
Nada más conocerse la acción disidente, el grupo nodriza despliega su arsenal de armamento psicológico y físico para amedrentar al incómodo denunciante. Primero llega la advertencia sutil, apelando al chantaje afectivo de la insolidaridad y la traición. Poco a poco se pasa a la intensificación de la amenaza que pueden incluir artes mafiosas como la difamación, la violencia psicológica o incluso las represalias contra personas afines al individuo independiente. Naturalmente, sobra decir que estas técnicas son especialmente dolorosas si el entorno no es capaz de filtrar o neutralizar los impactos de este bombardeo anti-persona. Por último, queda la peor parte, suponiendo que el individuo haya podido superar las pruebas anteriores: la anulación y la aniquilación del sujeto y todo lo que su obra y pensamiento pueden reflejar de él. Este paso puede suponer incluso el asesinato.
Precisamente, hace unos años, al comentar con Eladio Chavarri, un sabio filósofo navarro, la película “Yoyes” (basada en la vida y asesinato de otra disidente etarra), me advirtió de la importancia de la decisión de entrar en una institución o movimiento, en cuanto delimitación de un antes y un después, por el simple hecho de que tener que abandonarlo más tarde tendría una consecuencia clara: la exclusión, marginación e incluso eliminación o aniquilación (como les pasó a Pertur y a Yoyes) del sujeto “saliente” (el infiel, el cobarde o, lo que es peor, el traidor).
Pero no hace falta ser miembro de una organización terrorista para que la disidencia sea represaliada de forma inhumana: ¡es suficiente con pertenecer a un colectivo o institución con cierta notoriedad y jerarquía en el que haya una o más personas que vivan su pertenencia a ese grupo en clave de “luchas de poder”!
Sin embargo, esta no pretende ser una entrada tétrica, sino una nueva apelación a la fuerza de la gracia, ya que ella sobreabunda allá donde antes quiso abundar el pecado. Y apelo a la fuerza de la gracia de la mano de Jesús de Nazaret, el gran disidente de la historia de la humanidad. Su relectura del judaísmo (al que perteneció), su independencia ante la prepotencia del imperio romano (con el que convivió), su inequívoca simpatía y compasión por los más débiles y desfavorecidos (a los que amó hasta el extremo) son sólo las líneas más sobresalientes para escribir un manual sobre la disidencia. Su vida, mensaje, muerte y resurrección es un paradigma de que la disidencia tiene serias repercusiones, pero también de que si el disidente lucha por lo que es justo (¡y qué hay más justo que el Reino de Dios!), no sólo invoca la gracia para su alma sino que también la está pidiendo por descontado para quienes le están persiguiendo. Quizás por eso, cuando Jesús exclama en la cruz “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, en realidad está rezando entero el salmo del mismo título. Y ese salmo, como las grandes historias, no es sólo como empieza sino también como termina: “Contaré tu fama a mis hermanos, / en medio de la asamblea te alabaré/ (…) Y para aquel que ya no viva/ su descendencia le servirá:/ hablará del Señor a la edad venidera,/ contará su justicia al pueblo por nacer:/ Así actuó el Señor”.