
Precisamente, Tomás de Aquino aúna en su figura y en su obra el sano equilibrio entre lo tradicional y lo progresista, desmontando etiquetas que oculten la gran realidad: no hay nada que más contribuya al verdadero progreso que una tradición auténtica. Como magistralmente nos enseñó un buen hermano de Tomás de Aquino, Y. Congar OP, la Tradición (con mayúsculas) se impone a las tradiciones (con minúsculas). La Tradición extrae lo mejor de nuestras vidas y pone las cosas en su sitio: desnudando a los carcas, que esconden su ideología rancia envuelta en falsa tradición, y abochornando a los pseudo-progresistas (los entrañables “progres”), que ven como el inexorable paso del tiempo transforma su condición de “listillos” en la de “pardillos”.
A Tomás de Aquino yo le llamo cariñosamente “el tío Tomás”, especialmente cuando me toca hablar de él en mis clases de filosofía y religión. Lo hago por hacerle aparecer más cercano y también, con cierta sorna, porque a este fraile dominico del siglo XIII le hemos llamado a lo largo de la historia “buey mudo”, “Aquinate”, “Santo Tomás” o “Doctor Angélico”, entre otras denominaciones, logrando eclipsar a veces la que puede ser la mejor versión de este gigante del pensamiento y la espiritualidad: sencillamente la de fray Tomás de Aquino. ¿Seria esto lo que él quiso expresar cuando tras una visión mística al final de sus días, dejó de escribir porque pensaba que no era posible expresar conceptualmente lo que él estaba viviendo?
Si echamos un vistazo a su biografía, podremos ver que Santo Tomás de Aquino lo ha tenido mucho más fácil que fray Tomás de Aquino para triunfar en la vida. La peor lacra que se ha echado sobre las espaldas de este fornido fraile mendicante es la de academicista e intelectualoide. Él se vería hoy afectado por esta percepción errónea y, a veces, malévola, que brota incluso de donde proceden los golpes más dolorosos, los que proceden de tu entorno más cercano (“el peor enemigo es el que está encubierto”, Séneca dixit).
¿Podría hablarse entonces de cainismo tomista? Quienes amen o aprecien a Tomás de Aquino (dominicos, filósofos, teólogos,…) deberemos preguntarnos si le valoramos incondicionalmente por el mero hecho de ser nuestro hermano (o colega) y si en alguna ocasión hemos dejado de estar a la altura de su inmenso legado, camuflándonos en una triste excusa: “¿acaso soy yo responsable de mi hermano?” (Gn 4, 9).
La otra gran lacra que salpica a este pensador es la que procede de un estúpido e ideológico prejuicio que le acusa de ser “creyente” (sus acusadores dirían religioso) y “medieval”. De nuevo, confundir “creyente” con “desfasado” y “medieval” con “oscuro e inquisitorial” son dos lujos que sólo pueden permitirse aquellos cuya excesiva autoestima les lleva a ver la vida desde la atalaya del reduccionismo y la superioridad moral, sin ruborizarse ni sospechar la gravedad de su error.
Predicar, alabar y bendecir a Tomás de Aquino hoy, es una forma de manifestar lo orgulloso que uno se siente de compartir carisma, historia y fraternidad con un gigante de la humanidad. Si alguno pensara que esta manifestación es exagerada y pretenciosa para alguien como yo, no tendría problema en replicarle: no hablo de Santo Tomás de Aquino, sino de fray Tomás de Aquino o, si me lo permiten ustedes, del tío Tomás.