret y nos dice que “el sábado se ha hecho para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Con la evidente aplicación al domingo, se entiende que no hay conexión auténtica con lo sagrado sin un uso maduro de la libertad y la responsabilidad.

Llegados a este Adviento, la pregunta es clara para el creyente: ¿a quién consagro yo mi corazón en Navidad? Tenemos cuatro semanas para prepararnos para contestar. Quizás podríamos hablar de las respuestas en febrero cuando haya culminado la Navidad litúrgica católica. Hasta entonces, no nos olvidemos de que “donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” (Mt 6,21).

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Dejad que los niños os acerquen a mí


Como tengo la inmensa suerte de trabajar rodeado siempre de niños y jóvenes, eso me permite estar en contacto con un mundo, el de la gente menuda y el de la adolescencia, que no dejan nunca de provocarte. Gracias a Dios, puedo decir que, al menos en mi caso, la lluvia de dones y buenos momentos es, con creces, muy superior a la de las decepciones y las insatisfacciones.



Si a ello se le une el aliciente de poder “darles” clase de religión, pues la cosa se pone aún más interesante. Compartir la aventura de la fe (o de la poca o nula fe) y la cultura (o la incultura religiosa) con niños y jóvenes de entre 12 y 18 años es algo verdaderamente fascinante.


Las risas y sus continuos sobresaltos son señales de lo que se remueve dentro de ellos: ruidos, experiencias de vida, etc. Pero aún más elocuentes son sus silencios o sus miradas penetrantes, especialmente intensas cuando perciben que una explicación profunda pone contenido a lo que la televisión o la ignorancia habían cubierto con el disfraz de la banalidad, la frivolidad o el topicazo. Sus preguntas, sinceras y sencillas, contienen la curiosidad de quien sabe que puede aprender y que la vida y la “reli” están impregnadas del misterio que logra tocar el corazón humano.


Tampoco les falta a los niños, la picardía para ir a pillar al profe con la esperanza de poder encontrar en su renuncio la excusa espiritual para sustentar el resto de sus excusas ocasionales. Por suerte para ellos, esa picardía es mínima en comparación con su honradez para aceptar que nadie es tan capaz como un niño para sumirse en la admiración y en la sencillez para acoger y manifestar las cosas.


En estos días, la corrección de los trabajos sobre el evangelio según San Lucas, me hace incidir en esta realidad de mi vida. Cuando les digo a ellos que la Palabra de Dios no es el libro, la Biblia impresa, sino lo que ese libro es capaz de generar en nosotros, en ellos, en la vida, siento que esto adquiere mayor relevancia cuando sus miedos y sus errores (generalmente heredados de un entorno que no ha querido o sabido transmitirles bien la religiosidad), sus intuiciones y sus interpretaciones geniales (que evocan que el Reino de Dios también está dentro de ellos) son iluminadas por la presencia reveladora que de Dios hay en ello.


“Dejad que los niños se acerquen a mí” (Mc 10, 14; Mt 19, 14; Lc 18, 16), nos dijo Jesús de Nazaret. Buena interpelación que debería hacernos sonrojar acerca de nuestra responsabilidad en el estado en que la infancia y la juventud española se encuentran en materia de cultura religiosa, en general, y cristiana, en particular.


Pero, sinceramente, creo que la cosa va más allá. Hoy es posible que tengamos que dejar que los niños nos acerquen a Dios. Su sed de espiritualidad, sus carencias religiosas, su sencillez para acoger la Palabra de Dios son sólo algunos rasgos de lo que estamos descuidando y de lo que podríamos hacer mejor. Amando más a nuestros niños y jóvenes no sólo podremos ayudarles a crecer, también en su faceta espiritual, sino que al mismo tiempo nos veremos enriquecidos nosotros mismos: en nuestra propia persona, en la de los más pequeños –que deberían importarnos más de lo que nos importan- y en la de Dios, al que descubriremos, sin duda, de forma más novedosa, si accedemos a él cogidos de la mano de los niños.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Estamos tontos, ¿o qué?


Ya lo decían algunos filósofos románticos alemanes: "¡Ay, San Platón, cuánto hemos pecado contra ti!" Hoy, no es que pequemos contra Platón, es que le golpeamos y maltratamos continuamente.



En concreto, me refiero especialmente a la clásica distinción que el filósofo ateniense hizo entre la ‘doxa’ (la mera opinión) y la ‘episteme’ (el auténtico conocimiento). A Platón lo traicionaron, maltrataron y desterraron en Siracusa, pero si hubiera tenido que vivir en la España de hoy (y parte del extranjero) seguro que no hubiera hecho falta nada de eso porque él solito se habría cortado las venas, o mejor aún, se hubiera bebido su vaso de cicuta de un solo trago, como hizo su querido maestro Sócrates.


Dice Platón en sus diálogos que hay tres tipos de hombres: los que saben, los que no saben y, el peor de los casos, lo que sin saber se creen que saben. La aplicación directa al panorama social, político e intelectual de nuestro país es inmediata. Siempre se ha dicho que en este país todo el mundo entiende de medicina, de fútbol y de economía, pero ¡eso era antes! Ahora todo el mundo entiende de todo. El prototipo de hombre sabio ya no es el humanista renacentista, ahora lo es el opinante que bebe en las sabias fuentes de la información superficial y exprés, en los cutres debates televisivos y en las pestosas tertulias radiofónicas.


Y entre todos los saberes, sin duda, el más vapuleado es el teológico. Soy el primero que cree que todos llevamos un teólogo en nuestro interior, pero de ahí a reconocer que todo el mundo entiende y sabe de teología va un buen trecho. La prueba radica en lo sencillo que les resulta a algunos dar por supuesto que creer en Dios es algo tan infantil, ñoño y estúpido, que se llegan a persuadir a ellos mismos de que sólo un tonto podría basar su existencia en la fe (más aún si es auspiciada por el andamiaje de una religión o de la teología).


Dos espectáculos de cierto éxito me han puesto sobreaviso: la cutre película de Amenábar titulada ‘Ágora’; y, la adaptación al teatro realizada por J. M. Flotats de ‘El encuentro entre Descartes y el joven Pascal’. En ambas, los argumentos, tramas y diálogos ponen por los suelos la postura creyente (cristiana para más INRI), provocando la risa fácil y la autocomplacencia en una gran parte del público que es incapaz de sospechar que los que realmente son motivo de risa (por no llorar) son ellos mismos y su incapacidad para la postura crítica y reflexiva.


Pero al cristiano no le consuela poder contestar a las risas ingenuas con sonrisas inteligentes. Sabe que siempre está presente la misericordia y la compasión que le mueve a dar un paso al frente, acoger como es al que le injuria y compartir con él la buena nueva del Evangelio, contrastada, por cierto, con las culturas emergentes, los argumentos poderosos o facilones y, sobre todo, con la firme experiencia de saber que las mayores tonterías del mundo (las importantes, las decisivas, las provocadas por el amor), tienen detrás una buena causa: la felicidad. ¿Tendrá esto algo que ver con lo de “bienaventurados cuando os injurien y digan toda clase de mal contra vosotros por mi causa”? (Mt 5, 11) Así pues, ¿estamos tontos o qué? Pista: la pregunta no es si estamos o somos tontos, sino si estamos o somos felices.

lunes, 9 de noviembre de 2009

El tono 13

Un comentarista del blog me recuerda, con motivo de la conclusión de la entrada anterior, la simpatía que ambos profesamos por el canto de los salmos y en especial por uno de los tonos que más se utilizan: el tono 13 (del que podéis escuchar una fantástica muestra en el siguiente enlace, si conectáis los altavoces: primero los monjes cantarán la antífona y luego procede el salmo con el tono 13).

El tono 13 se parece mucho al tono 10. De hecho yo los suelo confundir con frecuencia cuando los entono. ¡Y eso que tuve un gran maestro de canto de salmos entonados como fue fray Miguel Iribertegui OP! (de quien celebramos ahora un año del cuándo, el cómo, el dónde, el por qué y el para qué vivió, murió y resucitó, ¡pura memoria histórica y escatológica!). Cuántas veces reímos a costa de esta ineptitud mía y de mi sentido del oído para distinguir ambos tonos.


Fray Miguel era un enamorado de la armonía. Su pequeño cuerpo levitaba con la música y el canto, que él acompañaba mentalmente mientras tocaba el órgano, de modo que cuanto más se elevaba mística y espiritualmente más cerca estaba, no sólo de Dios como es sobrenatural, sino -como es natural- también de los hermanos que rezaban con él en comunidad y de todos los que eran destinatarios de su oración.


San Agustín dijo que “quien canta, ora dos veces”. El canto, junto a la danza, aporta una plasticidad extra al ejercicio espiritual de inclinar y elevar nuestra alma hacia Dios, ¡entre otras cosas porque cantar y bailar suelen ser actividades profundamente comunitarias pero no exentas de implicarse con ellas de modo personal! Al igual que cantar y bailar requieren una técnica, la oración cristiana puede ser más adecuada si nos procuramos una buena técnica. ¡Y a fe que los salmos cantados son una buena técnica!


Quien canta los salmos, está en mejor disposición para volverse hacia Dios. Los salmos litúrgicos son textos relacionados directa o indirectamente con la Palabra de Dios. Todos ellos, por tanto, son salmos inspirados por Dios, de tal modo que incluso podemos decir que rezamos los mismos salmos que Jesús de Nazaret rezaba cuando cumplía con sus rituales judíos en la sinagoga o en el templo. En los salmos Dios nos habla, otra cosa es que no lo queramos escuchar o que escuchándolo no tengamos luces o coraje para poner en práctica lo que nos dice. Por eso Y. Congar OP definía la oración como “dejar a Dios ser Dios”.


Quien canta los salmos, está en mejor disposición para saber cuál es su relación con la comunidad. La comunidad es escuela de armonía entre el individuo y el colectivo. Fray Miguel enseñaba que al cantar los salmos en el coro, la clave estaba en que al cantar uno tenía que cantar con el suficiente equilibrio como para poder escucharse a sí mismo, pero también poder escuchar al resto de la comunidad, especialmente a los más cercanos. Según como se canta en el coro de una comunidad se puede llegar a saber quién es quién en esa comunidad y cómo son las relaciones en su seno.


Quien canta los salmos está en mejor disposición para poder hacer una correcta auto-evaluación (incluso autocrítica) espiritual. Rezar y cantar los salmos es un buen termómetro espiritual. Nuestra actitud en ellos o hacia ellos nos puede ayudar a detectar nuestro estado espiritual o de ánimo. En este sentido los salmos son escuela de espiritualidad porque nos ofrecen rutina para los tiempos de esterilidad y sequedad, pero también nos ofrecen ráfagas reveladoras y extraordinarias que sacuden nuestra existencia. El mismo Congar llevaba siempre en el bolsillo de su hábito un papel y lápiz para anotar las revelaciones que la oración y los salmos le regalaban cada día; de ese modo su teología resultaba claramente enriquecida.

Lo que más me gusta del tono 13 es que es un tono que permite encajar frases en su soniquete de modo que podría mantenerse un diálogo cantado en tono 13. Del mismo modo, los salmos cantados son un medio litúrgico que nos permite incluir todo tipo de expresiones y experiencias humanas de tal modo que nuestra comunicación con Dios sea más fructífera, más sana y, sobre todo, más auténtica. (Léase en tono 13) ¡El Señor es mi fuerza y mi energía / Él es mi salvación!

martes, 3 de noviembre de 2009

La parte irreductible de la vida


A veces nos dejamos apabullar por personas, instituciones o proyectos que aparentan tener una grandiosidad y una parafernalia asociada que nada tiene que ver con lo que realmente es. Con esto no quiero decir que nada es lo que parece, sino que todo lo que acontece es vida y ésta, tal y como nos enseñó Ortega, es realidad radical, la realidad que no se puede controlar por más que lo pretendamos.

Ejemplo de ello es el fútbol que, independientemente de que te encante o lo odies, se aparece en el día a día con la vitalidad de algo que está en el mundo por y para algo, aunque uno se empeñe en no entenderlo o ni siquiera intentarlo. Por eso es casi imposible no haberse enterado de que un equipo de fútbol semi-profesional, el Alcorcón, ha apalizado por 4-0 a uno de los clubes futbolísticos con un palmarés inversamente proporcional a su sentido de la humildad, el Real Madrid.


Es decir, el fútbol que parece estar condenado a ser un negocio polarizado por la pasión ciega, el más potente entramado comercial, y la más denigrante vulgarización de la masa forofa a través de paupérrimos y tendenciosos medios de comunicación, resulta que de repente se revuelve libre y espontáneo reivindicando lo que fue, es y nunca dejará de ser. El fútbol es un simple juego en el que, como en todo juego y como ha ocurrido en esta ocasión, puede ocurrir de todo, incluso que un grupo de aficionados y semi-profesionales sean capaces de derrotar a un grupo de megaestrellas que cobran lo impensable por entrenar dos horas a diario y meter un número de goles por semana.


¿Es esto simplemente una reedición de la famosa historia bíblica de David y el gigante Goliat? ¿O podemos ver en esto algo aún más profundo? Me temo que en este ejemplo, como en tantos otros, vemos reflejada la parte irreductible de la vida, la que conviene comprender y asumir lo antes y lo mejor posible para evitarnos disgustos y sofocones para nuestras vanidades, nuestros egos y nuestros proyectos infundados.


Ni teorías, ni ideologías, ni todo el dinero del mundo, ni las cadenas más fuertes, ni el más poderoso de los ejércitos podrá reducir a la auténtica manifestación de la vida. Sólo hay una oportunidad de éxito: comprender la dinámica de la vida y tratar de vivir y colaborar con su influjo vivificante.

No se trata, por tanto, de apabullamientos, resistencias, excentricidades o pociones mágicas, como la de los irreductibles galos de la aldea de Asterix. Para el cristiano la parte irreductible de la vida es la que puede entenderse mejor desde la sabiduría de los humildes y los sencillos-¡a los que a Dios le ha parecido mejor revelarles las cosas más importantes!-; desde el amor -que sabe que, como dice San Pablo, cuando es débil entonces es fuerte-; desde la esperanza –que se resiste a considerar cualquier otra posibilidad que no sea la del sentido para todo y para todos-; y desde la fe -que sabe que cuenta con la roca, piedra angular, de Jesucristo, que lo sostiene todo con su gracia-.


Dicen que si quieres ver a Dios partirse de la risa, sólo has de contarle tus planes. En clave bíblica o salmista, la parte irreductible de la vida se traduce en que “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”. Por eso, quizás siempre sea un buen momento para plantearse a qué arquitecto le hemos confiado los planos de nuestra existencia.

domingo, 25 de octubre de 2009

Móvil y @, príncipes de Asturias

Se acaban de entregar los premios Príncipe de Asturias los cuales, como todo premio que se precie, tienen un tufillo subjetivo e interesado que acaba por desvalorizar la esencia de lo que un premio puede suponer para un ser humano: reconocimiento.

En los tiempos que corren, si Obama puede ganar el Nobel de la Paz, ¿quién podrá osar a cuestionar que el teléfono móvil y la @ de internet merezcan este galardón astur? Al fin y al cabo, según dicen quienes saben de esto –o sea, el jurado- el móvil y la “arroba” “se encuentran entre las más grandes innovaciones tecnológicas de nuestro tiempo” y “han contribuido de manera decisiva al avance del conocimiento”. Pero permítaseme ser un poco crítico con esto, pues éste del móvil como todo artilugio o negocio humano tiene una cara bienventurada y otra maldita. Para ello me ayudaré de tres perlas filosóficas extraídas de una columna que escribió en ABC un señor tan subjetivo como los del jurado, un tal Guillermo Ansaldo (¿de segundo apellido “Disponible”?), presidente de Telefónica España.


La primera perla decía: “El móvil destapó una demanda latente que todos teníamos: poder estar comunicados en cualquier momento y en cualquier lugar. Desde este punto de vista, no cabe ninguna duda: el teléfono móvil es el invento de la segunda mitad del siglo XX”. Pero, ¡cuidado!, donde Ansaldo dice que podemos estar comunicados en cualquier momento y en cualquier lugar, yo digo que el argumento de tan importante señor tiene un problema de cobertura. No sólo porque este superteléfono no llega a todas partes, sino porque el, en teoría, mejor invento de la segunda mitad del siglo XX, no sería lo que es sin la inestimable colaboración de otros inventos no menos importantes como el satélite o el ordenador. Y es que, como dijo Umberto Eco –y esto les toca mucho el pie a los fanáticos del móvil- se trata de un invento que tiene muy poco que ver con los grandes temas de la vida y de la muerte.

La segunda perla es la más simplona, digna de tertulia televisiva: “La telefonía móvil ha eliminado las barreras geográficas y temporales, ha salvado vidas, ha democratizado la comunicación de una forma nunca vista, se ha convertido en imprescindible. Ha logrado que nos cueste trabajo recordar cómo era la vida cuando no existía”. ¡Esta opinión es tan cutre que me invita a explayarme! Sobre las barreras geográficas y temporales, sólo puedo decir que tecnologías como la del teléfono móvil han contribuido a aumentar el gigantesco agujero entre los países ricos y los pobres. Sobre la temporalidad, citando el caso de los trabajadores exprés (esos que pierden sus momentos de descanso y de estar con sus familias y amigos porque les localiza su jefe) podemos extraer alguna idea de cómo el móvil puede llegar a atentar contra la intimidad de las personas.

Y es cierto que el móvil ha salvado vidas, pero puede que quizás no tantas como haya eliminado (accidentes de tráfico, atentados terroristas, etc.), y aunque no entiendo bien qué es eso de democratizar las comunicaciones de forma nunca vista, sí sé, por influencia de algunos filósofos clásicos, que la democracia puede degenerar en demagogia. ¿Será esto lo que explica que el 95% por cierto de las llamadas de móvil son para conversaciones inequívocamente insustanciales? ¡Bendita democracia, ahora ya puedo entender, y sin poder mirar mi factura, por qué es imprescindible el móvil!

Llegamos así a la tercera genialidad, la más ideológica: “Esa es una de las grandezas de la tecnología: que nunca discurre por donde pensamos”. Sobre esto, me gustaría decirle al señor Ansaldo que el móvil es una tecnología muy útil y actual, pero como toda tecnología responde a unos intereses encubiertos que pueden ser muy nobles o totalmente innobles. La cuenta de resultados de su empresa es una prueba de ello. Y digo que responde a intereses porque detrás del móvil, de sus llamadas, de sus tarifas, de sus malos y de sus buenos usos, siempre hay un factor común: las personas. Así que deduzco que el móvil será adecuado si me lleva a ser mejor persona y a acercarme más auténticamente a otras personas. Lo demás es ideología y marketing (ya se sabe, “lo importante es poder hablar” o “connecting people”, sic).

En conclusión, la gracia del móvil está en que la llamada (también la telefónica) es la voz que quiere decir algo importante a alguien importante, que espera con ilusión el mensaje de la misma. ¡Y no todas las cosas importantes se dicen ni de palabra ni por teléfono! En la puerta de las iglesias, suele haber carteles que rezan que “Dios no necesita móvil para comunicarse contigo”. Del mismo modo, las personas no necesitamos móviles para comunicarnos entre nosotros, aunque por supuesto que puede ser un buen medio para comunicarnos mejor. Dar la vuelta a este argumento anteponiendo el medio (el móvil) al fin (el entendimiento entre seres humanos) es otra falacia cientificista y, por desgracia, este tipo de paranoias ya sabemos a dónde suelen llevarnos.

domingo, 18 de octubre de 2009

A un metro de ti

Voy a hacer un ejercicio de autocomplacencia madrileña, aprovechando el 90º aniversario del Metro de Madrid. Porque al fin y al cabo el metro es reflejo de la profundidad de nuestra existencia. Es por eso que me molesta –y mucho- la crítica facilona del metro como un lugar triste y deshumanizador que no es sino reflejo de la ciudad que lo sepulta junto a sus miserias. ¿No nos permitirá el metro ver nuestra realidad con otros ojos? ¿Viajará la gracia en metro? Yo creo que sí.



90 años de historia son suficientes como para incluir en ellos muchas historias concretas. En este sentido el metro es un lugar de coexistencia de contrarios. Es causa de enfados y alegrías, escenario esporádico de muertes y de nacimientos, pasillo hacia encuentros y desencuentros, signo de cercanía y de distancia hasta el hogar, el trabajo o los lugares cotidianos, etc. De todas esas situaciones generales, quiero quedarme con unas dimensiones muy concretas: el Metro como lugar de acogida y encuentro, como ámbito armonizador de lo tradicional con el progreso, y como espacio de recogimiento.


¿Qué tiene el Metro de Madrid –o cualquier metro- de acogedor? Dejando a un lado discusiones sobre la calidad o los niveles de acogida, quienes han vivido y vivimos en Madrid sabemos que el Metro ha sido tradicionalmente refugio de los desfavorecidos y techo de algunos sin techo. Salvando las distancias, me pregunto que al igual que Kant dijo que “no es un buen pueblo quien hace una buena constitución, sino que es una buena constitución quien hace un buen pueblo”, si no podría decirse lo mismo del Metro. Dar refugio a la población en la guerra o cobijo a los indigentes en las frías noches del invierno madrileño debería hablar no sólo de cómo es el Metro sino también de cómo es el pueblo de Madrid.


Está bien que Madrid y su Metro tengan fama de acogedores, pero ¿es esto suficiente? Es indudable que el Metro es punto de encuentro entre muchas y muy diversas personas, pero no vale conformarse o, peor aún, resignarse a la coexistencia, renunciando a la auténtica convivencia. El metro está repleto de personas y personajes que encuentran entre los pasajeros a un montón de buenos samaritanos, pero también de comodones y escurridizos levitas y sacerdotes. Sin ánimo de caer en demagogias, creo que el propio Metro nos ofrece una buena pauta de reflexión que a mí me viene inspirada por los músicos que a veces encontramos por sus pasillos o en los vagones. Dando se recibe y siendo un buen receptor se es más proclive a poder dar más de uno mismo. La escena de los músicos en el vagón es una buena imagen de una auténtica interacción dar-recibir por todas las partes. ¿Nos sentimos acogidos en el metro? ¿Procuramos que los demás se sientan acogidos? ¿Metro suena más a gueto o a enclave socializador?


En segundo lugar, el metro es ámbito de armonía entre lo tradicional y el progreso. Aunque una empresa como el Metro está y debe estar siempre abierta a la innovación, también sabe que buena parte de su fuerza está en su tradición. Sus simbologías, sus normas o su ingeniería son ejemplos de esa tradición que ha permanecido siendo capaz de posibilitar nuevos avances en la gestión, en las instalaciones y en las maquinarias. Queda mucho por hacer, pero saber que uno tiene una tradición que lo sostiene ayuda a afrontar las dificultades del futuro. ¿Es el metro un transporte tradicionalista o progresista?


Por último, como ya he dicho en alguna ocasión, el metro es lugar de recogimiento, casi una capilla con raíles. Quienes vivimos en grandes ciudades, hemos tenido que aprender a dar otra dimensión a las grandes distancias y a los tiempos que conlleva superarlas. En ese tiempo, las actividades de la contemplación, la lectura y la oración o introspección personal reivindican su protagonismo. ¿Es el metro una excusa para no realizar esas actividades en sus sitios más habituales o, por el contrario, es una oportunidad para que la razón de que no dediquemos suficiente tiempo a esas actividades no siga siendo una excusa?

90 años son una cantidad importante de vida. Para mí, el metro ha sido y sigue siendo un lugar teológico. Discernir las chispas espirituales y humanas que me encuentro en él me ayudan a recordar que Dios, muchas personas y mi propia realidad están ahí, a un metro de mí. Dar el paso para estar más cercano y comprometido con ellas depende de cada uno. Afortunadamente, el lunes volveré a viajar en Metro.



lunes, 12 de octubre de 2009

Canonízale tú, que yo no puedo


El acontecimiento católico oficial de la semana ha sido la canonización celebrada este pasado domingo en Roma. El papa Benedicto XVI incluyó en la lista, tras superar el consiguiente proceso, a dos españoles: el hermano Rafael, monje trapense; y el padre Coll, fraile dominico. Pues alabado sea el Señor y cantemos eso de “santos y humildes de corazón, bendecid al Señor”.

Sin embargo, quisiera aprovechar la coyuntura de este acontecimiento para cerciorarme de que sabemos lo que nos traemos entre manos. Es decir, ¿a quién se está canonizando realmente? O dicho de otra forma, ¿qué lecturas teológicas y, sobre todo, teologales se están sacando de este tipo de actos y sus circunstancias?

Si no estoy equivocado, la palabra “canonización” procede de “canon”, que significa “norma, regla”. Así, consideramos canónico aquello que es válido y tiene autoridad para orientar y dinamizar nuestra vida. Esto vale para algo tan espiritual y de inspiración divina como la lista de los libros que componen la Sagrada Escritura como para algo tan jurídico y de inspiración humanoide como el código de Derecho Canónico. Lo canónico es lo que vale, ya sea porque se hace valer (tiene autoridad) o bien porque alguien lo hace valer (normalmente una potestad).

Entonces, ¿debemos considerar que estos nuevos santos –como todos los santos y santas de Dios- son un ejemplo y una norma de vida para todos los católicos? A preguntas con trampa, respuestas audaces. Claro que los santos son ejemplo y norma de vida, pero sólo lo son en cuanto que están referidos al único absoluto que puede ser norma de vida para un católico: Dios.

Si hasta el propio Jesús de Nazaret, el Dios hecho hombre, se aplicó esto a sí mismo, tal y como hemos heredado del judaísmo (sólo Dios es santo, tres veces santo), ¿cómo no vamos a hacerlo con los santos antiguos, con los nuevos e incluso con los que, sin ni siquiera sospecharlo, están viviendo ahora entre nosotros?

Sin conocer en detalle la vida de estos nuevos santos, creo que no me equivocaría mucho si –como en el ejemplo de todos o de la mayoría de los santos- deduzco que su testimonio de vida ha sido más fecundo y evangelizador cuando expusieron su vida en referencia a la única norma que la sostenía y animaba: la presencia vivificante y trinitaria del Dios cristiano.

Por el contrario, haberse canonizado a sí mismos hubiese sido un anti-testimonio y un error en el que, ¡paradojas de la vida!, podrían estar incurriendo quienes les han promovido con su devoción y sus bienes hasta los altares. Más aún, si siendo el nuevo santo un ejemplo en cierto aspecto de la evangelización, los devotos herederos de sus órdenes, congregaciones o diócesis no hicieran una lectura actualizada de lo que Dios, norma absoluta, les está pidiendo a través del santo o santa X, norma circunstancial, estarían tomando la parte por el todo y en honor a la verdad tendríamos que decirles: “canonízale tú, que yo no puedo”.

Llegados a este punto, alguien podría acusarme de “protestante”. Mas lejos de defenderme de nada, me adelanto enfatizando la intencionalidad profundamente católica de mi lectura teológica. Y esa lectura no es otra que abogar por la comunión de los santos como forma de interpretación que evite que la canonización de ayer degenere en mera idolatría.

Si al testimonio de íntimidad espiritual con Dios de Rafael Arnaiz, le añadimos la evangelización en la intemperie y en la frontera de Francisco Coll, el compromiso con los más pobres de Damián de Molokai -el apóstol de los leprosos- y de María de la Cruz Jugan -fundadora de las Hermanitas de los pobres- y la vivencia de la jerarquía en clave de servicio y caridad de monseñor Felinski, arzobispo de Cracovia, seguro que todos recibiremos una onda más clara de lo que esta canonización nos puede transmitir desde la clave de Dios como norma de vida. Amén.

lunes, 5 de octubre de 2009

Camboya, tierra de esperanza

Los planes improvisados suelen traer consigo la suerte de regalarte un premio que saboreas el doble: por premio y por inesperado. Visitando en la mejor compañía las exposiciones del CaixaForum nos topamos con una inquietante exposición fotográfica sobre la realidad camboyana y titulada “Camboya, tierra de esperanza”.

En un breve recorrido por la sala, un puñado de fotografías de gran calidad realizadas por el reciente premio de periodismo Rey de España, Gervasio Sánchez –al parecer marginado por haber denunciado con coraje y mucha libertad algunas de las miserias de nuestro mundo- y un breve documental de Oriol Gispert hablan a las claras de un país, Camboya, que parece empeñado en superar las calamidades y atrocidades con que su historia reciente le ha golpeado.

En un país machacado por la guerra y la dictadura, los hombres y mujeres de paz han decidido combatir con las armas de las sonrisas y la esperanza. En un país en constante batalla contra el hambre, las mejores recetas de la tradición y la artesanía (en pesca, agricultura, etc.) ofrecen su fuerza constructiva a quienes no tienen ni tiempo para rendirse. En un país que demanda estabilidad y prosperidad en cantidades industriales, su juventud constituye su mejor y más prometedor activo (el 38% de la población es menor de 15 años). Y, barriendo un poco para casa, en un país donde la espiritualidad y su sabiduría rezuman por todas partes, la presencia comprometida y silenciosa (a veces tristemente silenciada) de la Iglesia católica –con obispos y misioneros al frente- hacen justicia a la palabra evangelio y me hacen sentir orgulloso de mis hermanos y consciente de que yo también he de hacer lo propio en mi realidad cotidiana.

De la exposición me quedo con tres cosas. Primero, con la expresividad de su título. Camboya es, por lo que se nos cuenta, un paradigma de esperanza y un aliciente para optimistas y filántropos. En segundo lugar, me quedo con el brillo de los cristianos camboyanos, con su prefecto apostólico al frente –el jesuita asturiano Kike Figaredo, conocido como el obispo de las sillas de ruedas- que elevan la luz evangélica por encima del celemín mediático de quienes no tienen reparo en poner el distintivo de católico a las malas noticias de la Iglesia, pero lo diluyen intencionadamente en lo que a las buenas se refiere. Y, finalmente, y esta es quizás la razón por la que escribo esto en el blog, me quedo con el testimonio de una misionera católica –inserto en el documental- que enfatizó el hecho de que la sed espiritual de los camboyanos está haciendo posible no sólo que se puedan afrontar los vacíos materialistas sino que se esté experimentando ya que la gracia vuelve a triunfar holgadamente sobre el pecado.

A quienes viven en Madrid o a quienes tengan intención de pasar por ella les sugiero de todo corazón que vayan a ver esta exposición. A quienes no puedan ir y a quienes ya hemos ido, me atrevo a pedirnos que no dejemos caer en mala tierra los buenos sentimientos y las semillas de esperanza que un testimonio así u otros similares hayan podido hacer germinar en nuestras entrañas.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Disidencias que matan

Las relaciones entre los individuos y los colectivos son un tema apasionante de la sociología y la psicología. De entre las múltiples situaciones que se pueden dar, me acuerdo hoy de la disidencia, a raíz del juicio por el asesinato del dirigente etarra Pertur -presuntamente (adverbio tibio donde los haya) asesinado por algunos de sus propios compañeros de la banda terrorista-.
La disidencia pone de manifiesto la corrupción de los ideales que, si tuvieron algún día sentido, en el momento de la constancia de la postura disidente están nublados por una densa bruma de intereses y fines que no se corresponden con los originales (los del origen, que diría Gaudí). Esto es, la postura disidente no sólo desvela la auténtica problemática que la ha provocado, sino también la verdadera condición de quienes han corrompido esos ideales y de quien, por fidelidad a ellos, ha de tomar una postura radical (en sintonía con la raíz de su forma de ser) y habitualmente dura de asumir. ¡Más de una vez he escuchado a algún disidente decir eso de “nadie se corta la mano por gusto”! Y lo duro es que, como se nos dijo en el evangelio de este domingo pasado (Mc 9, 43), a veces hay que cortarse la mano u otros miembros del cuerpo por ser fiel a uno mismo y a la verdad.

Nada más conocerse la acción disidente, el grupo nodriza despliega su arsenal de armamento psicológico y físico para amedrentar al incómodo denunciante. Primero llega la advertencia sutil, apelando al chantaje afectivo de la insolidaridad y la traición. Poco a poco se pasa a la intensificación de la amenaza que pueden incluir artes mafiosas como la difamación, la violencia psicológica o incluso las represalias contra personas afines al individuo independiente. Naturalmente, sobra decir que estas técnicas son especialmente dolorosas si el entorno no es capaz de filtrar o neutralizar los impactos de este bombardeo anti-persona. Por último, queda la peor parte, suponiendo que el individuo haya podido superar las pruebas anteriores: la anulación y la aniquilación del sujeto y todo lo que su obra y pensamiento pueden reflejar de él. Este paso puede suponer incluso el asesinato.

Precisamente, hace unos años, al comentar con Eladio Chavarri, un sabio filósofo navarro, la película “Yoyes” (basada en la vida y asesinato de otra disidente etarra), me advirtió de la importancia de la decisión de entrar en una institución o movimiento, en cuanto delimitación de un antes y un después, por el simple hecho de que tener que abandonarlo más tarde tendría una consecuencia clara: la exclusión, marginación e incluso eliminación o aniquilación (como les pasó a Pertur y a Yoyes) del sujeto “saliente” (el infiel, el cobarde o, lo que es peor, el traidor).

Pero no hace falta ser miembro de una organización terrorista para que la disidencia sea represaliada de forma inhumana: ¡es suficiente con pertenecer a un colectivo o institución con cierta notoriedad y jerarquía en el que haya una o más personas que vivan su pertenencia a ese grupo en clave de “luchas de poder”!

Sin embargo, esta no pretende ser una entrada tétrica, sino una nueva apelación a la fuerza de la gracia, ya que ella sobreabunda allá donde antes quiso abundar el pecado. Y apelo a la fuerza de la gracia de la mano de Jesús de Nazaret, el gran disidente de la historia de la humanidad. Su relectura del judaísmo (al que perteneció), su independencia ante la prepotencia del imperio romano (con el que convivió), su inequívoca simpatía y compasión por los más débiles y desfavorecidos (a los que amó hasta el extremo) son sólo las líneas más sobresalientes para escribir un manual sobre la disidencia. Su vida, mensaje, muerte y resurrección es un paradigma de que la disidencia tiene serias repercusiones, pero también de que si el disidente lucha por lo que es justo (¡y qué hay más justo que el Reino de Dios!), no sólo invoca la gracia para su alma sino que también la está pidiendo por descontado para quienes le están persiguiendo. Quizás por eso, cuando Jesús exclama en la cruz “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, en realidad está rezando entero el salmo del mismo título. Y ese salmo, como las grandes historias, no es sólo como empieza sino también como termina: “Contaré tu fama a mis hermanos, / en medio de la asamblea te alabaré/ (…) Y para aquel que ya no viva/ su descendencia le servirá:/ hablará del Señor a la edad venidera,/ contará su justicia al pueblo por nacer:/ Así actuó el Señor”.
En estos días el juez del tribunal dictará sentencia tras preguntar a algunos terroristas por la suerte que pudo correr Pertur. A todos, en el día final, el Sumo Juez nos preguntará, hayamos sido disidentes o represores de disidentes, “abeles o caínes”: “¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4, 9).

domingo, 20 de septiembre de 2009

El problema de la educación

Una propuesta política (habrá que mirar detenidamente qué hay detrás de ella) a favor de recuperar la autoridad de los profesores dentro y fuera de las aulas, ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre la educación.

Mi primera sensación es agridulce. Por un lado está la ilusión (que también percibo en algunos compañeros de profesión) por el hecho de que por fin parece que se quiere ver un problema que nos acecha como sociedad más de lo que nos imaginamos. Sin embargo, por otro lado, me vuelve a decepcionar el partidismo y el electoralismo con que nuestros políticos vuelven a tratar y a considerar a la educación. Y ya van muchos años, ¡por no decir siglos! (Cf., por ejemplo, DE PUELLES, Manuel, Educación e ideología en la España contemporánea. Tecnos, 1999)

Dicho de otra forma: si convenimos en que nos beneficia a todos que la educación sea algo que funcione bien en este país, ¿por qué no nos dedicamos a ser parte de la solución y dejamos de ser parte del problema?


Ahora que se habla de autoridad, quizás podríamos recordarnos que en educación (como en derecho, en ética, en política, etc.), muy por encima de la potestas está la auctoritas. Y nuestros políticos siguen apelando a la potestad que les confiere haber llegado al gobierno en una u otra legislatura, da igual quién esté en el gobierno y quién en la oposición, para cambiar leyes de educación –con muy poco acierto, todo sea dicho- a costa de pisotear la poca, quizás ya nula, autoridad moral que les queda. Puede que la única forma de recuperar esa autoridad sea procurar eso que se llama en democracia un pacto de Estado, antes de que esta sabia fórmula de consenso acabe degenerando en un espectro político.

La pregunta es clara: si de diez puntos de debate político sobre educación, los principales partidos serían capaces de lograr un consenso muy estable en, al menos, siete de ellos, ¿por qué no ocurre, ni da la sensación de que vaya a ocurrir? Dejo la respuesta a cada cual.

Cualquiera que se tome la molestia de darse un paseo por los fangosos terrenos de la educación en España constatará que, más allá de toda discusión, lo único que no cambia en cada situación o en cada reforma educativa son las auténticas víctimas: los alumnos y la sociedad (a los profesores los dejaremos de lado hasta otro día en que me dé un ataque más agudo de corporativismo).

Si, por citar sólo algunos ejemplos, nuestros alumnos han de educarse en ambientes familiares que no siempre pueden (o quieren) considerarles su máxima prioridad; en un sistema evaluativo que prima la competitividad inhumana y el cientificismo; en un modelo de gestión que confunde calidad con una ratio de ordenadores per capita; en una universidad que parece abocada a ser una sucursal de I+D de las empresas; o en una coyuntura en la que lo público se autoanula y se pone al servicio de la promoción inconsciente de lo concertado y lo privado sin interactuar para nada con ello, podemos entender que tenemos algo más que un problema (y no sólo de autoridad). Como me escribió una alumna en una redacción, “el problema es que no nos dejan ser el problema”.

Mirar al problema parcial (el de la autoridad) en lugar de al problema global (dónde estamos y dónde queremos estar), puede ser un bálsamo a corto plazo pero un suicidio colectivo a largo plazo. La autoridad, entre otras cosas, se gana con claridad de ideas para guiar nuestro sistema educativo hacia donde convenga, con profesionales (vocacionados, si no es mucho pedir) dispuestos a contrastarse con las nuevas generaciones y sus circunstancias y, sobre todo, con la firme convicción de que una sociedad ha de invertir (no sólo, pero también dinero) lo mejor en la educación de quiénes han de garantizar su futuro y su prosperidad. Si no queremos que la factura social de este problema sea cada vez mayor, deberíamos recordar la famosa frase atribuida a un ex-rector de Harvard: “Si piensan que la educación es cara, prueben con la ignorancia”.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Vivir en colores

Bueno, bueno. ¡La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida! Resulta que los duendecillos de internet han dejado la tarjeta de visita de este blog en más sitios de los pensados. Bienvenido sea. Y aprovecho para enviar un saludo a todos los seguidores de este blog que después de aguantar que les aburriera muchas veces en directo en un aula, ahora intentan darme una segunda oportunidad por escrito. Y en especial a los que, como Ani, han tenido que recurrir a la convocatoria de septiembre, que no es sino una segunda oportunidad, tan válida como la primera. Por supuesto que es deseable atinar a la primera, pero si no pudo ser a la primera y uno dispone de una segunda oportunidad, seguro que está ahí para algo: ¡para aprovecharla!

En un cursillo sobre pastoral en los colegios concertados católicos, en el que por cierto se nos ha instado a los profesores a bendecir a nuestros alumnos, el ponente, Paco, un simpático cura madrileño aprovechaba, para introducir el tema, una voz proferida por un político en una campaña electoral y que decía algo así como: ¡Queremos vivir en colores!

Y hete aquí que me ha venido a la mente esa intuición de Ortega que dice que “el gris es el ascetismo del color, pues ser gris es lo más que el color puede hacer cuando quiere renunciar a ser color”. Intuición de la que yo interpreto en sintonía con el ideal pindárico (“llega a ser el que eres”), que tanto gustaba al propio Ortega, que estamos llamados a vivir en colores. Nunca dejaremos de tener colores, lo que sí podremos es mostrarlos con mayor o menor brillo o intensidad.

Puede que en ocasiones nuestra vida o algunas facetas de ella adquieran un color gris. Es lo que podríamos llamar crisis. Sin embargo, por mucho que nos empeñemos en dejar de vivir en colores, lo máximo que lograremos es ser grises. Pero la crisis, lejos de ser algo malo en sí mismo, es algo positivo en cuanto que supone una oportunidad para retomar de mejor manera lo que no nos salió bien a la primera (o a la trigésima) oportunidad.

Para dar brillo a nuestros colores tendremos que contrastarnos a veces con nuestros grises. Es el momento del ascetismo, de revisarme por dentro, de pasar mi ITV personal y detectar qué forma es la mejor para volver a desplegar toda mi gama de colores.

El ascetismo siempre ha requerido mucho esfuerzo y sacrificio, y encima no vende mucho en la mentalidad actual predominante. Sin embargo, vidas y sueños como los de mis alumnos, que lloraban en junio y sonríen plenos y satisfechos ahora en septiembre, (gracias en buena medida a su humildad para saber ser ascéticos) me hacen caer en la cuenta de lo importante que es saber vivir en colores. Y no sólo por uno mismo sino también por los que me rodean, especialmente los que me aprecian. Así es más fácil bendecir a los demás. Así es más fácil que bendigamos todos, pues vivir en colores suele ser garantía para poder decir que la vida va bien.

lunes, 7 de septiembre de 2009

2001: una odisea en el ciberespacio

Este pequeño blog ha superado las 2000 visitas. Realmente no es así, porque el contador fue colocado unas semanas después de comenzar a publicar y porque muchos de esos accesos fueron realizados por el autor para comprobar cómo va la cosa o para ver cómo ha quedado configurada la última entrada colgada (lo cual puede suponer varias correcciones).

En cualquier caso, teniendo en cuenta que mis progenitores no frecuentan internet, que mucha gente que conozco y aprecio no sabe ni que tengo un blog (o yo no sé que ellos lo saben), la cosa es curiosa. Sin más, ya sabíamos que ni es, ni pretende ser el boom internauta del año, pero ahí queda eso de “predica que algo queda”.

Dos mil visitas son muchas y pocas. Para mí son 2000 regalos y una ventana a seguir descubriendo nuevos mundos. Precisamente, estos eran dos de los tres objetivos que me marqué al embarcarme en esta aventura en el ciberespacio: primero, invitarme (y casi obligarme) a reflexionar y escribir sobre cuestiones de actualidad cotidiana ya fueran de carácter general o particular; segundo, crearme una excusa para conocer un poco mejor estos mundos de la informática y de la red, evitando llegar a ser un analfabeto informático; y, por último, soñar con que alguien pudiera encontrar en este blog un hueco para pasar a visitarlo de vez en cuando y saborear los temas propuestos. ¡Si encima alguien comenta algo… es como invitar a alguien a tomar café en casa y llega con unas palmeritas de chocolate! (no hacía falta pero se agradece de veras).

Por eso, de alguna manera, esos objetivos se van haciendo, muy poquito a poco, realidad. En lo que a los lectores de este blog os concierne, sólo una palabra: GRACIAS. Gracias a Amparo que sigue cumpliendo su promesa de ayudarme a dar vida al blog. Gracias a quien gritó: ¡no tienes móvil y tienes un blog! Gracias a los seguidores y a quienes me apoyaron desde la primera entrada. También a los que han dejado su huella en los comentarios o a la compañera del trabajo de mi hermano que parece ser que pacientemente lee esto. Gracias a los que leen Predicablog en la celda conventual o en el despacho. Gracias a quienes se sintieron animados por las reflexiones -por dejarse querer- y a quienes se sintieron dolidos por ellas -por quererme ahora más que antes-. Y así, un largo etcétera de gratitudes.

Los consejos básicos para que un blog tenga éxito recomiendan, entre otras cosas, promocionarse en foros y en los círculos cercanos, incluir entre las primeras entradas una que invite y explique cómo hacerse seguidor del blog (sigo sin tener ni idea de cómo se hace sin una cuenta de ‘gmail’), y sobre todo, seguir escribiendo cosas que puedan llegar a ser interesantes para los lectores. De las tres sólo me he preocupado por la tercera. Creo que es mejor así, dejando que el blog llegue y lleve sus palabrillas a donde la gracia de Dios disponga. Si no, no haría honor a su título. Si no, no tendría GRACIA.

martes, 1 de septiembre de 2009

Romper la baraja

No sé si alguna vez en la historia ha sido fácil o cómodo decir que el trabajo es una bendición. Al menos se solía decir que el trabajo dignifica a la persona. Y supongo que ambas expresiones son válidas en determinados contextos o según se mire. En tiempos de paro galopante y crisis económica, uno imagina que cualquier opción laboral es bienvenida, aunque sería de ingenuos olvidar que no son pocos los que parecen vivir tranquilos a costa de “la sopa boba”.

Pertenezco a un grupo de gente que puede sentirse muy afortunada por su situación laboral. Digo esto fundamentalmente porque me encanta mi trabajo y porque esta actividad me permite llevar a cabo una vida normal en cuanto a horarios y relaciones sociales. Como todo, tiene sus pros y sus contras, pero ante las dificultades o las críticas facilonas o envidiosas, siempre me viene a la mente la misma idea: “el que quiera o pueda, que venga y lo iguale o lo mejore”.

No hace falta ser un sociólogo de la liberación para darse cuenta de que hay cosas que no funcionan muy bien en nuestra sociedad. Entre ellas, los ritmos laborales son de lo más llamativo. Horarios insufribles, estrés imperante, agobios excesivos y que con frecuencia son autoinducidos, culto al sistema neoliberal, etc., son algunos de los rasgos de esta situación.

Cuando explico a mis alumnos de Economía los entresijos de esta disciplina humana (que ha devenido en disciplinadora humana) intento mostrarles la cara humana de la economía. Les invito a que cuando viajen en el metro no den por normal ver a señoras cincuentonas (o a cualquier otra persona) corriendo como alma que lleva el diablo luchando por coger el siguiente convoy que les llevará a unos euros extra o que delimita que esa tarde-noche pueda pasar media hora más o menos en casa con su familia.

En estos días estivales, las luces rojas se me encienden con mayor nitidez. Me refiero al cada vez mayor número de parejas que no pueden disfrutar de unas vacaciones juntos porque sus fechas disponibles de vacaciones no coinciden. Esta situación es más escandalosa y dolorosa cuando hay niños de por medio. Si le añadimos algunos ingredientes más de las condiciones leoninas en las que la gente ha de sacar adelante sus vidas, podremos llegar a encontrarnos con situaciones que cuestionan al común de los mortales, aunque parece obvio que no a todos.

Es decir, hay personas que dedican las mayores y mejores horas del día en dejarse la piel para lograr un sueldo que le permita atender sus obligaciones legales con una entidad financiera, a costa muchas veces de no pasar ni una hora al día con sus seres queridos o soñando con que llegue un vertiginoso fin de semana en el que el mayor objetivo es descansar para poder sobrellevar el durísimo ritmo semanal, generando una espiral viciosa y esquizofrénica. Si ahora resulta que esta dinámica da una vuelta más de tuerca y el único consuelo que quedaba, que era pasar quince días de ensueño con quien uno quería y donde uno quería, tampoco va a poder ser, entonces, ¿qué nos/les queda?

¿Quo vadis, hombre productor consumidor? ¿Estamos vendiendo a plazos nuestra alma al diablo? ¿Realmente las pequeñas compensaciones materiales compensan las rebajas de nuestros anhelos más personales y espirituales?

Echando la vista atrás, es impactante ver cómo ha dañado a la existencia humana el simple hecho de que se hayan revertido los niveles de prioridad hunana: la economía en lugar de estar supeditada a la ética y a la política, ha pasado a ser su ama y señora. ¡Estamos echando una partida ante un rival al que le hemos consentido jugar con una baraja de cartas marcadas! Si lejos de revertir esta situación, todos y cada uno de nosotros vamos haciendo concesiones al totem economicista sin dar la sensación de que nos duele regalar lo que deberíamos considerar como innegociable o intocable en nuestra vida personal, entonces ¿qué tiene que pasar para que uno reaccione?

Cuando el joven rico se acercó a Jesús, quería una respuesta fácil y que no cuestionara su estatus de vida (que no sabemos si era muy bueno o muy malo en lo espiritual pero sí en lo material). Jesús le pidió que rompiera la baraja, no sólo porque sería bueno para él o le conduciría a encontrar lo que realmente estaba buscando, sino por el hecho de que la liberación sólo llega cuando uno de modo personal y responsable se decide a dar el primer paso hacia su auténtica libertad. Siempre me he preguntado si aquel joven rico que se marchó muy triste no volvió nunca para intentar seguir los pasos de Jesús, como hicieron muchos de los que estaban cansados y agobiados. En cualquier caso, las opciones cristianas brotan del corazón de la persona y ya se sabe que no se puede servir al mismo tiempo a Dios y al dinero y que allá donde está tu tesoro está tu corazón. ¿Necesitamos saber algo más para romper la baraja?

miércoles, 26 de agosto de 2009

Monjes para todos

Cuando uno conduce desde Madrid por la A-2 y está a punto de abandonar la provincia de Soria para entrar en Aragón, se encuentra con el pueblo de Santa María de Huerta, que alberga, presidiéndolo majestuosamente, un monasterio cisterciense masculino homónimo. Allá viven un grupo de monjes trapenses que, como narraba Timothy Radcliffe OP en uno de sus bellos escritos sobre la vida monástica ante la pregunta sobre qué hacían los monjes dentro de los muros del monasterio, pasan el día “cayéndose y levantándose, cayéndose y levantándose”.

Los monjes de Huerta (con un grupo de 5 ó 6 monjes jóvenes, para información de los chismosos y los estudiosos de la estadística) son como son, ni mejores ni peores. Pero sí tienen algo que, a mí por lo menos me ha gustado: ganas de interactuar con el mundo. La tentación monástica (tender hacia el “mono”) intenta ser vencida por la proyección monástica (ser impulsado por Dios hacia el encuentro con los hombres y viceversa). Dicho de modo más popular y poético, lejos de rendirse al “más vale sólo que mal acompañado”, un monje que dedica seis horas diarias -como mínimo- a hablar con Dios no puede olvidar que “lo importante no es llegar solo ni pronto, sino con todos y a tiempo”.
El caso es que el monasterio de Huerta ofrece -entre otros medios, por internet- un curso de Vida monástica, abierto a todo tipo de gente (es mixto, para más información de los chismosos) con los únicos requisitos de sentir respeto e interés genérico -¡no se me asusten!- por este tipo de vida. Hace unas semanas un grupo de quince personas realizamos este cursillo que consiste en algo tan evidente como compartir en la medida de lo posible el estilo de vida de los monjes, todo ello acompañado de una serie de charlas sobre la Historia de la vida monástica, la Liturgia de las Horas, la espiritualidad monástica, la oración, etc.


Como es sabido, el “ora et labora” de la Regla de San Benito dinamiza toda la jornada,. El “ora” ofreciendo seis momentos litúrgicos (con las míticas vigilias de las 5 de la mañana, que yo recé en posición horizontal saboreando mi salmo favorito: “Dios se lo da a sus amigos mientras duermen”) intensos, con nivel digno de canto y elevación espiritual a son de órgano y chutes de incienso. El “labora” endulzando las horas del trabajo elaborando la mermelada artesanal que realizan los monjes y que junto a su oración y su hospitalidad suponen una de las cartas de presentación de la comunidad a quienes quieran conocerles.

Se trata de una iniciativa que, parece ser, dura ya veintitrés años y que sigue respondiendo a la inquietud de la gente por conocer más y mejor este tipo de vida. Conocimiento mutuo, aunque asimétrico, entre los monjes y sus huéspedes, por un lado, y cultura religiosa y ambiente espiritual de calidad por otro, son algunos de los atractivos de esta iniciativa que puedo afirmar que no ha sido al único que ha satisfecho. De hecho, se trata de una idea que muchos monasterios deberían estudiar, si bien estas aventuras requieren convicción y ganas de querer compartir tanto lo bueno como algo de lo menos bueno.

Otra cuestión interesante es haber conocido las fraternidades de laicos cistercienses. Personalmente me quedo con dos cosas: la primera es que la vida contemplativa puede ser tan o más compartida que la vida activa o apostólica; y la segunda es que las dificultades para conciliar los distintos tipos de vida dentro de un carisma apadrinado por una orden religiosa son bastante parecidos en todas las familias religiosas. Si se quiere entender cada tipo de vida como el agua y el aceite, sólo puedo decir que visto desde la polaridad, ambos no llegarán a estar totalmente juntos nunca, pero que si se ven desde dos componentes que son buenos para la vida y la nutrición, son totalmente válidos, necesarios y complementarios.

Al volver a casa, uno se lleva en su maleta algunas píldoras de sabiduría contemplativa: el silencio es el espacio de la palabra. Espacio profundo en el que buscar y sobre todo en el que poder encontrarse o, mejor aún, ser encontrado por Dios. Mas por forma de ser y carisma sigo pensando que el silencio no es otra cosa que otra forma de ruido. Las iglesias o capillas cistercienses tienen su fuerza pero yo me desenvuelvo mejor en los vagones del metro, capillas itinerantes en las que distinguir diferentes ruidos es decisivo para poder escuchar las palabras de quienes por más que griten no logran hacer resonar su propia voz. Pero todo esto adquiere mucha mayor riqueza y relevancia sabiendo que en medio de la meseta, intercalados entre los susurros del Moncayo, se escuchan los cantos y rezos de unos monjes que quieren vivir abiertos a todo y a todos. Algo que todos deberíamos conocer y muchos agradecer: son monjes para todos.