lunes, 29 de junio de 2009

Last minute

Vanidad de vanidades. Estamos de paso por este mundo y pese a que lo sabemos siempre tenemos que capear con dos manías: la primera, pensar que eso no me va a tocar a mí (ni a los míos) y la segunda integrar, como seres necesitados de dar sentido a las cosas, las experiencias fuertes de la vida en nuestra cosmovisión y en nuestra forma de vivir la vida. Así pues, no me digas qué piensas de la vida; ¡dime cómo la vives!

Teoría y práctica no siempre se llevan bien, aunque con una buena teoría es más probable que podamos desarrollar una buena práctica. Sin embargo, la teoría expresada en forma de ideas siempre es proclive a mutar en ideología, llevándonos al error de pensar que la vida se acabará adaptando a mi forma de verla y no al revés. Este idealismo -que alcanzó unos de sus momentos más álgidos con Hegel- ya fue denunciado sarcásticamente por Unamuno -en Del sentimiento trágico de la vida- al dibujar muy gráficamente la situación. Para Don Miguel el filósofo alemán a la hora de diseñar un cañón primero realizaba el agujero y luego lo cubría del acero de sus ideas.

Las últimas noticias del mundo del espectáculo nos han dejado dos casos similares pero con sutiles diferencias. Hablo de los casos de la actriz Farrah Facewt y del cantante Michael Jackson. En el primer caso, la actriz tuvo tiempo de decir sí en su lecho de muerte a la propuesta de matrimonio que le realizó su pareja durante muchos años (décadas si no me equivoco). Y aunque al final creo que no ha dado tiempo a cumplir la promesa, sus días han acabado con un gesto positivo y de afirmación de lo bueno de la vida, más allá de los errores, de las hipocresías y de las contradicciones en las que incurrimos. En el caso de Jackson, la muerte le ha sorprendido en uno de los múltiples momentos en que podía haberle sobrevenido ya que su trayectoria parecía haber tomado el rail de la inercia y del dejarse llevar dejando sólo lugar para mostrar algunos ramalazos del impresionante talento que atesoraba.

Siempre he defendido que un gesto, una palabra, una mirada o cualquier otra expresión humana puede justificar toda una existencia. Tras una vida miserable, con múltiples problemas y todas las fatalidades que se pueda uno imaginar, creo firmemente que la condición humana -repito, necesitada de sentido y orientada a la esperanza- es capaz de encontrar el más mínimo atisbo de luz en el más oscuro de los túneles. Y en la vida, que muchas veces se parece al fútbol juego que no negocio, se puede encontrar el sentido “en el último minuto y de penalti injusto”.

Las cosas no son como empiezan sino como acaban. Hayan ido más o menos bien o rematadamente mal, los gestos y los detalles finales tienen mucho que decir en el sentido de nuestras historias. Jesús de Nazaret nos da ejemplo de ello con la Última Cena. Tras mucho predicar, sanar y dar ejemplo, su principal gesto es una muestra de fe, amor y esperanza hacia todo lo que puede contribuir a instaurar definitivamente el Reino de Dios.

La vida es un viaje que se intenta planificar lo mejor posible, que se desarrolla según una serie de avatares y que se justifica por una serie de vivencias que le dan sentido. En los últimos tiempos podemos recurrir con mayor facilidad que antes a las ofertas “last minute”. En ellas podemos encontrar, cuando todo parecía perdido, una posibilidad de hacer un viaje que resulte maravilloso. En un sentido más existencialista y escatológico, este símil puede reflejar lo mismo para el viaje de nuestra vida. Parece ser que la señora Facewt lo supo ver y que el señor Jackson no. Como eso es difícil saberlo con exactitud, encarguemonos de que nuestra existencia sea un viaje lo más dichoso posible. Cada minuto de nuestra vida cuenta. Es más, cada minuto de nuestra vida debería ser vivido como un “last minute”.

martes, 23 de junio de 2009

Enfermera de la Iglesia

Corrigiendo un examen de religión me encuentro que una alumna me dice que en 1970 Pablo VI nombró a Santa Teresa de Jesús “enfermera de la Iglesia”. Tras la risa por la confusión de lo sanitario con lo teológico o de lo equívoco del concepto “doctor”, me sobreviene el enfado y la frustración por la tristeza objetiva de la situación. Todo ello me lleva a preguntarme cómo estamos transmitiendo las ideas, los valores –si es que lo hacemos- y las experiencias fundamentales de nuestra fe y de nuestra vida.

Hace un par de semanas al ir a misa, como siempre el predicador dijo algunas cosas interesantes y otras que no lo eran tanto. Entre las primeras, trataba de hacer un llamamiento para reducir la brecha comunicativa que hay entre las generaciones adultas y las jóvenes en el lenguaje y los lenguajes que utilizamos y utilizan. La Iglesia no sólo no es una excepción a esta circunstancia sino que lo sufre y padece en gran medida, a veces por deméritos propios y otras veces por la propia confusión que todos padecemos al afrontar situaciones novedosas y desafiantes.

Como miembros de la Iglesia, todos podemos hacer mucho más por formarnos y ofrecer nuevas formas de expresión de la fe que nos une y que da sentido a nuestras vidas. Nuevas categorías que den brillo actual a la fuerza que contienen de por sí los conceptos y planteamientos de la riquísima Tradición eclesial, sin olvidar obviamente la Revelación y por extensión el Magisterio.

Sin embargo, nada de esto tendrá posibilidad alguna de éxito si no va acompañado de la fuerza de la gracia (“si el Señor no construye la casa…”, Sal 126) ni de la compasión. Abrirnos a nuevas formas de comunicación es entender que “Dios es nuevo a cada momento” (E. Schillebeeckx) y que hace “nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Pero también supone que sentimos, padecemos y nos solidarizamos con la suerte de todos nuestros hermanos. ¡Necesitamos entenderles y hacernos entender por ellos! ("¡Ay de mí si no predicase el Evangelio!"; 1 Co 9, 16).

Finalmente queda una tercera dimensión que es asumir el riesgo que supone hacer equilibrios sobre la línea que separa el posible éxito de un posible fracaso. Sabemos que no hay peor ciego, sordo o necio que el que no quiere ver, el que no quiere escuchar o el que no quiere saber y por eso asumimos la posibilidad de experimentar la impotencia de ver que nuestros esfuerzos pueden resultar estériles. Nuestra fe corre el riesgo de ser minusvalorada o despreciada por los otros, corre el riesgo de verse debilitada o fatigada y tampoco podemos olvidar que puede verse cuestionada por aquellos a quienes vamos a predicar.

No hay respuestas fáciles ni teóricas a la pregunta que he formulado. Sólo sirve la praxis de lanzarse a predicar el Evangelio y la fe de la Iglesia con el testimonio de vida, la inspiración de la palabra oportuna y la credibilidad que ofrece experimentar la pasión por Dios y por todos los hombres. Con las buenas intenciones no basta, pero todo es más sencillo si reformulamos nuestras acciones y proyectos en virtud de Dios como centro de todo. Eso es lo que hizo Santa Teresa de Jesús quien, con muchos menos recursos que nosotros y seguramente más dificultades, llegó a ser con su ejemplo de vida teologal “Doctora de la Iglesia”. Si con todo, aún nos pegásemos algún golpe vital, seguro que la santa de Ávila puede ofrecernos algún cuidado paliativo místico o algún apósito espiritual. ¡Ora pro nobis, Santa Teresa, “enfermera” de la Iglesia!

miércoles, 17 de junio de 2009

¿Vamos tarde, padre Gafo?

Con pesar no he podido atender una amable invitación para acudir a la presentación de un libro conmemorativo de la vida y obra del P. Gafo, fraile dominico que llegó a ser diputado por Navarra en la II República. Otras prioridades me impedían estar en el Círculo de Bellas Artes y con muchísima suerte tan sólo hubiese podido llegar tarde al acto.

Precisamente esta situación me sirve como metáfora sobre lo que podría ocurrir con figuras como la del padre Gafo. Dado que en la presentación de este libro había un investigador, un político y un hermano de religión del protagonista me serviré de estas tres líneas de reflexión para tratar de explicar mi posición.

La figura del investigador, D. Etelvino González, a quien no tengo el gusto de conocer personalmente pero sí por referencias personales y de sus trabajos, pone sobre la mesa la cuestión de lo que en palabras de X. Zubiri llamaríamos “la voluntad de verdad”. La vida y la voz profética del p. Gafo tienen significatividad porque gozan de la autoridad de quien se eleva por encima de maniqueísmos que dividen a la gente por el triste criterio de ideologías e intereses bastardos. Mi deseo es que la memoria de este buen fraile resista hoy a esta tentación con la misma firmeza con que lo hizo él mismo en vida.

La figura del político es sin duda la más controvertida, ya sea por lo que es como por quién es (y no me refiero al lado superstar que D. José Bono saca a pasear con excesiva frecuencia sino a su condición de presidente de la Cámara Baja). Su figura simboliza en buena medida la representatividad que los diputados –elegidos por y para el pueblo- ostentan en pro de la concordia de España y de la paz y del bien, “categorías morales que –en opinión del señor Bono- están por encima de la derecha y de la izquierda”. Mientras esperamos acontecimientos, mal presagio me parece que todo un presidente del Congreso reconozca abiertamente que un acto como este se celebre “por prudencia en el Círculo de Bellas Artes, aunque por justicia debería haberse celebrado en el Congreso”.

Finalmente, nos queda la vertiente más fraterna: el fraile dominico o el hermano de su hermano. De un hermano –si lo es- se pueden decir dos cosas sin dudar: la primera es que la fraternidad radica en un origen común que nunca puede negarse totalmente y la segunda es que si la fraternidad se orienta a lo que está llamada, nadie podrá estar nunca más cercano y orgulloso de un hermano que su propio hermano. Así pues, si se sabía tanto y tan bueno de Gafo como se dice ahora, ¿por qué no haber escrito más antes de pasados más de 70 años? Si lo que dice este hermano es tan trascendental, ¿por qué no hacer un esfuerzo extra en divulgar su obra y en promocionar a personas que, según la “fidelidad creativa”, hagan lecturas actualizadas de su mensaje? Y si la memoria de un hermano es un honor, ¿por qué no vivir más en consonancia con ese ideal? ¿No se puede? ¿No se quiere? ¿Hay otras prioridades? El evangelio que con tanta compasión predicó el p. Gafo nos habla de dos hermanos que fueron requeridos para una tarea. El primero dijo que sí iría pero luego se distrajo con otras prioridades. El segundo dijo que no, pero un poco “más tarde” acabó yendo. Ojalá que hoy los hermanos de Gafo no sólo digan que sí quieren ir a la tarea, sino que además lo reafirmen poniéndose en marcha (o continuándola si es que ya lo están).
En cualquier caso, lo poco que conozco del p. Gafo hacen de él, a mi juicio, una figura digna de ser más conocida y divulgada. Pero esa divulgación sólo podrá ser fecunda si va acompañada de un profundo sentido de búsqueda de la verdad, del bien común y de la auténtica fraternidad. Juzgar algo o a alguien sin conocerlo no es justificable por muy abundante que sea esta práctica entre los seres humanos. Al contrario, hacerlo es injustificable por lo terrible del hecho en sí y por lo nocivo de sus consecuencias. Le ocurrió al padre Gafo y también le ocurre a la Doctrina Social de la Iglesia, de la que fue gran promotor nuestro personaje, y que, como él, merece ser más dada a conocer por si acaso la verdad, el bien común y la fraternidad pudieran nutrirse de ella.

Mirando a la realidad actual de la filosofía española, de la política española o de la orden dominicana –realidades importantes para el padre Gafo y el sentido de su aportación social y evangélica- podríamos pensar que “vamos tarde”. Pero yo como impuntual compulsivo, sé bien que si malo es llegar tarde, peor es no llegar nunca. ¿Vamos tarde? ¿No vamos ni siquiera? Yo creo que sí que vamos, puede que algo tarde (por no decir que despistados o equivocados), pero memorias como la del p. Gafo nos deben interpelar para que actos como este no queden en un rato agradable, una venta de libros o el acallamiento de unas conciencias que bien saben lo difícil que es estar a la altura de la historia.

jueves, 11 de junio de 2009

El ascensor maleducado


Había una vez una comunidad de vecinos que vivían en distintos bloques del edificio por lo que su principal punto de encuentro eran dos viejos ascensores, situados en el vestíbulo uno a la vuelta de la esquina del otro. Uno de los más ilustres vecinos de la comunidad era un gran maestro espiritual y eminente teólogo. La gente le admiraba por sus escritos y por la elocuencia de sus predicaciones. ¡Sabía tanto aquel hombre!

También vivía en aquella comunidad una pequeña niña, muy inquieta y curiosa. Ella, a pesar de sus pocos años, ya se había dado cuenta de que vivía en un edificio un poco extraño. En primer lugar le llamaba la atención que la división entre los bloques fuera tan marcada y tan estricta. ¡Acaso no eran todos ellos vecinos de la misma comunidad? Otra cosa que le llamaba la atención es que muchos vecinos actuaban de una forma un poco extraña y lo que era más llamativo, ¡también el maestro espiritual lo hacía!

Un día, mientras esperaba al ascensor junto a su madre notó que todo el mundo que iba hacia el otro ascensor situado a la vuelta de la esquina, se volvía de modo disimulado e incomprensible. Así ocurrió muchas veces durante varios días. Así que un día la niña, con cierta picardía, convenció a su madre para que cediesen su puesto en su ascensor y ellas subieran por el ascensor misterioso. De repente, nada más doblar la esquina vio que el maestro espiritual estaba terminando de entrar en el ascensor. Madre e hija se apresuraron y lograron entrar, no sin esfuerzo, en el ascensor. La madre sonrió y saludó educadamente, pero el maestro ni pudo ver su sonrisa ni la de su hija, ni tampoco contestó al saludo porque se había girado dando la espalda a la puerta del ascensor. Tras un incómodo silencio, el ascensor llegó a la planta en la que se bajaban la madre y la niña. La madre volvió a saludar pero de nuevo el silencio reinó en el interior del ascensor hasta que el ruido de su motor destensó la situación.

Mientras avanzaban por el pasillo hasta su vivienda, la niña no pudo aguantar más y le preguntó a su madre por qué nadie había contestado a sus saludos. La madre, con gran misericordia y astucia, le replicó a su hija: “Porque el ascensor es un maleducado”. La niña se quedó maravillada por la respuesta de su madre. ¡Cómo no se le había ocurrido: su madre le había hecho ver que quién era un maleducado no era el maestro sino el ascensor!

Pasados unos días, el maestro espiritual reunió a todos los vecinos para decirles algo importante. Les dirigió un elaborado y sentido sermón sobre el amor a Dios, al prójimo y a los pobres y acto seguido les pidió su colaboración para sacar adelante un proyecto para dar de comer a unos niños. Horrorizado se dio cuenta de que nadie decía nada y de que todos se habían dado la vuelta según acababa el sermón. Sólo quedaba mirándole aquella niña inquieta. Su sonrisa aumentaba aún más la incomodidad del experto teólogo.

- “¿Por qué sonríes, niña?” – le preguntó con cierto malestar.
- “Porque sé que piensas que estos vecinos son unos maleducados, pero no es así” – contestó la niña mientras se acercaba a él y le tomaba la mano.
- “Y entonces, ¿por qué nadie contesta a mis peticiones?” – replicó indignado.
- “Porque Dios es un maleducado” – le espetó la niña y, sin darle tiempo a reaccionar, se marchó corriendo a jugar.

El maestro se quedó asombrado por la respuesta y cuando estaba a punto de llorar, notó que alguien le cogía su mano y en ella depositaba un sobre con dinero para su proyecto solidario. Así, uno tras otro, todos los vecinos hicieron lo mismo y se despidieron de él con mucha simpatía y educación. Antes de que se marchara la última vecina, la madre de la niña, el teólogo le preguntó: “¿Por qué han cambiado ustedes de actitud conmigo?”. Y la madre, sonriendo dulcemente le dijo: “Porque ya nos estaba haciendo daño a nosotros y a usted que no estuviéramos a la altura de las circunstancias, pero lo que no hemos podido soportar es que nuestra falta de humanidad y de autenticidad, escandalizara y confundiera a mi hija y a los más pequeños de la comunidad”.

La madre se marchó y el maestro quedó tan impresionado por aquella lección que no sólo decidió ser mucho más cariñoso y efusivo con sus vecinos desde aquel día, sino que apartó una pequeña parte del dinero recaudado para comprar unas chucherías a los niños de la comunidad. En el fondo, se había dado cuenta de que su teología y su profundidad espiritual no eran nada o no decían nada si no se encarnaba en su vida cotidiana.

Hoy jueves (y el domingo) los católicos celebramos la festividad del Corpus Christi. Proclamamos la presencia real de Cristo en la Eucaristía y enfatizamos la importancia de este sacramento. Recordando lo que hizo Jesús en la Última Cena, renovamos nuestro compromiso de vida basado en el amor a Dios y al prójimo, empezando por los más cercanos y llegando incluso a los que nos odian o son nuestros enemigos. Vivir la fe cristiana en clave eucarística es importante porque nos ayuda a amar a los demás y a dejarnos amar por ellos. Por eso Jesús nos lo recomendó como distintivo que mide la credibilidad de nuestra fe y por el que nos reconocerán como sus discípulos. Vivir eucarísticamente es importante porque nos hace bien a nosotros, a nuestro prójimo y, ¡no lo olvidemos!, a los más pequeños y frágiles de nuestro mundo: los niños y los pobres.

lunes, 8 de junio de 2009

¿Europa? Sí, pero, ¿qué Europa?

Ahora que va disminuyendo el dolor de cabeza después de que los líderes políticos nos hayan explicado cómo todos han ganado estas elecciones europeas (un “aquelarre” con forma de sufragio que pocos o ninguno sabemos muy bien de dónde viene y, menos aún, a dónde nos lleva), me gustaría –esquivando los hachazos y desvaríos propios de los que podrían denominarse “profesionales de lo político”- recurrir a la historia y, sobre todo a la filosofía, para extraer rasgos y pautas que dibujan la situación más terrenal de España y Europa.

Salvador de Madariaga dijo que “el tema de Europa y España es perenne; duerme durante generaciones enteras y despierta de siglo en siglo cada vez, claro está, con el atavio ideológico de la época”. Y por ello ya encontramos aquí el primer rasgo para la reflexión: la relación entre España y Europa es un tema candente pero no puede ser que lo sea sólo porque hay unas elecciones europeas cada cinco años o porque los designios económicos de la Unión Europea nos obligan a ciertas cosas. Con todo, nuestro “atavio ideológico” desde 1986 es participar de la unión económica y por ende de la nobleza europea. Por tanto, si el refrán dice que nobleza obliga, el gran desafío es confiar en que lo único que obligue no sea sólo lo estrictamente económico.

Entrar en la CEE de entonces, en 1986, fue un atavio ideológico porque suponía aceptar unas pautas y unas directrices que fueron propuestas con el sencillo recurso de mostrar las bondades de las subvenciones y de los fondos de cohesión pero que no informaba del mismo modo de las exigencias que eso suponía. Ochenta años antes, en 1906, en medio de la denominada polémica de la europeización, Unamuno se mostraba contrario a ciertas formas de europeización por si acaso eso suponía “pedir para el pueblo español algo que no se sabe si es válido”. Y aquí llega la segunda pauta: ¿hasta qué punto los españoles somos conscientes y tenemos asumido lo que supone formar parte de Europa? ¿es nuestra consciencia europea mayor o menor que la de otros países de la Unión? Los fracasos y dificultades a la hora de sacar adelante la Constitución Europea, el Tratado de Lisboa o el plan Bolonia nos pueden decir algo sobre esto.

En la misma polémica, Unamuno, quien había sido un fuerte defensor y conocedor de lo que Europa podía representar para España, adopta una postura crítica con el fenómeno europeizador y avisa de que se trata de un destello que ciega prometiendo no sólo lo que no es sino, quién sabe, quizá lo que tampoco debería ser. Para Unamuno, la auténtica europeización ha de entenderse como una interacción no exenta de conveniencia. La forma de europeizar España es españolizar Europa. Y esto que suena tan pedante es lo básico de cualquier relación bi o multilateral. Dar recibiendo y recibir dando.

Pese a todo, Ortega y Gasset, que también participaba en aquella polémica, criticó duramente a Unamuno por esta opinión. Sin embargo, el tiempo dio y quitó a ambos algo de sus razones, pero podemos encontrar en el propio filósofo madrileño una clave interpretativa lograda a partir de la evolución de su postura: no es lo mismo coexistencia que convivencia. Ortega llegó a esto a partir de su propuesta de imitar a Europa (“España es el problema y Europa la solución”) pero en cierta medida con el tiempo acabó adoptando parte del planteamiento de Unamuno: lo europeo no implica dejar de ser español ni imitarlo sin ser nosotros mismos.

Desde esta perspectiva, la relación entre España y Europa ha de tener en cuenta aspectos como el conflicto entre lo espiritual y lo material; como la pregunta por la imitación de Europa entendida como lo objetivo o como lo que no puede entenderse de otra forma (teniendo presente lo que eso conlleva para lo subjetivo); como la tentación de poner nuestras fuerzas e inquietudes al servicio de la libertad económica antes que de la política; y, sobre todo, asegurarnos de que lo que nos ha costado llegar a Europa no puede verse frenado por la confusión o por los deseos equivocados de llegar a ser algo que no tiene nada que ver con nosotros.

No he seguido mucho la campaña electoral, pero seguramente no me equivoque si intuyo que estos temas y pautas no se han puesto sobre la mesa o no al menos con la responsabilidad que requieren. Si nuestros políticos no lo han hecho, quienes sí lo hacen de modo lúcido son nuestra historia y nuestra filosofía.

lunes, 1 de junio de 2009

Arte e Iglesia

La relación de la Iglesia con el arte es indisoluble y al mismo tiempo poliédrica. Tiene muchas caras, algunas más positivas y otras con connontaciones negativas. Pero lo cierto es que, a lo largo de la historia, la Iglesia se ha servido del arte como instrumento catequético y doctrinal (con sus abusos incluidos) y el arte de la Iglesia como mecenas y evocadora de temas dignos de la genialidad artística (también con sus limitaciones incluidas).

La Iglesia ha encontrado en el arte una forma de expresión en la debilidad y en la persecución (por ejemplo, las catacumbas) y en la prepotencia y en la hegemonía (por ejemplo, la basílica de San Pedro en Roma y sus funestos medios para ser financiada, tal y como denunció Lutero). No obstante, en ambos casos hay un denominador común: arte e Iglesia (entendida como expresión humana y divina de la fe católica) nos hablan de lo que nos trasciende, de lo que va y se muestra más allá del ser humano y, por tanto, no es, al menos en última instancia, susceptible de nuestra manipulación.

Mi amiga Gloria, gran persona y mujer de sinceridad humilde, me contó en más de una ocasión cómo replicaba a sus compañeros de la facultad, tildándoles de estúpidos cuando se quejaban por el escándalo de la ostentación de las llamadas “riquezas” artísticas de la Iglesia. Lo que la Iglesia posee es un inmenso patrimonio, eso nadie lo discute. Pero lo que tampoco se puede discutir es que ese patrimonio está expuesto para el disfrute de quien quiera acceder a él.

Se da, por tanto, una paradoja: los creyentes que deberíamos sentirnos más incómodos con el excesivo patrimonio eclesiástico -por lo que tiene de anti-testimonio evangélico- lo defendemos acríticamente, y los no creyentes, que tienen en este patrimonio su principal fuente de deleite estético y cultural, lo critican como si fuera su propia fe la que se viera cuestionada por tal incoherencia. Así, nos podemos encontrar con feligreses que, yendo a Roma a celebrar su fe, se distraigan con la experiencia estética de extasiarse con la Capilla Sixtina. Y a su vez nos podemos encontrar con ateos que, yendo a Roma a ver la Capilla Sixtina, se acaben viendo envueltos en un ejercicio espiritual de fundamentar lo que creen y lo que dejan de creer. En mi opinión, lo mejor sería ir a Roma o a cualquier lugar artístico y religioso sin renunciar a ninguna de las dos dimensiones: la artística y la religiosa.

Hay personas anti-religiosas, personas anti-artísticas y personas anti-científicas. Peor aún, hay personas que tienen estas tres “anti-facetas”. Pero la vida humana no es cuestión de ser “anti” o no, sino de ser humano y humanizador. Si no se cumple este requisito, cuando somos “antis” podemos incurrir en una injusticia, bien por dejamos llevar por intereses contrarios al bien común, bien por ignorancia de los daños colaterales que ello puede ocasionar. O incluso por ambas al mismo tiempo.

Un ejemplo de esto lo encontramos en la desamortización de Mendizábal (1836-37). Lo que en principio era una medida para redistribuir la riqueza y las propiedades eclesiásticas –bajo las premisas anticlericalistas- se convirtió en un chanchullo jurídico-económico que, lejos de distribuir esas riquezas se limitó, en muchos casos, a cambiarlos de manos, pasando a ser propiedad de otros grupos de la clase alta de la sociedad.

Recientemente he visitado Madrigal de las Altas Torres, el precioso pueblo abulense en el que nació Isabel La Católica. Allí se encuentra el convento de San Agustín Extramuros, memoria de algunas glorias de la orden agustina como fray Luis de León, motivo de orgullo y preocupación para los habitantes de Madrigal, y ejemplo de lo que pretendo mostrar con esta entrada.




¿A quién beneficia el estado tan lamentable de un bien de interés cultural? ¿A quién beneficia que desaparezcan monasterios, conventos y quienes los moran y, muchas veces con grandes sacrificios, mantienen en pie? ¿A quién le da lo mismo el estado de este patrimonio histórico-artístico y la posibilidad de ponerlo al alcance del disfrute de la gente? ¿A quién se le ocurre anteponer ideologías e intereses creados a la rica realidad que nos brindan estos monumentos y sus circunstancias?

A mí no. A la mayoría de los habitantes de Madrigal, me pareció entender que tampoco. Supongo que cada cual tendrá que dar su respuesta y lo que parece claro es que no vale contestar de cualquier manera. Eso sí, como siempre las respuestas deberían ser, al menos, reflejo de la talla humana de quien las da.

¡Ah, y al volver de Roma, no dejéis de daros una vuelta por Madrigal!