viernes, 31 de diciembre de 2010

Oración para el Año Nuevo

Oh, Dios,
al terminar un año más,
con sus luces y sus sombras,
sus momentos buenos y menos buenos,
pero siempre rodeado de tu presencia y de buena gente
quiero, en esta noche, elevarte mi oración de acción de gracias.

Gracias a los que apostaron su vida por los demás,
porque el amor gratuito y sincero será la medida de su entrega.

Gracias por quienes se casaron este año,
porque su amor nos estimula a ser compañeros de camino

Gracias por los niños y niñas que nacieron,
porque renuevan nuestra ilusión por disfrutar de la vida

Gracias por los niños y niñas que ya llevan tiempo entre nosotros,
porque siguen siendo maestros de alegría para todos.

Gracias a los que han afrontado con coraje el dolor y el sufrimiento,
porque su lucha reivindica que la vida es maravillosa.

Gracias a los que nos han dejado en este último año,
porque su presencia y su herencia iluminan nuestro caminar.


Gracias por los compañeros de trabajo y de fatigas,
Porque su solidaridad demuestra que “no sólo de pan vive el hombre”.

Gracias por quienes rezaron por nosotros,
porque sus oraciones son el eco en Dios de lo que deseamos para ellos.

Gracias a los que nos amaron incondicionalmente,
porque nos quitaron las excusas para no hacer nosotros lo mismo.

Gracias a los que nos miraron con envidia y rencor,
porque nos provocan la necesidad humana de perdonar y ser perdonados.

Gracias a los que hemos defraudado y a los que nos han defraudado,
porque reafirman la confianza en que todos podemos hacerlo un poco mejor.

Gracias a los que perdieron el trabajo o la esperanza,
porque su situación es una invitación irrenunciable a buscar la justicia para todos.

Gracias a los que no encontraron tiempo para verse con quienes les esperaban,
porque de esa forma convierten en más excitante la espera del reencuentro

Gracias a los amigos de verdad y a la gente que siempre está ahí
Porque demuestran que sólo desde el compromiso merece la pena vivir.

Y, sobre todo, gracias a Ti, Dios del cielo y de la Tierra,
porque tu providencia amorosa me permite sentir
que mi oración del próximo año será aún más sentida y agradecida.

Con todo mi afecto para los lectores de predicablogdelagracia y con mis mejores deseos para el 2011 para todo el mundo.
¡Feliz Año Nuevo!

viernes, 24 de diciembre de 2010

Siente la Navidad. ¡Sigue la estrella!

Un año más, la Navidad irrumpe en nuestras vidas. Puede ser que algunos se escuden en decir que no saben de qué va, que no va con ellos, que no la entienden y otras muchas excusas. Cada cual sabrá cómo se posiciona ante la Navidad.

Lo cierto es que en nuestra vida y en nuestro mundo hay muchas señales y no todas nos orientan hacia el modo de vida que queremos llevar ni al destino que queremos para nuestra existencia.

Desde predicablogdelagracia, quiero trasmitir mis mejores deseos para todos. Y en esa felicitación va mi esperanza de que cada cual encuentre la estrella que le guíe hacia la felicidad. Para mí esa estrella es la que lleva a Belén, la que lleva al Niño Dios, la que lleva a Jesucristo, el Dios hecho hombre que es Camino, Verdad y Vida.

El vídeo de esta Navidad trata sobre esa estrella. Si quieres y tienes tiempo, aquí lo adjunto. Sea así o no, lo importante de este mensaje es mi felicitación y lo que ella conlleva.

¡Feliz Navidad a todos!


miércoles, 22 de diciembre de 2010

Una esperanza auténtica

Tras hablar sobre las oportunidades, no debería resultar chocante que una de las ironías del Adviento, obviamente visto desde el punto de vista cristiano, es que nos centramos en desear y esperar cosas que son prescindibles, accesorias o, simplemente innecesarias.

Un ejemplo tópico de esto es la lotería, esperanza materialista de muchas emergencias mundanas. Sin embargo, es posible que si pensamos bien qué supone poner las principales esperanzas en un golpe de suerte lotero, nos ocurra como a aquel joven que al comentar a una anciana la cantidad de dinero invertida en billetes de lotería, ésta con cierta sorna y sabiduría le replicó: “¿Para qué buscas más suerte de la que ya disfrutas?”.

Y entonces, ¿en qué consiste la esperanza auténtica del Adviento? Principalmente en confiar en que Dios irrumpe para bien en la vida de los hombres. La esperanza cristiana es indisociable de la fe y del amor. Por eso la confianza significa “fiarse con”. No se trata sólo en creer sino que es una invitación a creer junto a los demás y, en especial, a creer en esas personas que Dios pone en nuestras vidas para procurarnos nuestra felicidad. ¿Hay acaso una lotería más generosa en premios?

En estos días de Navidad, cientos y cientos de personas hacen cola ante las puertas de las administraciones de lotería, hasta llegar a dar la sensación de que es “casi” seguro que en ellas se vende el billete ganador. Desde una perspectiva más espiritual, los cristianos deberíamos vivir la confianza en Dios con la certeza de que su generosidad va a acabar, tarde o temprano, redundando a favor de nuestra felicidad. Con una confianza tal, puede entenderse otra receta del Adviento cuando nos exhorta para vivir desde la paciencia y siendo capaces de mantenerse firmes y sin queja, ya que la felicidad cristiana no es sólo una meta, sino que también incluye el proceso en el que se anhela y se trabaja por conquistarla.

¿Nos atreveremos a buscar la auténtica esperanza esta Navidad? Al igual que Juan el Bautista se preguntaba si Jesús era el Mesías que tenía que venir o si debían esperar a otro, también nosotros debemos preguntarnos si nuestra lotería personal, nuestra alegría y nuestra esperanza son las loterías, las alegrías y las esperanzas que ya tenemos o tenemos que esperar a otras.

domingo, 19 de diciembre de 2010

El Adviento como oportunidad

La eliminación del equipo de fútbol de mis amores en las competiciones europeas me ha dejado un mal sabor de boca. No se trata de algo serio en su ontología, pues cualquiera que ame el fútbol sabe que se trata de algo lo suficientemente importante como para no tomárselo demasiado en serio.

Se trata de un disgusto pasional que escuece porque en el fondo de este fracaso futbolístico se esconde la cruda realidad de una oportunidad perdida. Al ser preguntados por la valoración que hacían de este contratiempo, los futbolistas de mi equipo se escudaban en la excusa de un error puntual que les habría abocado a tan decepcionante situación. ¡Me temo que en la mayoría de los casos –y este es uno de ellos- las cosas no son así!

El desaprovechamiento de una oportunidad suele provocarnos desasosiego porque se corresponde con un proceso previo cargado de decisiones y la asunción u omisión de responsabilidades que nos colocan en mejor o peor disposición de aprovechar la susodicha oportunidad. Pero nos produce mayor desasosiego, si cabe, porque nos frustra ante la posibilidad de proyectarnos hacia una posición mejor o más deseable que la actual. De esta forma lo oportuno demanda de nosotros responsabilidad, equilibrio y ciertas dosis de sabiduría que asesoren a la libertad en el duro lance de optar por la opción correcta y evitar tener que enfrentar consecuencias indeseables derivadas del error y la inconsciencia.

En este sentido, el Adviento no deja de ser sino un tiempo de preparación y concienciación para poder afrontar la Navidad como lo que realmente es, una maravillosa oportunidad de dejar nacer lo esencial en la vida de todo ser humano abierto a lo sublime de la trascendencia, es decir, la presencia amorosa y vivificante de Dios.

Desde esta perspectiva, el Adviento es mucho más que un tiempo litúrgico para pasar a resplandecer como un tiempo propicio –el kairós- para afrontar de la mejor manera posible lo que es una oportunidad irrenunciable de aspirar a ser personas plenas y realizadas en todas su dimensiones.

Con el Adviento se nos ofrece, en definitiva, la oportunidad de reducir al mínimo la posibilidad de tener que lamentarnos de una ocasión desaprovechada, de tener que dar por fracasado algún proyecto o aspecto de nuestro proyecto de vida, o simplemente de sentirnos desdichados. Dicho en positivo, aprovechar el Adviento aumenta nuestras posibilidades de poder contemplar lo que el profeta Isaías denominaba, en el pasado tercer domingo de Adviento, como “la belleza de Dios” (Is 35), que nos infunde fuerza en la tribulación de la oportunidad y nos acoge de modo tan compasivo y personal en nuestra entrega, hasta poder resarcirnos, de nuestra fatiga física y espiritual, y salvarnos.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Sobre el dogma de la Inmaculada Concepción


El 8 de diciembre se celebra la fiesta de la Inmaculada Concepción. Se trata de un dogma reciente y bastante desconocido sobre el que se han escrito muchas cosas. Recientemente X. Pikaza ha publicado un texto bastante ilustrativo a este respecto de modo que recomiendo su lectura.

Sin embargo, este dogma de la Inmaculada Concepción sirve para sacar a relucir una serie de aspectos acerca de la comprensión de los dogmas en general. Para ello entenderemos por ‘dogma’ aquella verdad definida de modo tradicional y comunitario y siendo considerada como incuestionable por el colectivo o grupo que la define. En el caso del catolicismo, obviamente, este colectivo es la Iglesia Católica. Una vez aclarada esta cuestión, veamos ahora los aspectos indicados:

1) En cuanto “verdad definida”, quien expone dicha afirmación trata de expresar una descripción lo más precisa y adecuada posible a la realidad que trata de comprender o de hacer comprender. En este sentido hay dos cuestiones relevantes: a) la de la verdad de la afirmación; y, b) la de la certeza de que dicha afirmación sea efectivamente verdadera. En otras palabras quien define un dogma debe encontrarse frente a una cuestión suficientemente trascendente ante la cual ofrece una definición igual de trascendente. Mirando las veces en que la Iglesia ha recurrido a la formulación de dogmas a lo largo de su historia, se puede constatar que pocas son las cuestiones extraordinarias que requieren definiciones extraordinarias.

2) En línea con lo anterior, hemos señalado que el dogma se define de modo tradicional y comunitario. Es decir, un dogma auténtico no surge por capricho ni mucho menos se improvisa. Para que surja el dogma deben existir al menos una experiencia previa y práctica de la realidad que se trata de definir, una serie de preguntas o problemas que lo determinan y contextualizan, y, por último, un consenso a la hora de perfilar las líneas fundamentales de su comprensión. Todo ello, unido a un periodo de tiempo prudencial, posibilita la generación de un dogma auténtico, esto es, válido y aceptable por la comunidad. En el caso de la Inmaculada Concepción la necesidad de definir la condición extraordinaria de María y de su modo de acoger la voluntad de Dios puso el problema sobre la mesa. Tras años, más bien siglos, de controversia teológica (incluyendo serias objeciones de grandes teólogos), la cuestión estuvo suficientemente –aunque quizás no totalmente- madura para ser definida como tal en 1854 por el papa Pío IX.

3) Un tercer aspecto del dogma es su condición de incuestionable. En cuanto verdad fundamental o básica, un dogma aspira a permanecer vigente y válido conforme al paso del tiempo. Sin embargo, esta pretensión no debe llevarnos a una comprensión granítica ni petrificada del dogma. Como tal el dogma delimita el terreno de discusión teológica sobre el aspecto que toca, pero ni mucho menos determina ni todos ni cada uno de sus detalles ni matices, ni siquiera determina la posibilidad de ser cuestionado o enriquecido por virtud de la crítica. Por ello no debe excluirse en ningún momento la oportunidad de exponer al mismo dogma al criterio de la crítica que permita determinar su auténtica validez de modo que impida que el engaño (o, peor aún, el autoengaño) pueda ser posible.

4) Por último, el dogma se enfrenta al problema de cualquier expresión de una verdad: su aceptación y su rechazo. Sobre este aspecto hay que hacer dos aclaraciones básicas. en primer lugar, el dogma como tal tiene una pretensión de validez concreta que no debe ser ni mayor ni menor de la que pretenda abarcar. Por tanto, tan osado es despreciar sus indicaciones en el campo de la materia que define, como extralimitarse y aplicarlas a otras dimensiones que no le competen. La segunda aclaración es aún más básica: todos sabemos que no hay peor sordo que quien no quiere escuchar y que la ignorancia es, con frecuencia, muy osada. De ahí que quien no se vea o se sienta afectado por la materia que define el dogma puede optar entre ignorarlo o criticarlo, pero no banalizarlo o desecharlo en virtud de un prejuicio infundado. En el caso de la Inmaculada Concepción ambos excesos han rodeado a su expresión dogmática. Basta con profundizar un poco en las creencias (que no conocimientos) de la gente, creyentes o no, sobre este dogma para comprobar que se confunde concepción con virginidad o que en ocasiones se le intenta proyectar contra otros dogmas más decisivos, como los genuinamente cristológicos, llegando incluso al extremo de caer en excesos pseudo-teológicos como la comprensión de María como Co-Redentora.

Conclusión: en esta fiesta de la Inmaculada Concepción, junto al propio fundamento de la fiesta de hoy, puede ser edificante tanto en el terreno personal como en el eclesial, retomar la cuestión de cómo se construyen, consolidan y proyectan hacia el futuro los cimientos de nuestra fe. Entre ellos están los dogmas, expresiones acertadas de una tradición y una vida eclesial que nos pueden servir como guías para hacer nuestra propia peregrinación hacia Dios de manera más adecuada. ¡Feliz día de la Inmaculada Concepción!

domingo, 5 de diciembre de 2010

Jesús de Nazaret y Star Wars

La llegada del Adviento nos ofrece, de nuevo, la oportunidad de profundizar en la íntima conexión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, preferentemente de la mano de los profetas. Para los cristianos esta relación es más cercana e inmediata gracias a la figura de Jesús de Nazaret, quien no viene a nuestra vida para abolir la ley sino para reinterpretarla en la clave del amor y llevarla así a su pleno cumplimiento.

Y es que aunque muchos creyentes expresan, desde su ignorancia teológica, su distanciamiento e incomprensión hacia el Dios que se revela en el Antiguo Testamento, lo cierto es que conocerlo y entenderlo desde la revelación de Jesucristo recogida en el Nuevo Testamento no sólo nos permite hacerlo mejor sino que además retroalimenta y perfecciona nuestro acercamiento al propio Jesús de Nazaret.

Cuando explico en clase de religión la importancia de leer de modo adecuado tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, suelo apoyarme en un ejemplo gráfico que me ofrece la historia de La guerra de las galaxias, conocida como Star Wars. Cuando la primera de las películas de la saga se estrenó a finales de los años setenta, poca gente conocía que no se trataba del comienzo de la historia sino de un capítulo intermedio que con el tiempo se quedó como el cuarto episodio. Con aquellas tres películas iniciales, mucha gente se apasionó con la historia que narraba y sus personajes. Sin embargo, cuando las nuevas películas –los tres primeros episodios- se estrenaron no sólo cautivaron en similar medida a los espectadores, sino que aportaron una clave extra de comprensión del resto de capítulos más conocidos desde hacía años. ¡Pues bien, igual ocurre con la historia sagrada narrada en la Biblia y con la revelación de Dios que en ella se nos muestra!

Curiosamente, algunas de las lecturas del primer domingo de Adviento, reflejan otra similitud con el imaginario propio de la saga cinematográfica Star Wars. Me refiero al hecho de optar entre estar en el lado luminoso o el lado oscuro de la fuerza. Por ejemplo, San Pablo en la carta a los Romanos nos exhorta a que “como la noche está avanzada y el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y nos pretrechemos con las armas de la luz” (Rom 13, 12). Antes, la primera lectura del profeta Isaías (Is 2, 1-5) nos animó a caminar como Iglesia (como Casa de Jacob) a la luz del Señor en medio de la senda de la auténtica justicia que conduce a la auténtica paz, no lograda por espadas (ni metálicas ni láser) ni por lanzas, sino por arados y podaderas que siembran y recogen lo que han trabajado.

Esta es la dinámica que marca un tiempo de preparación tan específico como es el Adviento. Quien asume con disciplina y profunda espiritualidad dicha preparación estará listo para aguardar en vela y no dejarse sorprender acerca de la hora en la que llegará el Hijo del Hombre.

Con esta dinámica espiritual estoy seguro de que se avecina para todos un Feliz Adviento, de modo que cuando llegue la Navidad, al nacer el Niño Dios en nosotros, podamos qué significa que "la Fuerza -su Fuerza- nos acompañe siempre".