viernes, 31 de diciembre de 2010

Oración para el Año Nuevo

Oh, Dios,
al terminar un año más,
con sus luces y sus sombras,
sus momentos buenos y menos buenos,
pero siempre rodeado de tu presencia y de buena gente
quiero, en esta noche, elevarte mi oración de acción de gracias.

Gracias a los que apostaron su vida por los demás,
porque el amor gratuito y sincero será la medida de su entrega.

Gracias por quienes se casaron este año,
porque su amor nos estimula a ser compañeros de camino

Gracias por los niños y niñas que nacieron,
porque renuevan nuestra ilusión por disfrutar de la vida

Gracias por los niños y niñas que ya llevan tiempo entre nosotros,
porque siguen siendo maestros de alegría para todos.

Gracias a los que han afrontado con coraje el dolor y el sufrimiento,
porque su lucha reivindica que la vida es maravillosa.

Gracias a los que nos han dejado en este último año,
porque su presencia y su herencia iluminan nuestro caminar.


Gracias por los compañeros de trabajo y de fatigas,
Porque su solidaridad demuestra que “no sólo de pan vive el hombre”.

Gracias por quienes rezaron por nosotros,
porque sus oraciones son el eco en Dios de lo que deseamos para ellos.

Gracias a los que nos amaron incondicionalmente,
porque nos quitaron las excusas para no hacer nosotros lo mismo.

Gracias a los que nos miraron con envidia y rencor,
porque nos provocan la necesidad humana de perdonar y ser perdonados.

Gracias a los que hemos defraudado y a los que nos han defraudado,
porque reafirman la confianza en que todos podemos hacerlo un poco mejor.

Gracias a los que perdieron el trabajo o la esperanza,
porque su situación es una invitación irrenunciable a buscar la justicia para todos.

Gracias a los que no encontraron tiempo para verse con quienes les esperaban,
porque de esa forma convierten en más excitante la espera del reencuentro

Gracias a los amigos de verdad y a la gente que siempre está ahí
Porque demuestran que sólo desde el compromiso merece la pena vivir.

Y, sobre todo, gracias a Ti, Dios del cielo y de la Tierra,
porque tu providencia amorosa me permite sentir
que mi oración del próximo año será aún más sentida y agradecida.

Con todo mi afecto para los lectores de predicablogdelagracia y con mis mejores deseos para el 2011 para todo el mundo.
¡Feliz Año Nuevo!

viernes, 24 de diciembre de 2010

Siente la Navidad. ¡Sigue la estrella!

Un año más, la Navidad irrumpe en nuestras vidas. Puede ser que algunos se escuden en decir que no saben de qué va, que no va con ellos, que no la entienden y otras muchas excusas. Cada cual sabrá cómo se posiciona ante la Navidad.

Lo cierto es que en nuestra vida y en nuestro mundo hay muchas señales y no todas nos orientan hacia el modo de vida que queremos llevar ni al destino que queremos para nuestra existencia.

Desde predicablogdelagracia, quiero trasmitir mis mejores deseos para todos. Y en esa felicitación va mi esperanza de que cada cual encuentre la estrella que le guíe hacia la felicidad. Para mí esa estrella es la que lleva a Belén, la que lleva al Niño Dios, la que lleva a Jesucristo, el Dios hecho hombre que es Camino, Verdad y Vida.

El vídeo de esta Navidad trata sobre esa estrella. Si quieres y tienes tiempo, aquí lo adjunto. Sea así o no, lo importante de este mensaje es mi felicitación y lo que ella conlleva.

¡Feliz Navidad a todos!

video

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Una esperanza auténtica

Tras hablar sobre las oportunidades, no debería resultar chocante que una de las ironías del Adviento, obviamente visto desde el punto de vista cristiano, es que nos centramos en desear y esperar cosas que son prescindibles, accesorias o, simplemente innecesarias.

Un ejemplo tópico de esto es la lotería, esperanza materialista de muchas emergencias mundanas. Sin embargo, es posible que si pensamos bien qué supone poner las principales esperanzas en un golpe de suerte lotero, nos ocurra como a aquel joven que al comentar a una anciana la cantidad de dinero invertida en billetes de lotería, ésta con cierta sorna y sabiduría le replicó: “¿Para qué buscas más suerte de la que ya disfrutas?”.

Y entonces, ¿en qué consiste la esperanza auténtica del Adviento? Principalmente en confiar en que Dios irrumpe para bien en la vida de los hombres. La esperanza cristiana es indisociable de la fe y del amor. Por eso la confianza significa “fiarse con”. No se trata sólo en creer sino que es una invitación a creer junto a los demás y, en especial, a creer en esas personas que Dios pone en nuestras vidas para procurarnos nuestra felicidad. ¿Hay acaso una lotería más generosa en premios?

En estos días de Navidad, cientos y cientos de personas hacen cola ante las puertas de las administraciones de lotería, hasta llegar a dar la sensación de que es “casi” seguro que en ellas se vende el billete ganador. Desde una perspectiva más espiritual, los cristianos deberíamos vivir la confianza en Dios con la certeza de que su generosidad va a acabar, tarde o temprano, redundando a favor de nuestra felicidad. Con una confianza tal, puede entenderse otra receta del Adviento cuando nos exhorta para vivir desde la paciencia y siendo capaces de mantenerse firmes y sin queja, ya que la felicidad cristiana no es sólo una meta, sino que también incluye el proceso en el que se anhela y se trabaja por conquistarla.

¿Nos atreveremos a buscar la auténtica esperanza esta Navidad? Al igual que Juan el Bautista se preguntaba si Jesús era el Mesías que tenía que venir o si debían esperar a otro, también nosotros debemos preguntarnos si nuestra lotería personal, nuestra alegría y nuestra esperanza son las loterías, las alegrías y las esperanzas que ya tenemos o tenemos que esperar a otras.

domingo, 19 de diciembre de 2010

El Adviento como oportunidad

La eliminación del equipo de fútbol de mis amores en las competiciones europeas me ha dejado un mal sabor de boca. No se trata de algo serio en su ontología, pues cualquiera que ame el fútbol sabe que se trata de algo lo suficientemente importante como para no tomárselo demasiado en serio.

Se trata de un disgusto pasional que escuece porque en el fondo de este fracaso futbolístico se esconde la cruda realidad de una oportunidad perdida. Al ser preguntados por la valoración que hacían de este contratiempo, los futbolistas de mi equipo se escudaban en la excusa de un error puntual que les habría abocado a tan decepcionante situación. ¡Me temo que en la mayoría de los casos –y este es uno de ellos- las cosas no son así!

El desaprovechamiento de una oportunidad suele provocarnos desasosiego porque se corresponde con un proceso previo cargado de decisiones y la asunción u omisión de responsabilidades que nos colocan en mejor o peor disposición de aprovechar la susodicha oportunidad. Pero nos produce mayor desasosiego, si cabe, porque nos frustra ante la posibilidad de proyectarnos hacia una posición mejor o más deseable que la actual. De esta forma lo oportuno demanda de nosotros responsabilidad, equilibrio y ciertas dosis de sabiduría que asesoren a la libertad en el duro lance de optar por la opción correcta y evitar tener que enfrentar consecuencias indeseables derivadas del error y la inconsciencia.

En este sentido, el Adviento no deja de ser sino un tiempo de preparación y concienciación para poder afrontar la Navidad como lo que realmente es, una maravillosa oportunidad de dejar nacer lo esencial en la vida de todo ser humano abierto a lo sublime de la trascendencia, es decir, la presencia amorosa y vivificante de Dios.

Desde esta perspectiva, el Adviento es mucho más que un tiempo litúrgico para pasar a resplandecer como un tiempo propicio –el kairós- para afrontar de la mejor manera posible lo que es una oportunidad irrenunciable de aspirar a ser personas plenas y realizadas en todas su dimensiones.

Con el Adviento se nos ofrece, en definitiva, la oportunidad de reducir al mínimo la posibilidad de tener que lamentarnos de una ocasión desaprovechada, de tener que dar por fracasado algún proyecto o aspecto de nuestro proyecto de vida, o simplemente de sentirnos desdichados. Dicho en positivo, aprovechar el Adviento aumenta nuestras posibilidades de poder contemplar lo que el profeta Isaías denominaba, en el pasado tercer domingo de Adviento, como “la belleza de Dios” (Is 35), que nos infunde fuerza en la tribulación de la oportunidad y nos acoge de modo tan compasivo y personal en nuestra entrega, hasta poder resarcirnos, de nuestra fatiga física y espiritual, y salvarnos.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Sobre el dogma de la Inmaculada Concepción


El 8 de diciembre se celebra la fiesta de la Inmaculada Concepción. Se trata de un dogma reciente y bastante desconocido sobre el que se han escrito muchas cosas. Recientemente X. Pikaza ha publicado un texto bastante ilustrativo a este respecto de modo que recomiendo su lectura.

Sin embargo, este dogma de la Inmaculada Concepción sirve para sacar a relucir una serie de aspectos acerca de la comprensión de los dogmas en general. Para ello entenderemos por ‘dogma’ aquella verdad definida de modo tradicional y comunitario y siendo considerada como incuestionable por el colectivo o grupo que la define. En el caso del catolicismo, obviamente, este colectivo es la Iglesia Católica. Una vez aclarada esta cuestión, veamos ahora los aspectos indicados:

1) En cuanto “verdad definida”, quien expone dicha afirmación trata de expresar una descripción lo más precisa y adecuada posible a la realidad que trata de comprender o de hacer comprender. En este sentido hay dos cuestiones relevantes: a) la de la verdad de la afirmación; y, b) la de la certeza de que dicha afirmación sea efectivamente verdadera. En otras palabras quien define un dogma debe encontrarse frente a una cuestión suficientemente trascendente ante la cual ofrece una definición igual de trascendente. Mirando las veces en que la Iglesia ha recurrido a la formulación de dogmas a lo largo de su historia, se puede constatar que pocas son las cuestiones extraordinarias que requieren definiciones extraordinarias.

2) En línea con lo anterior, hemos señalado que el dogma se define de modo tradicional y comunitario. Es decir, un dogma auténtico no surge por capricho ni mucho menos se improvisa. Para que surja el dogma deben existir al menos una experiencia previa y práctica de la realidad que se trata de definir, una serie de preguntas o problemas que lo determinan y contextualizan, y, por último, un consenso a la hora de perfilar las líneas fundamentales de su comprensión. Todo ello, unido a un periodo de tiempo prudencial, posibilita la generación de un dogma auténtico, esto es, válido y aceptable por la comunidad. En el caso de la Inmaculada Concepción la necesidad de definir la condición extraordinaria de María y de su modo de acoger la voluntad de Dios puso el problema sobre la mesa. Tras años, más bien siglos, de controversia teológica (incluyendo serias objeciones de grandes teólogos), la cuestión estuvo suficientemente –aunque quizás no totalmente- madura para ser definida como tal en 1854 por el papa Pío IX.

3) Un tercer aspecto del dogma es su condición de incuestionable. En cuanto verdad fundamental o básica, un dogma aspira a permanecer vigente y válido conforme al paso del tiempo. Sin embargo, esta pretensión no debe llevarnos a una comprensión granítica ni petrificada del dogma. Como tal el dogma delimita el terreno de discusión teológica sobre el aspecto que toca, pero ni mucho menos determina ni todos ni cada uno de sus detalles ni matices, ni siquiera determina la posibilidad de ser cuestionado o enriquecido por virtud de la crítica. Por ello no debe excluirse en ningún momento la oportunidad de exponer al mismo dogma al criterio de la crítica que permita determinar su auténtica validez de modo que impida que el engaño (o, peor aún, el autoengaño) pueda ser posible.

4) Por último, el dogma se enfrenta al problema de cualquier expresión de una verdad: su aceptación y su rechazo. Sobre este aspecto hay que hacer dos aclaraciones básicas. en primer lugar, el dogma como tal tiene una pretensión de validez concreta que no debe ser ni mayor ni menor de la que pretenda abarcar. Por tanto, tan osado es despreciar sus indicaciones en el campo de la materia que define, como extralimitarse y aplicarlas a otras dimensiones que no le competen. La segunda aclaración es aún más básica: todos sabemos que no hay peor sordo que quien no quiere escuchar y que la ignorancia es, con frecuencia, muy osada. De ahí que quien no se vea o se sienta afectado por la materia que define el dogma puede optar entre ignorarlo o criticarlo, pero no banalizarlo o desecharlo en virtud de un prejuicio infundado. En el caso de la Inmaculada Concepción ambos excesos han rodeado a su expresión dogmática. Basta con profundizar un poco en las creencias (que no conocimientos) de la gente, creyentes o no, sobre este dogma para comprobar que se confunde concepción con virginidad o que en ocasiones se le intenta proyectar contra otros dogmas más decisivos, como los genuinamente cristológicos, llegando incluso al extremo de caer en excesos pseudo-teológicos como la comprensión de María como Co-Redentora.

Conclusión: en esta fiesta de la Inmaculada Concepción, junto al propio fundamento de la fiesta de hoy, puede ser edificante tanto en el terreno personal como en el eclesial, retomar la cuestión de cómo se construyen, consolidan y proyectan hacia el futuro los cimientos de nuestra fe. Entre ellos están los dogmas, expresiones acertadas de una tradición y una vida eclesial que nos pueden servir como guías para hacer nuestra propia peregrinación hacia Dios de manera más adecuada. ¡Feliz día de la Inmaculada Concepción!

domingo, 5 de diciembre de 2010

Jesús de Nazaret y Star Wars

La llegada del Adviento nos ofrece, de nuevo, la oportunidad de profundizar en la íntima conexión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, preferentemente de la mano de los profetas. Para los cristianos esta relación es más cercana e inmediata gracias a la figura de Jesús de Nazaret, quien no viene a nuestra vida para abolir la ley sino para reinterpretarla en la clave del amor y llevarla así a su pleno cumplimiento.

Y es que aunque muchos creyentes expresan, desde su ignorancia teológica, su distanciamiento e incomprensión hacia el Dios que se revela en el Antiguo Testamento, lo cierto es que conocerlo y entenderlo desde la revelación de Jesucristo recogida en el Nuevo Testamento no sólo nos permite hacerlo mejor sino que además retroalimenta y perfecciona nuestro acercamiento al propio Jesús de Nazaret.

Cuando explico en clase de religión la importancia de leer de modo adecuado tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, suelo apoyarme en un ejemplo gráfico que me ofrece la historia de La guerra de las galaxias, conocida como Star Wars. Cuando la primera de las películas de la saga se estrenó a finales de los años setenta, poca gente conocía que no se trataba del comienzo de la historia sino de un capítulo intermedio que con el tiempo se quedó como el cuarto episodio. Con aquellas tres películas iniciales, mucha gente se apasionó con la historia que narraba y sus personajes. Sin embargo, cuando las nuevas películas –los tres primeros episodios- se estrenaron no sólo cautivaron en similar medida a los espectadores, sino que aportaron una clave extra de comprensión del resto de capítulos más conocidos desde hacía años. ¡Pues bien, igual ocurre con la historia sagrada narrada en la Biblia y con la revelación de Dios que en ella se nos muestra!

Curiosamente, algunas de las lecturas del primer domingo de Adviento, reflejan otra similitud con el imaginario propio de la saga cinematográfica Star Wars. Me refiero al hecho de optar entre estar en el lado luminoso o el lado oscuro de la fuerza. Por ejemplo, San Pablo en la carta a los Romanos nos exhorta a que “como la noche está avanzada y el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y nos pretrechemos con las armas de la luz” (Rom 13, 12). Antes, la primera lectura del profeta Isaías (Is 2, 1-5) nos animó a caminar como Iglesia (como Casa de Jacob) a la luz del Señor en medio de la senda de la auténtica justicia que conduce a la auténtica paz, no lograda por espadas (ni metálicas ni láser) ni por lanzas, sino por arados y podaderas que siembran y recogen lo que han trabajado.

Esta es la dinámica que marca un tiempo de preparación tan específico como es el Adviento. Quien asume con disciplina y profunda espiritualidad dicha preparación estará listo para aguardar en vela y no dejarse sorprender acerca de la hora en la que llegará el Hijo del Hombre.

Con esta dinámica espiritual estoy seguro de que se avecina para todos un Feliz Adviento, de modo que cuando llegue la Navidad, al nacer el Niño Dios en nosotros, podamos qué significa que "la Fuerza -su Fuerza- nos acompañe siempre".

lunes, 22 de noviembre de 2010

El pudor en los tiempos del cólera

La dura imagen de una mujer haitiana moribunda (víctima de una epidemia de cólera) sobre el pavimento de una calle de Puerto Príncipe choca de modo punzante sobre mi adormilada conciencia de ciudadano que, una vez más, comete el error de catalogar a sus problemas como serios, olvidándose de las realidades del mundo que sí son verdderamente serias.


Pocos meses después del terrible terremoto en Haití, lo cierto es que este país americano ha vuelto a las mazmorras del olvido por parte del primer mundo para volver a aparecer sólo bajo la condición de mostrar otra calamidad mayor que la anterior y que pueda ser considerada como morbosamente noticiable.

La muerte y la miseria vuelven a campar a sus anchas por Haití y esta vez no vamos a poder encontrar una excusa o una solución provisional tan facilona como las de meses atrás. Prueba de ello son las palabras de una comisaria europea que reconoce que la solución de la epidemia de cólera no depende tanto de una ayuda económica como de la capacidad de articular de modo eficaz lo que solemos denominar “voluntad política”.

La corrupción, la incompetencia y el desinterés por lo humanista ponen en entredicho la sensibilidad de las entrañas humanas de quienes de modo más directo tienen entre sus ocupaciones profesionales o más específicas la gestión de recursos humanitarios y de ayuda a personas que merecen lo mínimo a lo que puede aspirar lo que queda de dignidad humana: esperanza y unos gramos de la más elemental humanidad.

En algún momento podemos llegar a caer en la desesperación de creer que nuestro mundo no tiene solución y que algunas cosas nunca cambiarán. Quizás sería mejor preguntarnos si cambiará el índice de nuestro pudor ante los problemas del mundo. Mientras tanto los problemas principales de “nuestra” sociedad son de índole económica como, por ejemplo, mantener o recuperar el trabajo y nuestra estabilidad o la de nuestro bienestar y mirar de reojo a las finanzas de Irlanda.

Y ante la pregunta de quién salvará a este mundo, me temo que el dios dinero (o cualquiera de sus cegadoras manifestaciones) no será el que lo consiga por mucho que le sigamos idolatrando. Es cierto que consigue cosas tan curiosas como que los irlandeses deseen con todas sus fuerzas poder ser rescatados financieramente por sus ancestrales enemigos británicos, pero aún así, algo nos dice que este dios es falso y que tras su siniestro brillo no se esconde la auténtica salvación.

Me acuerdo entonces de esa escena entre Jesús y el joven rico. Cuando éste se vio incordiado por la agudeza espiritual del Maestro de quien esperaba un tranquilizante para su conciencia, inmediatamente reaccionó de modo pudoroso y se marchó triste porque era muy rico. Y aunque sé que esto no soluciona mucho, aunque tampoco es radicalmente estéril, hoy en mi oración por las personas que sufren, ya sea en mi entorno en pequeña escala, ya sea en situaciones más dramáticas como las de Haití, no quisiera dejar de experimentar al menos un ligero pudor por el contraste existente entre lo que quisiera que fuera el mundo y lo que me cuesta cambiar para comprometerme con ello. Es el pudor en los tiempos del cólera.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Providencia.un donuts y una chocolatina

La clave de la vida cristiana es adquirir una profunda experiencia de Dios. No es posible vivir este estilo de vida sin actuar desde la convicción de que el Dios de Jesús de Nazaret es el centro de tu vida. Este es el sentido de la Providencia: Dios nos acompaña y nos cuida en todo momento porque sabe perfectamente lo que necesitamos, como una persona que ama radicalmente a otra sabe en cada momento lo que su amado puede demandar de ella.

Tengo la suerte de trabajar en el colegio Nuestra Señora de la Providencia. Esta suerte es doble. Por un lado, el nombre del centro me permite recordar con frecuencia la significatividad de esta dimensión teologal. Por otra parte, mis compañeros de trabajo y especialmente los alumnos del centro se me presentan en muchas ocasiones como mediaciones de la presencia de Dios providente en mi vida.

En estos días de celebración de la fiesta de Nuestra Señora de la Providencia, los alumnos esperan con ilusión la recepción de un pequeño detalle de cariño y fraternidad: a la hora del recreo se reparte a cada uno de ellos un donuts y una chocolatina. En ese momento la alegría puede más que las ansias, que no escasean.

Vivir la vida desde la Providencia supone entregar a Dios el corazón, confiando en Él hasta tal punto que sabemos dar a las cosas su justa importancia, logrando que lo espiritual trascienda lo material y nos muestre el camino que nos permite descubrir cada momento de la vida y cada persona que encontramos en ella como una oportunidad de realización, de crecimiento humano y espiritual, y de esperanza cristiana orientada hacia un futuro escatológico.

Y todo ello desde la ilusión y la alegría (quizás también la inocencia) de quienes se saben en buenas manos. Al igual que los niños y niñas de mi colegio son capaces de ver en un simple donuts o en una dulce chocolatina la presencia amorosa de alguien a quien le importamos mucho, también nosotros podremos ver en la Providencia la mano de Dios que sólo espera de nosotros que seamos felices.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Mártires en Irak

Las últimas noticias sobre la situación en Irak, en línea con las de los últimos años, son aterradoras. A la inseguridad y a la inestabilidad que se han apoderado del país se unen ahora una serie de atentados indiscriminados que superan la perversión de la violencia por la propia violencia.

Alguien ha decidido que el factor religioso sea aún más manipulado y utilizado como foco de tensión y arma arrojadiza, al considerar que el mismo “justificaría” el recurso a tan cruel violencia para lograr un fin –una presunta defensa de no sé cuál identidad o pureza islámica- que no tienen ni pies ni cabeza pues esta espiral de violencia se ha cebado incluso con algunas comunidad chií del país.

Pero entre las víctimas también se encuentra la comunidad de católicos caldeos que testimonia en aquellas tierras la presencia de Jesucristo resucitado. Este testimonio se ha visto probado por la dureza de la incomprensión, la persecución y ahora la entrega de la propia sangre por el simple hecho de ser seguidor de Jesús de Nazaret en -¡¡no se olvide!!- la tierra de dónde partió Abrahán para cumplir la misión que Dios le encomendó y alcanzar así la tierra prometida.

Desde que hace años (7 u 8), George Bush Jr. ordenara iniciar los bombardeos y la misión militar en Irak, los efectos no sólo no han sido los esperados sino que han superado con creces sus consecuencias negativas y contrarias al ideal que entonces se decía defender. La misma población cristiana en Irak se ha visto diezmada de modo masivo (se habla de miles de bajas entre muertos y exiliados) y se espera que esta tendencia crezca si el imperio de la ley propiciado por un Estado serio y estable garantice las libertades fundamentales.

Lo cierto es que entre los iniciadores del conflicto bélico y los terroristas que siguen sangrando a la población iraquí de forma inmisericorde, la situación no puede ser más sonrojante y vergonzosa para quienes nos sentimos amigos y creyentes de los Derechos Humanos.

Hace años, en el seno de aquellas grandes manifestaciones para intentar parar la guerra, una pancarta esgrimida por la Familia Dominicana lanzó una proclama repleta de fraternidad: “Nosotros tenemos familia en Irak”. Con el tiempo, aquella fraternidad efervescente se ha visto reducida a otro tipo de acciones menos vistosas y no sé si también menos fecundas.

Lo triste no es ya que cuando preguntemos por nuestra familia en Irak pueda ser muy tarde para muchos de ellos. Lo peor es que en nuestros corazones a veces anida la desesperanza de que aquella no es nuestra guerra porque no somos capaces de idear o proponer una batalla que permita relanzar la voz de la Justicia y de la Paz por encima de la de la hipocresía y los intereses creados.

Mientras tanto, quizás sólo nos queda el consuelo de que la sangre de estos mártires riega no sólo nuestra fe sino la esperanza de que algún día Irak sea por fin un país mejor.

jueves, 28 de octubre de 2010

Wikileaks da la razón a Francisco de Vitoria

La publicación de una serie de documentos clasificados sobre la guerra de Irak ha puesto de manifiesto la crudeza de una realidad tan dura como es un conflicto bélico. A la propia dinámica más externa de toda guerra puede ir asociada otra más oculta que resulta inaceptable desde cualquier punto de vista humanista y moral.

Esta simple afirmación no requiere de una gran dosis de sentido común o de sabiduría, sino que demanda que sea el sentido común y la sabiduría quien rija los designios de las principales actividades que afectan en cierta magnitud a los seres humanos. Nos guste o no, la guerra es una de ellas y por tanto incluso para una actividad tan destructiva e indeseable se requiere un mínimo de formación y de cultura que permita un saber hacer en planos tan importantes como el legal, el político o el moral.

En el siglo XVI, un fraile dominico, fray Francisco de Vitoria, haciendo gala de cierto sentido común y de una extraordinaria sabiduría escribió una interesantísima obra titulada Sobre la guerra. En ella aplicaba, en buena medida, la mayoría de los principios e ideas que habían abundado en su obra jurídico-teológica y que, en el tema que nos ocupa, puede resumirse en la siguiente sentencia: El hombre no es un lobo para el hombre, sino hombre.

Leyendo a Vitoria podemos entender que en todo en la vida, incluso para actuar como un lobo con los demás hombres, hay que procurar actuar con sabiduría, tratando de saber lo que se tiene entre manos. A raíz de las reflexiones de este dominico humanista se pudo distinguir entre el ius ad bellum -que analiza los posibles criterios que harían justificable el recurso a la guerra para solucionar un conflicto- y el ius in bello -que expone las normas básicas de la guerra-.

Lo que nos cuentan los documentos publicados en Wikileaks afecta más bien a esto segundo y a lo que su desarrollo histórico tradujo en forma de Convención de Ginebra. Entre esas normas en la guerra, destacan que no se cause destrucción innecesaria y que se respete el principio de inmunidad de los no combatientes.

En el fondo lo que está en juego es el fundamento humanista de los valores occidentales que han propiciado lo que hoy entendemos por Derechos Humanos. Ante quienes consideran que estos hechos deberían haberse camuflado porque suponen un balón de oxígenos para terroristas y extremistas, habría que oponer la invitación a hacer una autocrítica occidental que nos ayude a recordar por qué creemos en dichos valores.

Mientras eso ocurre o no, lo que está claro es que este caso de los sucesos desvelados por una filtración documental no dejan de dar la razón a Francisco de Vitoria. Y es que con su reflexión, propuesta hace casi cinco siglos, el dominico no cayó en un idealismo ingenuo sino que proclamaba la primacía de la sociabilidad humana frente al miedo cainista y el autoritarismo de las leyes absolutistas y totalitarias. Vitoria sabía perfectamente que donde hay amor no se precisan leyes, pero que a veces se precisas normas legales debido a la ausencia de amor. Dejar este tipo de situaciones al azar o al arbitrio del más fuerte, es tan absurdo e irracional como delegar el arte de la guerra a gente que no sólo no sabe de qué va la cosa, sino que ni siquiera es capaz de atisbar de lejos en donde radica la esencia de la dignidad humana.

domingo, 17 de octubre de 2010

Los "ismos" y sus perversiones

Cualquier persona que tenga un poco de experiencia de la vida puede saber que algunos excesos son, como la propia palabra indica, inadecuados y desproporcionados. El sufijo “ismo” expresa tras su opacidad morfológica, una profunda ambigüedad que oscila desde la pertenencia o simpatía a una doctrina, una teoría, un sistema o un movimiento hasta la apropiación de la visión radicalizada de los mismos.

Por ejemplo (tomado de la Nueva gramática española de la lengua, p. 443), "no es posible deducir el significado de creacionismo, integrismo, racismo o urbanismo a partir del de creación, íntegro, raza y urbano, respectivamente, si bien se percibe en todos los casos cierta relación semántica entre la base y el derivado".

Así, es posible creer en la creación y no estar de acuerdo con el creacionismo, de igual modo que es posible simpatizar con las tesis de la teoría de la evolución sin incurrir en los vericuetos del evolucionismo.

Todo esto viene, entre otras muchas razones, por el desempolvamiento del manual o diccionario ideológico por parte de políticos, líderes sindicales, tertuliamos, blogueros y otros miembros del ecosistema de la actualidad mediática española en el que aparecen términos que en el fondo y en la forma se prestan a la confusión entre quien tuvo la idea, la interpretación de esas ideas y la repercusión que el paso del tiempo ha tenido sobre esas ideas.

Para explicarme recurriré al ejemplo de Karl Marx, el marxismo y la vigencia o pérdida de actualidad de ambos al final de la primera década del siglo XXI. Una cosa es lo que pensó y escribió Marx en el siglo XIX; otra cosa es lo que muchas personas interpretaron sobre Marx y sus ideas en su mismo siglo y en los siglos siguientes; y, finalmente, nos queda lo que pueda ser aprovechable o detestable de lo que pensó Marx y sus epígonos aplicándolo a la realidad de hoy en día.

Una cosa es denunciar los efectos perversos del neoliberalismo imperante que nos está asfixiando según nos vamos estrangulando a nosotros mismos, y otra muy distinta es intentar explicar el mundo de hoy con claves, conceptos y parámetros de otros siglos o de hace décadas. Observando a los agentes mediáticos y analizando sus reacciones y análisis en los aledaños y aconteceres de la huelga general del pasado septiembre, me da la sensación de que algo de lo que ocurre no es sólo que esto no esté claro sino que a veces se transmite la sensación de que no hay ni el menor interés en que esto quede claro. Y aquí empieza la responsabilidad de quien como ciudadano (o en la condición que sea) no debe dejarse embaucar por esta perversión que empieza en lo semántico, continúa en lo ideológico y termina pasando factura en lo práctico (curiosamente algo de Marx hay en esto).

lunes, 4 de octubre de 2010

El papa, la mafia y las reprobaciones

Ya escribí hace unos meses sobre el tratamiento injusto y demagogo que sufrió Benedicto XVI acerca de algunas de sus afirmaciones sobre el uso del preservativo en África. En ese momento, en España y algún que otro país, algunos diputados no dejaron pasar la oportunidad para ganar un poco de notoriedad y calentar el ambiente socio-político proponiendo a sus parlamentos la reprobación de dichas declaraciones. Pasada la fuerza del momento mediático, la cosa volvió a los fueros de lo razonable y se sobreseyó empujada por el mero paso del tiempo y la existencia de otros fangos políticos más apetecibles.

Dice el refrán popular que “se pilla antes al mentiroso que al cojo” y en esa misma línea es bastante probable que no podamos coincidir ni con el cobarde en el momento de riesgo y peligro, ni con el oportunista en el momento del compromiso.

Digo esto porque ayer en Palermo (Italia), el papa hizo un valiente llamamiento a todos los sicilianos, pero especialmente a los más jóvenes, para que no se dejaran arrastrar por las seducciones y las garras de la mafia. Se trata de un mensaje tan fácil de decir como difícil de asumir, tanto por el propio pontífice como por los destinatarios del mensaje.

Denunciar y eludir la fuerza de la corrupción son dos acciones tan fáciles de pensarlas y enunciarlas como difícil comprometerse con ellas como su propia naturaleza exige. Requieren convencimiento, fuerza de voluntad, grandeza de espíritu y, muy importante, la aprobación y el apoyo de la gente del entorno más cercano y también de algunos más lejanos.

Si en el caso del preservativo y el sida, algunos pusieron la voz en el cielo para reprobar al papa, ¿podremos esperar de ellos o de otra gente que ponga su voz al servicio de aprobar su denuncia y comprometerse a combatir en cuerpo y alma la corrupción en general y la mafiosa en particular?

Pronto, hallaremos la respuesta que, salvo sorpresa, podemos imaginarnos.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Con Vera, siempre a la verita tuya

En una clase de religión les pedía a mis alumnos que me nombrasen capítulos positivos en la Historia de la Iglesia. Con dificultad, han podido superar los topicazos negativos y han sacado a la luz algunos nombres que nos hacen sentir orgullosos a quienes formamos parte de la Iglesia. Quizás podría haberles ayudado un poco añadiendo a la lista de nombres el de un obispo mexicano, dominico para más señas, llamado Raúl Vera.

Este fraile predicador es conocido por su valiosa labor como obispo auxiliar de D. Samuel Ruiz en la difícil y controvertida diócesis de San Cristóbal de las Casas, en la que brotó con estridencia el movimiento indígena denominado zapatista y liderado por el subcomandante Marcos. Junto a la mediática contribución de D. Samuel, en un discreto segundo plano se desplegaba el compromiso de fray Raúl Vera, siempre en la línea de la defensa de los Derechos Humanos y de los más desfavorecidos.

Tras la jubilación de Samuel Ruiz, desde Roma le llegó a Vera la asignación como obispo titular a la diócesis de Saltillo, en una maniobra que algunos interpretaron como un alejamiento forzoso del entorno indígena por el que tanto luchó. Fuera así o no –cosa que yo desconozco y no puedo ni confirmar ni desmentir-, su nuevo destino volvió a plantear a D. Raúl un nuevo desafío humanista al levantar su voz para hacer oír la denuncia de los asesinatos y violaciones de mujeres, la corrupción, y hacer valer los derechos de los indígenas y otros sectores sociales.

Por cosas como esta, Raúl Vera ha recibido este pasado 23 de septiembre el premio de la fundación Rafto (Bergen, Noruega) por su labor a favor de los derechos humanos y de la justicia social. Los elogios que le dedica el fallo del jurado son sencillamente estremecedores y emocionantes, logrando levantar el ánimo a quienes a veces caemos en el pesimismo de pensar que algunas injusticias de nuestro mundo nunca desaparecerán.

En la copla española tenemos una canción famosa, popularizada por Lola Flores, titulada “A tu vera” que dice lo siguiente:


Con Raúl Vera, mucha gente en el mundo y especialmente en México puede estar segura de que hay personas luchando por ellos y junto a ellos. Gente que como fray Raúl lucha a su vera, siempre a la verita suya, hasta que de amor se muera.

lunes, 20 de septiembre de 2010

¡Es lo teándrico, idiota!

Lo digo con frecuencia, pero no me canso de repetirlo, porque me parece fundamental para entender las críticas a la Iglesia –ya sean injustas o no-. A la hora de juzgar a la Iglesia, mucha gente se olvida de su condición teándrica, es decir, su doble condición divina y humana. Si la Iglesia tiene algún sentido en la historia y en la sociedad es por esta misma doble condición divina y humana. Esta es la gran aportación del cristianismo (la vivencia y el anuncio del Dios que se hace hombre para nuestra salvación) y la Iglesia sólo tendrá sentido si es capaz de vivir, expresar y predicar esa dimensión religiosa peculiar del cristianismo. Tan importante es, que sólo desde ella puede encarnar fecundamente la presencia de Jesucristo -Dios y hombre al mismo tiempo- en medio de los seres humanos y en la historia.

Desde sus orígenes, incluso alentada por las propias palabras y los gestos de Jesús, especialmente con los apóstoles, la Iglesia ha sido consciente de la importancia de no incurrir en purismos morales. Las denominaciones teológicas aplicadas por los cristianos a la Iglesia ponen claramente de manifiesto esto. En el siglo I, la Iglesia ya es nombrada por los propios cristianos como “casta meretrix”: la santa prostituta. Es decir, se trata de una comunidad o una institución que, por una parte, atiende a la misión de anunciar la Buena Noticia de Jesús (garantizada por la presencia silenciosa de Dios Padre, animada por el Espíritu Santo) pero que en muchas ocasiones se deja llevar por intereses alejados o incluso opuestos al Evangelio.

Y esa Iglesia es así o responde a esa dimensión teándrica porque está constituida por hombres y mujeres que comparten esa dimensión. Al igual que en el cristiano existe y predomina la intención de vivir y anunciar los valores del Evangelio, en otras muchas ocasiones, se impone en su persona y en sus acciones el impulso egoísta de lograr su propio interés recurriendo a medios que no son dignos ni de su condición de persona ni de cristiano. Alejado de las demás personas, su situación se remite a un aislamiento moral que no sólo no le permite interactuar con los demás como sería deseable sino que le sumerge en una incomodidad existencial propia. Se puede decir que ese cristiano ha quedado “idiotizado”.

La etimología de la palabra “idiota” nos aclara que procede de “idiotés”, derivada de la raíz “idios” referida al ámbito de lo personal, lo privado, lo particular. En su acepción más originaria, el idiota es quien se preocupa sólo de sí mismo, de lo suyo, ausentándose de lo interpersonal, lo colectivo y lo común.

Mas no sólo el cristiano corre el riesgo de quedar idiotizado cuando no responde a lo que el ideal evangélico le demanda. También los críticos de la Iglesia, aunque a veces no estén faltos de razones, pueden incurrir en este error, pues su crítica, carente de espíritu constructivo, se preocupa sólo de autojustificar su posición ante la Iglesia, olvidándose de lo interpersonal, lo colectivo y lo común. Desde estas dimensiones el crítico de la Iglesia deberá tratar de entender qué razones de peso tienen quienes integran la comunidad eclesial para orientar sus vidas a partir de ella, y tampoco hará mal en valorar de manera ponderada lo que la Iglesia como colectivo y como agente en común con la sociedad hace bien (que no es poco, reconózcase).

No hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor entendedor que el necio o el que se niega a entender. Hace unos años, en un debate electoral para la presidencia de Estados Unidos, Bill Clinton hizo fortuna con una frase, que ha accedido al imaginario colectivo norteamericano y diría que al mundial, dirigiéndose a George Bush padre que no entendía sus argumentos económicos en los siguientes términos: ¡Es la economía, idiota! Para el cristiano, dejando a un lado el insulto fácil, es importante que hagamos ver a nuestros críticos que hay una parte de nuestra realidad que están omitiendo por interés o por ignorancia. No sólo por interés propio, sino también para evitar que su necedad se haga mucho mayor y quede idiotizado, en alguna ocasión habrá que espetarles: ¡Es lo teándrico, idiota!

jueves, 9 de septiembre de 2010

Con todos ustedes, fray Bruno Cadoré

Anuntio vobis gaudium magnum: la Orden de Predicadores está de enhorabuena pues acaba de elegir como 86º sucesor de Santo Domingo –en terminología oficial, “Maestro de la Orden”- a quien todos esperaban, fray Bruno Cadoré.

Muchos son los elogios y los buenos comentarios que sobre este fraile francés se están pudiendo escuchar en los últimos días. Además, como sus referencias anteriores son inmejorables, acudimos en estos días a una manifestación de júbilo y esperanza en lo que esta elección pueda deparar a toda la Familia Dominicana.

¿Por qué fray Bruno es una buena elección? Ante todo conviene recordar que toda elección presupone la existencia de varias posibilidades. Presiento que Bruno era la mejor entre otras buenas, pero se suele decir que en este tipo de elecciones muchos entran candidatos pero sólo uno resulta elegido. En la Orden Dominicana resulta esencial ser elegido y no postularse a uno mismo evitando incluso dedicarse el propio voto (algo que no estoy seguro de que ocurra entre los políticos). Entonces, ¿cómo distinguir un buen candidato de otro malo? Desde que éramos niños y participábamos en las votaciones para delegado de la clase, sabemos que el candidato bueno es elegido mientras que el malo está deseando ser elegido e incluso no escatima medios para conseguirlo.

Después de esta distinción básica, el candidato recién elegido en Roma (sede suplente de este capítulo por la inestable situación de los cristianos en India, donde estaba prevista su celebración) es una persona con un currículum personal, académico y espiritual admirable. Es médico pediatra y como tal trabajó en Haití, en una experiencia que él cuenta como muy positiva. De vuelta a Francia fue Maestro de Estudiantes y Provincial los últimos ocho años. Ha sido presidente de la IEOP (Conferencia de Provinciales de Europa) y consultor para el comité de bioética de Francia. Durante este tiempo ha tenido un conocimiento directo no solo de la Provincia de Francia y de la Orden en Europa, sino también de los cinco Vicariatos de la Provincia, desde el norte de Europa al África ecuatorial y el mundo árabe (Irak, Egipto y Argelia). ¡Está claro que se trata de una trayectoria determinante! Cuando San Buenaventura, gran teólogo, escuchó la composición del himno eucarístico compuesto por Santo Tomás de Aquino, decidió romper el que él había compuesto a petición del papa, admitiendo así la grandeza de su contrincante.

A continuación podríamos unir los dos criterios anteriores para asegurarnos de que el candidato no es víctima del “efecto Zebedeo” (el de Juan y Santiago que no sabían lo que pedían al solicitar beber el cáliz de Jesucristo). Fray Bruno es bastante consciente de la responsabilidad que ha asumido, aunque con humildad ha declarado que en estos días “va a descubrir en qué consiste la función de Maestro de la Orden”. Un servicio como el que se le ha solicitado requiere tener claro lo que supone y una experiencia previa que permita afrontarlo con garantías de éxito. El que quiera ser grande ha de hacerse pequeño ante los demás. ¡Cuántos no han podido beber el cáliz de Jesús de Nazaret por aceptar responsabilidades que superaban su capacidad!

Dicen que fray Bruno también destaca por su disponibilidad para salir al encuentro de los demás. Se cuenta que cuando era provincial de Francia y no lograba concertar una entrevista con los frailes a los que tenía que visitar y animar, les llamaba por teléfono móvil y, tras preguntarles por su ubicación en ese momento, les citaba unas horas más tarde en la cafetería de la estación de tren de la ciudad en la que se encontraban. Santo Domingo se destacaba por su compasión y misericordia con los pecadores, especialmente durante sus rezos nocturnos, pero a la mañana siguiente estaba listo para salir al encuentro de los demás y predicar y hacer efectivo lo que había orado.

Pero sobre todo, fray Bruno es un hombre apasionado y misericordioso. No es extraño que sus dos grandes facetas sean la medicina y la teología. En sus gestos y en sus palabras logra expresar la fuerza sanadora de ambos conocimientos. Cercano, cariñoso, atento y tremendamente sencillo y discreto, fray Bruno cuida los detalles de humanidad. Y de esto, yo sí puedo dar fe. Esta es quizás la principal razón de la ilusión que esta elección ha despertado en mí. Eso y que sé que para Bruno Cadoré no es importante ser SUCESOR de Santo Domingo sino lo que le SUCEDERÁ a la Orden de Santo Domingo en estos próximos nueve años.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Las liturgias en el fútbol

La relación entre el fútbol y la religión ha sido considerada y estudiada por los sociólogos, los filósofos, los literatos y, también, por los teólogos. Es evidente que se trata de dos dimensiones que, sin ser idénticas, confluyen en el objetivo de trascender lo mundano para sumergirse en niveles más elevados de la realidad. Ninguno de los dos son absolutos pues el fútbol no deja de ser un juego o un negocio que dinamiza una pasión y la religión es una mediación dirigida a conectar con lo más espiritual del hombre, lo totalidad o lo totalmente otro.

Por ello, ambos contienen símbolos, signos y ritos que en ocasiones se articulan en forma de liturgias expresadas en celebraciones que no sólo reúnen a la asamblea sino que la hacen interactuar, le indican cómo actuar o cómo vestirse, y le proponen y suponen una serie de consecuencias para su vida más allá de ese mismo momento litúrgico.

Así, podemos hablar comparativamente de estadios y de catedrales (incluso de estadios que se denominan cariñosamente La Catedral), de cantos y de cánticos, de alineaciones y de salmos, de relatos e historias, de bufandas y estolas, de camisetas y de trajes de los domingos, de butacas y de bancos, etc.

Y esto, no es sólo una cuestión descriptiva sino también valorativa pues conviene no olvidar que igual que hay quien dice no captar ni ser influido por la fuerza de los símbolos, los signos y los ritos, lo que es indudable es que hay especialistas en emplearlos de modo poderoso, unas veces con fines enriquecedores y otras con fines manipuladores. ¡Hay que estar alerta ante la fuerza atractiva de los símbolos y sobre todo antes las intenciones de quienes los manejan!

Hace unos días, en Mónaco, organizado por la “iglesia” futbolística europea (la UEFA) se celebró la final de la Supercopa de Europa entre los dos campeones de las competiciones continentales. En el periodo previo al comienzo del tiempo de juego, se desplegó sobre el césped toda una batería de escenificaciones, desfiles y parafernalias de claro contenido “litúrgico” desde un punto de vista futbolístico. La interacción de los espectadores puso de manifiesto la eficacia de estas pautas de una forma sobrecogedora tanto en su dimensión positiva (la interacción humana y deportiva) como en la negativa (la alienación social y económica bajo una tapadera futbolística).

El fútbol ofrece hoy una riqueza litúrgica que expresa bien a las claras la necesidad que tiene el ser humano de ejercer su dimensión simbólica. A este respecto, en muchos aspectos puede ofrecer elementos de aprendizaje a otro tipo de liturgias (incluida la religiosa) a la vez que elementos de reflexión crítica sobre el uso de estas dinámicas. No es un tema menor y por tanto requiere la consiguiente atención.

Ah, por cierto, en Mónaco, siguiendo el tradicional y cuasilitúrgico deseo y saludo futbolístico, ganó el mejor.

lunes, 23 de agosto de 2010

Rubén Darío, el cartujo

La isla de Mallorca es un lugar maravilloso para ir de vacaciones. A sus famosos reclamos veraniegos de la playa y el sol, hay que unir una equiparable riqueza cultural y natural. De sus múltiples entornos, el más destacable, en mi opinión, es el norte de la isla, presidido por la bella sierra de Tramontana. Junto al monasterio de Lluc, la preciosa localidad de Sóller y algunas calas como Sa Calobra, destaca el pueblo de Valldemossa, en el que brilla con luz propia su conocidísima cartuja. Entre sus muros y ecos del pasado recibimos el testimonio de tantas historias y personajes que dejaron allí una parte de sus ilustres biografías para que nosotros podamos hoy aprender un poco más de ellas.

Sin duda, la historia más conocida de la cartuja es la del romance protagonizado por el músico polaco Chopin y la escritora francesa George Sand, durante el invierno de 1838. Otros nombres conocidos son los de Jovellanos o Unamuno, pero yo quisiera hoy traer a colación el del poeta nicaragüense Rubén Darío, arrastrado por la sensación de que este episodio de su vida no es lo suficientemente conocido. Así pues, aquí van algunas pinceladas de este curioso episodio cartujo en la vida de Rubén Darío.

Según un artículo de Carlos D. Hamilton, Rubén Darío pasó tres estancias en la isla de Mallorca. Las primeras, acontecidas en los años 1906 y 1907, tuvieron un tono más cotidiano al estar insertos en una serie de viajes a Madrid -donde llegará a ser embajador nicaragüense - y París. Pero el tercer viaje, el de 1913, tiene unas connotaciones especiales. Sumido en una profunda crisis propiciada por adversidades personales y políticas, Rubén Darío vuelve a la cartuja de Valldemosa siendo el gran poeta que siempre fue, pero al mismo tiempo el hijo pródigo que siente la profunda necesidad espiritual y existencial de confesar sus pecados para salvar su vida terrena y la eterna de la mejor forma posible: mediante la gran fuerza expresiva de su poesía.

Y a fe que lo consiguió. A continuación añado su poema titulado La Cartuja, que parece ser que fue considerado por su propio autor como “lo mejor que he escrito”. Para ello, Rubén Darío se enfundó el hábito de los cartujos porque de esa manera sentía con mayor incidencia la fuerza espiritual y poética de lo que quería expresar con sus versos. En él se puede percibir que su profunda experiencia espiritual va unida a una gran cultura filosófica y religiosa que realzan la belleza de lo enunciado por sus versos.

Seguramente, este episodio de la vida y la obra de Rubén Darío no sea el más conocido ni el más estudiado, pero sí responde a la grandeza de su obra literaria y a la contribución de los grandes hombres de la historia a expresar de forma genial las entrañas de lo que consituye la existencia humana y su sentido. ¡Que lo disfrutéis!
 
LA CARTUJA


Este vetusto monasterio ha visto,
secos de orar y pálidos de ayuno,
con el breviario y con el Santo Cristo,
a los callados hijos de San Bruno.

A los que en su existencia solitaria
con la locura de la cruz, y al vuelo
místicamente azul de la plegaria,
fueron a Dios en busca de consuelo.

Mortificaron con las disciplinas
y los cilicios la carne mortal,
y opusieron, orando, las divinas
ansias celestes al furor sexual.

La soledad que amaba Jeremías,
el misterioso profesor de llanto,
y el silencio, en que encuentran armonías
el soñador, el místico y el santo,

fueron para ellos minas de diamantes
que cavan los mineros serafines,
a la luz de los cirios parpadeantes
y al son de las campanas de maitines.

Gustaron las harinas celestiales
en el maravilloso simulacro,
herido el cuerpo bajo los sayales,
el espíritu ardiente en amor sacro.

Vieron la nada amarga de este mundo,
pozos de horror y dolores extremos,
y hallaron el concepto más profundo
en el profundo «De morir tenemos».

Y como a Pablo e Hilarión y Antonio,
a pesar de cilicios y oraciones,
les presentó, con su hechizo, el demonio
sus mil visiones de fornicaciones.

Y fueron castos por dolor y fe,
y fueron pobres por la santidad,
y fueron obedientes porque fue
su reina de pies blancos la humildad.

Vieron los belcebúes y satanes
que esas almas humildes y apostólicas
triunfaban de maléficos afanes
y de tantas acedias melancólicas.

Que el Mortui estis del candente Pablo
les forjaba corazas arcangélicas
y que nada podía hacer el diablo
de halagos finos o añagazas bélicas.

¡Ah!, fuera yo de esos que Dios quería,
y que Dios quiere cuando así le place,
dichosos ante el temeroso día
de losa fría y Resquiescat in pace!

Poder matar el orgullo perverso
y el palpitar de la carne maligna,
todo por Dios, delante el Universo,
con corazón que sufre y se resigna.

Sentir la unción de la divina mano,
ver florecer de eterna luz mi anhelo,
y oír como un Pitágoras cristiano
la música teológica del cielo.

Y al fauno que hay en mí, darle la ciencia
que al Ángel hace estremecer las alas.
Por la oración y por la penitencia
poner en fuga a las diablesas malas.

Darme otros ojos; no estos ojos vivos
que gozan en mirar, como los ojos
de los sátiros locos medio-chivos,
redondeces de nieve y labios rojos.

Darme otra boca en que queden impresos
los ardientes carbones del asceta;
y no esta boca en que vinos y besos
aumentan gulas de hombre y de poeta.

Darme otras manos de disciplinante
que me dejen el lomo ensangrentado,
y no estas manos lúbricas de amante
que acarician las pomas del pecado.

Darme otra sangre que me deje llenas
las venas de quietud y en paz los sesos,
y no esta sangre que hace arder las venas,
vibrar los nervios y crujir los huesos.

¡Y quedar libre de maldad y engaño,
y sentir una mano que me empuja
a la cueva que acoge al ermitaño,
o al silencio y la paz de la Cartuja!

Rubén Darío, 1913

jueves, 12 de agosto de 2010

La moral del convento

No veo mucho la televisión, excepto algunas retransmisiones deportivas, pero las pocas veces que la veo me animan a no echarla de menos. De hecho, parece que incluso algunos oasis televisivos que quedaban se ven en peligro de extinción. Uno de ellos es Informe Semanal, que con seguridad será uno de los programas más valorados por los españoles tal y como prueba su emisión a lo largo de décadas. Este programa siempre estuvo, como todos, sometido a los vaivenes políticos del gobierno de turno pero en las últimas ocasiones en que lo he visto, me ha dado la impresión de que ha perdido esa elegancia informativa que lograba alzarse por encima de las impurezas ideológicas de cada legislatura para ofrecer otro tipo de perspectiva a la interesadísima información que se ofrecía en los telediarios convencionales.

Hace unas semanas, Informe Semanal dio un recital de lo que supone la manipulación y la degradación de un estilo de periodismo que le hizo ser un programa apreciado y a los profesionales de TVE apreciados más allá de su difícil misión de informar desde un medio oficial. Este recital tuvo expresiones tanto en su fondo, como en su forma y, desgraciadamente por difícil que sea probarlo, me temo que en lo intencional. Me refiero al reportaje La moral del convento, cuyo enlace incluyo aquí para que quien se anime a verlo pueda juzgar por sí mismo si lo que digo es pertinente o exagerado.

En el fondo del reportaje prevalecía la idea de que durante el régimen franquista la identificación entre el franquismo y la Iglesia católica fue total (de hecho, aparece un historiador muy enfadado en el reportaje subrayando este matiz totalizador) y ello se tradujo en una imposición de un cierto tipo de moral, especialmente en el universo de la mujer, semejante a la de los conventos femeninos. Para fundamentar esta tesis reduccionista y simplista, el reportaje recurre al juego de las imágenes obvias de la presencia pública de la colaboración innegable de la mayoría de jerarquía católica de la época con Franco.

A golpe de tres fragmentos del NODO (la mentira con la que el franquismo quería hacernos tragar su película es la película con la que ahora algunos quieren hacer tragar a otros su mentira) y algunas referencias subliminales al Valle de los Caídos, junto con otras escenas y expresiones sacadas de un contexto del que nos separan, no se olvide, en algunos casos más de medio siglo de avances vertiginosos y algún retroceso espeluznante, se prepara el escenario para que algunos personajes ilustres (entre ellos Forges y otras personas menos graciosas) contaran su anecdotario y sus chascarrillos de la infancia con la autoridad moral de quien está contando el mito que simboliza el imaginario colectivo de toda la tribu española del tercer cuarto del siglo XX español. Y lo cierto es que si no fuera por la amargura que sigue desprendiéndose de sus relatos y por el tono propio de las anécdotas, que todos sabemos que se maquillan y exageran por todo buen narrador para ser más llamativas y entretenidas, algún ingenuo podría llegar a creerse que todo fue exactamente como lo narran estos cuentacuentos, que pueden llevar mucha razón en parte de su moraleja pero que se equivocan en tratar de imponérsela a quienes tienen memoria y madurez para sacar su propia moraleja y saber que no todo es como lo cuentan los portavoces oficiales de la memoria histórica.

Para ello miro a las mujeres de mi entorno que vivieron esa época y con su elegancia y alegría me desmienten sin paliativos un discurso tan mediocre y parcial. ¡Qué pena que mientras nuestras compatriotas eran salvadas de su reclusión moral por los bikinis de las turistas suecas y los aires libertinos de las femmes francesas, no ocurriera lo mismo con los intelectuales españoles incapaces de aprovechar aún hoy un poco de la cultura filosófica que abundaba al otro lado de los Pirineos! Tampoco me olvido de la gente a la que le tocó ser de un bando o de otro sin que nadie les preguntara de qué lado quería estar, ¡si es que querían estar de algún lado! También estudio la historia de la Iglesia española del siglo XX y me encuentro con infinidad de matices y personajes que dinamitan la mentira rocosa que intentan arrojar sobre quienes no se tragan el relato oficial. En este aspecto, tan falso es querer atacar a la Iglesia por ser colaboracionista y clerical, como querer defenderla desde argumentos y realidades exclusivamente clericales, lo que muestra que en esto los extremos críticos y defensores de lo eclesiástico también se atraen y frecuentan lugares comunes. Y finalmente, pienso en lo fácil que es ser como Manolete cuando el toro ya ha pasado, apuntándose de manera facilona al carro de las batallitas y de las resistencias cuando muchas de las cosas que hoy criticamos y decimos combatir, las hemos aprendido con el paso del tiempo y a partir de los errores en los que nosotros mismos incurrimos. En ese momento a los portavoces oficiales de las luchas pasadas se les pone cara de trinchera, es decir, sólo nos muestran la faz afectada por los golpes y las balas de la batalla, pero nos ocultan la otra cara interna que permanece más consolidada y cubierta, privilegiada por el propio desarrollo de la lucha y de los acontecimientos que la provocaron y que, de alguna forma, les alimentó a ellos.

Pero fue en las cuestiones de forma del reportaje donde encontré las peores artimañas que resultaron ser más perversas no por su retorcimiento sino precisamente por su evidencia. ¿Realmente será tan fácil llegar a creer que se puede manipular a la gente con tan poco? ¿Es tan sencillo trabajar pensando que aquellos a los que te diriges son unos perfectos idiotas que se van a tragar todo lo que les cuentas? La única explicación que encuentro es que los programadores de las televisiones y sus espectadores coinciden en que unos dicen lo que los otros están esperando escuchar.

El reportaje del que hablo se emitió en un contexto veraniego, de falta de noticias pero también de mayor relajación de la audiencia, pero en el que los temas a elegir son infinitos. Aún así, quien decidió priorizar este tema tuvo la ocurrencia de emitirlo a continuación de otro reportaje sobre el genocidio de Srebrenica, en la antigua Yugoslavia, obviamente justificado por cumplirse su 15º aniversario, y en el que se trataba la importancia de identificar a las víctimas de dicha barbarie al tiempo que reclamar una justicia tanto para victima como para los desalmados que perpetraron tal crimen. De nuevo, lo sutil, lo subliminal y lo similar intentando suplantar a lo patente, a lo evidente y a lo idéntico.

Cuando en casos como este o en otros, uno pone la tele y ve como la pantalla se va llenando de basura, me consuela el sabio refrán que dice que “de la mierda nacen flores” y la confianza en que el mito de la caverna de Platón nos ayudará a que cada vez más personas seamos capaces de ser críticos con las imágenes que se proyectan en nuestra pantallas planas o de plasma. No es fácil, pero aún así sigo creyendo que es mejor arriesgarse a ser deslumbrado por la luz del Sol que emponzoñarse en la autoafirmación que ofrece el frescor y la seguridad del fondo de la caverna.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Los toros y los demás animales

La polémica sobre la prohibición de las corridas de toros esconde una realidad con muchas aristas que requiere una profundidad filosófica que evite confusiones y manipulaciones.

Como la cuestión política está presente en todos los informativos (o desinformativos), estoy convencido de que con un poco de ejercicio de zapping básico cualquiera puede hacerse una idea de los intereses políticos que hay en juego y si estos responden mejor o peor a lo que un pueblo demanda para tener una organización común de su vida diaria de calidad. Me temo que, casi sin excepción, todos los representantes políticos tanto a nivel autonómico como nacional se han quedado más en el nivel de la política que en el de la Política (con mayúsculas), según la distinción orteguiana. Es lamentable que esta dinámica se vaya consolidando como única y absoluta en nuestro panorama político.

En el ámbito ético podemos decir que el panorama está un poco más claro. Para empezar disponemos de mejores herramientas reflexivas aunque los problemas de fondo son de mayor calado aunque menos inmediatos que los políticos. Estas herramientas se las debemos entre otras razones a la presencia de algunas figuras nacionales en el área de la moral. Por citar a la más mediática y relevante, señalo aquí el nombre de Adela Cortina, profesora de ética de la Universidad de Valencia, que hace algo más de un año publicó un interesante libro titulado Las fronteras de la persona, en el que desarrollaba ampliamente los problemas y corrientes que están implicados en la cuestión.

Cuestiones como el debate entre lo natural y lo cultural, entre el estatuto ontológico del ser humano y del resto de seres vivos, las motivaciones y los fundamentos que otorgan entidad moral a dichos seres vivos, la cantidad de posturas que contienen ideas interesantes pero también limitaciones como el especismo, los deberes indirectos, el utilitarismo, el enfoque de las capacidades, etc., sirven para dibujar a grandes rasgos lo que se está debatiendo.

Aunque parezca mentira, muchos siglos después de Aristóteles, las cosas no han cambiado tanto como parece. Seguimos siendo un animal que comparte su existencia con otros animales y seres vivos, pero al mismo tiempo somos un animal que pertenece a un nivel superior tanto en sus facultades como en sus responsabilidades con su entorno y con los seres vivos que lo habitan. En esto también se reconoce el principio bíblico presente en el libro del Génesis donde Yahvé otorga un estatus especial al hombre y a la mujer con la responsabilidad extraordinaria que ello supone para la especia humana.

Hoy habitamos el planeta las primeras generaciones que tenemos entre manos tales posibilidades que incluyen en las mismas la posibilidad de ser los agentes responsables de nuestra propia destrucción. Esto sí que es un cambio respecto a tiempos pretéritos. Lo que no es un cambio es que somos libres para estar o no a la altura de nuestra auténtica condición humana. En ella, como Aristóteles, yo subrayo la condición intelectual del ser humano que le permite recurrir a la filosofía para cerciorarse de que entiende la auténtica dimensión de los problemas, así como manejar el mejor abanico de posibles soluciones que le permitan afrontar los desafíos de todo tipo, especialmente los morales, con garantías de hacerlo de la única forma posible para el ser humano: humanamente.

En el curso pasado tuve la feliz idea de proponer el citado libro de Adela Cortina a mis queridos alumnos de Ética de 4º de la ESO. Tras su pereza inicial, la lectura y los debates sobre los argumentos del libro fueron cambiando los rostros de mis alumnos, en los que brillaba la alegría de la libertad ocasionada por ser capaces de construir su propio pensamiento. Algunos cambiaron de opinión sobre el tema, otros se mantuvieron en la que tenían, pero todos sin excepción coincidían en haber encontrado en el libro visiones que les ayudaran a consolidar o purificar su forma de pensar. Ojalá en esta polémica, como en cualquier otra, cada cual sea hábil para buscar apoyos filosóficos adecuados. Estos se reconocen porque permiten detectar el brillo propio de la libertad en las personas que defienden su posición con veracidad y la bruma tenebrosa de quien esconde en sofismas y eslóganes intereses bastardos que impiden la convivencia de las personas y les alejan del horizonte de la verdad.

martes, 27 de julio de 2010

El mundo entero es mi parroquia

Por circunstancias personales, en los últimos años he tenido que cambiar mi costumbre de celebrar la eucaristía dominical en el mismo lugar y por tanto con la misma comunidad, a hacerlo en lugares muy diversos y también con gente con diferentes actitudes.

Sigo pensando que vivir la eucaristía en un mismo lugar e inserto en el proyecto de una comunidad de fe con la que compartir el seguimiento de Jesús es lo óptimo. No obstante, ir a misa a un templo diferente cada domingo te ofrece una perspectiva de la riqueza (y de la pobreza, desgraciadamente) eclesial y, sobre todo, te ayuda a dar un enfoque revitalizante a tu manera de vivir la fe y a las costumbres y dinámicas que por el mero hecho de pertenecer a un grupo o forma de hacer las cosas puedes llegar pensar que es el mejor o incluso el único.

Después de vivir la eucaristía según el estilo de diversos carismas (teatino, dominicano, agustiniano, carmelitano, franciscano y, mayoritariamente, diocesano), en ambientes urbanos y rurales, en la misma lengua o en celebraciones bilingües (como en el Puerto del Carmen en Lanzarote, donde la presencia de turistas extranjeros es frecuente), en entornos más íntimos como unas convivencias o en otros más masivos como el de las catedrales, puedo dar gracias a Dios porque celebrar la eucaristía en diversos lugares me ha aportado visiones interesantes en ciertos ámbitos.

El primero de ellos es el homilético que, aunque no es ni de lejos el más importante, suele ser el más comentado y valorado. Tras estos meses he constatado que también la homilía es un oficio que requiere técnica pero sobre todo mucho corazón. Siguen existiendo presbíteros que comienzan sus homilías con la funesta coletilla de “queridos hermanos”, también persisten los que leen sus homilías tal y como las han copiado (normalmente de internet), los que se anuncian a sí mismos en lugar del Evangelio, los que consideran la predicación como una retahíla de topicazos que se insertan en un discurso sea como sea, o también los curas “chorizos” (en terminología del profesor de Biblia Gonzalo Flor) que en lugar de poner su discurso al servicio de la palabra de Dios, se las ingenian para tratar de poner la palabra de Dios al servicio de su discurso. Sin embargo, tampoco han faltado los predicadores sensibles, cercanos y conocedores de la importancia de su ministerio. Cuando en la homilía se logra ofrecer claves de interpretación de lo que la Escritura mediada por la liturgia puede ofrecer a las personas y a sus vidas, la disposición de la gente y el ambiente de las celebraciones es muy distinto y, en general, más saludable.

Otro ámbito es el litúrgico. A nadie se le escapa que la liturgia puede iluminar o arruinar una celebración. Hay lugares en los que la liturgia es arrinconada, y en otros es absolutizada. Hay celebraciones que en pocos minutos ofrecen lo que tienen que ofrecer y otras que aunque durasen dos horas más no lograrían nunca conectar con la asamblea. Hay templos en los que se derrapa a la hora de recitar las oraciones y otros en los que se lleva a los fieles con el freno de mano puesto. En esto me temo que la rúbrica (letra roja que marca las normas en los libros litúrgicos) padece lo mismo que cualquier ley o norma, es decir, un exceso de interpretación libre, que queriendo evitar un abuso de poder (el del legalista) incurre en otros (cada uno hace lo que le viene en gana) perjudicando en cualquier caso el objetivo de dinamizar la celebración en las mejores condiciones posibles.

También es significativa la dimensión ambiental. Una buena acogida supone ganar muchos puntos para que el resto de las actividades de un encuentro o celebración se desarrollen con cierta fluidez. Entrar en iglesias que invitan al recogimiento, a la oración y a permanecer en ellas es una suerte que no siempre se disfruta y que debería cuidarse mucho más. Mi gran sorpresa en este aspecto me la llevé en Flandes, donde mi prejuicio infundado de una Europa descreída se vino abajo con una espectacular demostración de puesta en escena de los templos abiertos a la gente, nativos y turistas, y al misterio de la Navidad que por entonces se celebraba. Iluminación, silencio o música ambiental, disposición de los bancos, entre otros, son elementos que no deben dejarse a la improvisación. Por si fuera poco, en otros lugares, también he comprobado que el repertorio de soluciones es siempre mayor del que se nos pasa por la mente o del que, sencillamente, nos resulta más cómodo. Un ejemplo de esto es el canto donde a falta de coros y música religiosa de calidad, no es lo mismo sufrir el canto malentonado del cura o acólito de turno que el recurso a las tecnologías que permiten incluir música en las celebraciones de manera digna.

Y, finalmente, resta el ámbito de la teología de las comunidades. Y en ella incluyo la dimensión eclesiológica y la ministerial. Mientras siguen existiendo parroquias y celebraciones donde el presbítero es un ministro único y aislado del resto de la asamblea y de la comunidad, existen otras celebraciones donde la implicación de todos sus miembros y sus ministros otorga mayor plenitud a la celebración y desvela su sentido. Hay una gran distancia entre la celebración en la que el presbítero se hace un solo total, leyendo él hasta la oración de los fieles, a otra, como la que viví en la parroquia de la Santísima Trinidad en Villalba (Madrid) en la que el presbítero presidió, un diácono permanente predicó y atendió al altar y al presbítero, y otros ministros leyeron y administraron la comunión ante la sorpresa de una asamblea que, en su mayoría, desconocía la posibilidad de llevar a cabo estas opciones y servicios ministeriales.

Celebrar la fe y la eucaristía en la comunidad habitual es un don de gran valor. Poder o tener que celebrarlas en ámbitos diferentes es una huella de la diversidad y pluralidad de la Iglesia y, en buena medida, reflejo de la imagen de Dios. Ahora que en las vacaciones nos encontramos con el reto de seguir celebrando la fe en ambientes diferentes, puede ser una buena ocasión para valorar lo que se tiene en la comunidad habitual y también para abrirse a otras realidades, valorándolas en su justa medida y sabiendo extraer de ellas conclusiones personales y comunitarias que dinamicen en lo posible lo que ya estamos viviendo.