viernes, 25 de diciembre de 2009
¿Dónde vas a dormir esta noche?
jueves, 24 de diciembre de 2009
En la muerte de fray Edward Schillebeeckx OP
martes, 15 de diciembre de 2009
Mosquitos en diciembre
lunes, 7 de diciembre de 2009
Despedirse en vida
martes, 1 de diciembre de 2009
Adviento, ¿espiritualidad o comercio?

Como buenos hijos de la sociedad de consumo, ellos han defendido la libertad de mercado y de los trabajadores-consumidores para dedicar el domingo a trabajar o consumir. Como hemos podido, finalmente hemos llegado al acuerdo de que trabajar en domingo es positivo siempre y cuando la motivación que lleva a una persona a tener que sacrificar otras cosas importantes por ese trabajo no se produjera por una causa impositiva o enajenadora de su libertad individual.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Dejad que los niños os acerquen a mí

lunes, 9 de noviembre de 2009
El tono 13

martes, 3 de noviembre de 2009
La parte irreductible de la vida


domingo, 25 de octubre de 2009
Móvil y @, príncipes de Asturias

domingo, 18 de octubre de 2009
A un metro de ti
lunes, 12 de octubre de 2009
Canonízale tú, que yo no puedo

Sin embargo, quisiera aprovechar la coyuntura de este acontecimiento para cerciorarme de que sabemos lo que nos traemos entre manos. Es decir, ¿a quién se está canonizando realmente? O dicho de otra forma, ¿qué lecturas teológicas y, sobre todo, teologales se están sacando de este tipo de actos y sus circunstancias?
Si no estoy equivocado, la palabra “canonización” procede de “canon”, que significa “norma, regla”. Así, consideramos canónico aquello que es válido y tiene autoridad para orientar y dinamizar nuestra vida. Esto vale para algo tan espiritual y de inspiración divina como la lista de los libros que componen la Sagrada Escritura como para algo tan jurídico y de inspiración humanoide como el código de Derecho Canónico. Lo canónico es lo que vale, ya sea porque se hace valer (tiene autoridad) o bien porque alguien lo hace valer (normalmente una potestad).
Entonces, ¿debemos considerar que estos nuevos santos –como todos los santos y santas de Dios- son un ejemplo y una norma de vida para todos los católicos? A preguntas con trampa, respuestas audaces. Claro que los santos son ejemplo y norma de vida, pero sólo lo son en cuanto que están referidos al único absoluto que puede ser norma de vida para un católico: Dios.
Si hasta el propio Jesús de Nazaret, el Dios hecho hombre, se aplicó esto a sí mismo, tal y como hemos heredado del judaísmo (sólo Dios es santo, tres veces santo), ¿cómo no vamos a hacerlo con los santos antiguos, con los nuevos e incluso con los que, sin ni siquiera sospecharlo, están viviendo ahora entre nosotros?
Sin conocer en detalle la vida de estos nuevos santos, creo que no me equivocaría mucho si –como en el ejemplo de todos o de la mayoría de los santos- deduzco que su testimonio de vida ha sido más fecundo y evangelizador cuando expusieron su vida en referencia a la única norma que la sostenía y animaba: la presencia vivificante y trinitaria del Dios cristiano.
Por el contrario, haberse canonizado a sí mismos hubiese sido un anti-testimonio y un error en el que, ¡paradojas de la vida!, podrían estar incurriendo quienes les han promovido con su devoción y sus bienes hasta los altares. Más aún, si siendo el nuevo santo un ejemplo en cierto aspecto de la evangelización, los devotos herederos de sus órdenes, congregaciones o diócesis no hicieran una lectura actualizada de lo que Dios, norma absoluta, les está pidiendo a través del santo o santa X, norma circunstancial, estarían tomando la parte por el todo y en honor a la verdad tendríamos que decirles: “canonízale tú, que yo no puedo”.
Llegados a este punto, alguien podría acusarme de “protestante”. Mas lejos de defenderme de nada, me adelanto enfatizando la intencionalidad profundamente católica de mi lectura teológica. Y esa lectura no es otra que abogar por la comunión de los santos como forma de interpretación que evite que la canonización de ayer degenere en mera idolatría.
Si al testimonio de íntimidad espiritual con Dios de Rafael Arnaiz, le añadimos la evangelización en la intemperie y en la frontera de Francisco Coll, el compromiso con los más pobres de Damián de Molokai -el apóstol de los leprosos- y de María de la Cruz Jugan -fundadora de las Hermanitas de los pobres- y la vivencia de la jerarquía en clave de servicio y caridad de monseñor Felinski, arzobispo de Cracovia, seguro que todos recibiremos una onda más clara de lo que esta canonización nos puede transmitir desde la clave de Dios como norma de vida. Amén.
lunes, 5 de octubre de 2009
Camboya, tierra de esperanza

En un breve recorrido por la sala, un puñado de fotografías de gran calidad realizadas por el reciente premio de periodismo Rey de España, Gervasio Sánchez –al parecer marginado por haber denunciado con coraje y mucha libertad algunas de las miserias de nuestro mundo- y un breve documental de Oriol Gispert hablan a las claras de un país, Camboya, que parece empeñado en superar las calamidades y atrocidades con que su historia reciente le ha golpeado.
En un país machacado por la guerra y la dictadura, los hombres y mujeres de paz han decidido combatir con las armas de las sonrisas y la esperanza. En un país en constante batalla contra el hambre, las mejores recetas de la tradición y la artesanía (en pesca, agricultura, etc.) ofrecen su fuerza constructiva a quienes no tienen ni tiempo para rendirse. En un país que demanda estabilidad y prosperidad en cantidades industriales, su juventud constituye su mejor y más prometedor activo (el 38% de la población es menor de 15 años). Y, barriendo un poco para casa, en un país donde la espiritualidad y su sabiduría rezuman por todas partes, la presencia comprometida y silenciosa (a veces tristemente silenciada) de la Iglesia católica –con obispos y misioneros al frente- hacen justicia a la palabra evangelio y me hacen sentir orgulloso de mis hermanos y consciente de que yo también he de hacer lo propio en mi realidad cotidiana.
De la exposición me quedo con tres cosas. Primero, con la expresividad de su título. Camboya es, por lo que se nos cuenta, un paradigma de esperanza y un aliciente para optimistas y filántropos. En segun

lunes, 28 de septiembre de 2009
Disidencias que matan

Nada más conocerse la acción disidente, el grupo nodriza despliega su arsenal de armamento psicológico y físico para amedrentar al incómodo denunciante. Primero llega la advertencia sutil, apelando al chantaje afectivo de la insolidaridad y la traición. Poco a poco se pasa a la intensificación de la amenaza que pueden incluir artes mafiosas como la difamación, la violencia psicológica o incluso las represalias contra personas afines al individuo independiente. Naturalmente, sobra decir que estas técnicas son especialmente dolorosas si el entorno no es capaz de filtrar o neutralizar los impactos de este bombardeo anti-persona. Por último, queda la peor parte, suponiendo que el individuo haya podido superar las pruebas anteriores: la anulación y la aniquilación del sujeto y todo lo que su obra y pensamiento pueden reflejar de él. Este paso puede suponer incluso el asesinato.
Precisamente, hace unos años, al comentar con Eladio Chavarri, un sabio filósofo navarro, la película “Yoyes” (basada en la vida y asesinato de otra disidente etarra), me advirtió de la importancia de la decisión de entrar en una institución o movimiento, en cuanto delimitación de un antes y un después, por el simple hecho de que tener que abandonarlo más tarde tendría una consecuencia clara: la exclusión, marginación e incluso eliminación o aniquilación (como les pasó a Pertur y a Yoyes) del sujeto “saliente” (el infiel, el cobarde o, lo que es peor, el traidor).
Pero no hace falta ser miembro de una organización terrorista para que la disidencia sea represaliada de forma inhumana: ¡es suficiente con pertenecer a un colectivo o institución con cierta notoriedad y jerarquía en el que haya una o más personas que vivan su pertenencia a ese grupo en clave de “luchas de poder”!
Sin embargo, esta no pretende ser una entrada tétrica, sino una nueva apelación a la fuerza de la gracia, ya que ella sobreabunda allá donde antes quiso abundar el pecado. Y apelo a la fuerza de la gracia de la mano de Jesús de Nazaret, el gran disidente de la historia de la humanidad. Su relectura del judaísmo (al que perteneció), su independencia ante la prepotencia del imperio romano (con el que convivió), su inequívoca simpatía y compasión por los más débiles y desfavorecidos (a los que amó hasta el extremo) son sólo las líneas más sobresalientes para escribir un manual sobre la disidencia. Su vida, mensaje, muerte y resurrección es un paradigma de que la disidencia tiene serias repercusiones, pero también de que si el disidente lucha por lo que es justo (¡y qué hay más justo que el Reino de Dios!), no sólo invoca la gracia para su alma sino que también la está pidiendo por descontado para quienes le están persiguiendo. Quizás por eso, cuando Jesús exclama en la cruz “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, en realidad está rezando entero el salmo del mismo título. Y ese salmo, como las grandes historias, no es sólo como empieza sino también como termina: “Contaré tu fama a mis hermanos, / en medio de la asamblea te alabaré/ (…) Y para aquel que ya no viva/ su descendencia le servirá:/ hablará del Señor a la edad venidera,/ contará su justicia al pueblo por nacer:/ Así actuó el Señor”.
domingo, 20 de septiembre de 2009
El problema de la educación
Mi primera sensación es agridulce. Por un lado está la ilusión (que también percibo en algunos compañeros de profesión) por el hecho de que por fin parece que se quiere ver un problema que nos acecha como sociedad más de lo que nos imaginamos. Sin embargo, por otro lado, me vuelve a decepcionar el partidismo y el electoralismo con que nuestros políticos vuelven a tratar y a considerar a la educación. Y ya van muchos años, ¡por no decir siglos! (Cf., por ejemplo, DE PUELLES, Manuel, Educación e ideología en la España contemporánea. Tecnos, 1999)
Dicho de otra forma: si convenimos en que nos beneficia a todos que la educación sea algo que funcione bien en este país, ¿por qué no nos dedicamos a ser parte de la solución y dejamos de ser parte del problema?

Ahora que se habla de autoridad, quizás podríamos recordarnos que en educación (como en derecho, en ética, en política, etc.), muy por encima de la potestas está la auctoritas. Y nuestros políticos siguen apelando a la potestad que les confiere haber llegado al gobierno en una u otra legislatura, da igual quién esté en el gobierno y quién en la oposición, para cambiar leyes de educación –con muy poco acierto, todo sea dicho- a costa de pisotear la poca, quizás ya nula, autoridad moral que les queda. Puede que la única forma de recuperar esa autoridad sea procurar eso que se llama en democracia un pacto de Estado, antes de que esta sabia fórmula de consenso acabe degenerando en un espectro político.
La pregunta es clara: si de diez puntos de debate político sobre educación, los principales partidos serían capaces de lograr un consenso muy estable en, al menos, siete de ellos, ¿por qué no ocurre, ni da la sensación de que vaya a ocurrir? Dejo la respuesta a cada cual.
Cualquiera que se tome la molestia de darse un paseo por los fangosos terrenos de la educación en España constatará que, más allá de toda discusión, lo único que no cambia en cada situación o en cada reforma educativa son las auténticas víctimas: los alumnos y la sociedad (a los profesores los dejaremos de lado hasta otro día en que me dé un ataque más agudo de corporativismo).
Si, por citar sólo algunos ejemplos, nuestros alumnos han de educarse en ambientes familiares que no siempre pueden (o quieren) considerarles su máxima prioridad; en un sistema evaluativo que prima la competitividad inhumana y el cientificismo; en un modelo de gestión que confunde calidad con una ratio de ordenadores per capita; en una universidad que parece abocada a ser una sucursal de I+D de las empresas; o en una coyuntura en la que lo público se autoanula y se pone al servicio de la promoción inconsciente de lo concertado y lo privado sin interactuar para nada con ello, podemos entender que tenemos algo más que un problema (y no sólo de autoridad). Como me escribió una alumna en una redacción, “el problema es que no nos dejan ser el problema”.
Mirar al problema parcial (el de la autoridad) en lugar de al problema global (dónde estamos y dónde queremos estar), puede ser un bálsamo a corto plazo pero un suicidio colectivo a largo plazo. La autoridad, entre otras cosas, se gana con claridad de ideas para guiar nuestro sistema educativo hacia donde convenga, con profesionales (vocacionados, si no es mucho pedir) dispuestos a contrastarse con las nuevas generaciones y sus circunstancias y, sobre todo, con la firme convicción de que una sociedad ha de invertir (no sólo, pero también dinero) lo mejor en la educación de quiénes han de garantizar su futuro y su prosperidad. Si no queremos que la factura social de este problema sea cada vez mayor, deberíamos recordar la famosa frase atribuida a un ex-rector de Harvard: “Si piensan que la educación es cara, prueben con la ignorancia”.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Vivir en colores

En un cursillo sobre pastoral en los colegios concertados católicos, en el que por cierto se nos ha instado a los profesores a bendecir a nuestros alumnos, el ponente, Paco, un simpático cura madrileño aprovechaba, para introducir el tema, una voz proferida por un político en una campaña electoral y que decía algo así como: ¡Queremos vivir en colores!
Y hete aquí que me ha venido a la mente esa intuición de Ortega que dice que “el gris es el ascetismo del color, pues ser gris es lo más que el color puede hacer cuando quiere renunciar a ser color”. Intuición de la que yo interpreto en sintonía con el ideal pindárico (“llega a ser el que eres”), que tanto gustaba al propio Ortega, que estamos llamados a vivir en colores. Nunca dejaremos de tener colores, lo que sí podremos es mostrarlos con mayor o menor brillo o intensidad.
Puede que en ocasiones nuestra vida o algunas facetas de ella adquieran un color gris. Es lo que podríamos llamar crisis. Sin embargo, por mucho que nos empeñemos en dejar de vivir en colores, lo máximo que lograremos es ser grises. Pero la crisis, lejos de ser algo malo en sí mismo, es algo positivo en cuanto que supone una oportunidad para retomar de mejor manera lo que no nos salió bien a la primera (o a la trigésima) oportunidad.
Para dar brillo a nuestros colores tendremos que contrastarnos a veces con nuestros grises. Es el momento del ascetismo, de revisarme por dentro, de pasar mi ITV personal y detectar qué forma es la mejor para volver a desplegar toda mi gama de colores.

El ascetismo siempre ha requerido mucho esfuerzo y sacrificio, y encima no vende mucho en la mentalidad actual predominante. Sin embargo, vidas y sueños como los de mis alumnos, que lloraban en junio y sonríen plenos y satisfechos ahora en septiembre, (gracias en buena medida a su humildad para saber ser ascéticos) me hacen caer en la cuenta de lo importante que es saber vivir en colores. Y no sólo por uno mismo sino también por los que me rodean, especialmente los que me aprecian. Así es más fácil bendecir a los demás. Así es más fácil que bendigamos todos, pues vivir en colores suele ser garantía para poder decir que la vida va bien.
lunes, 7 de septiembre de 2009
2001: una odisea en el ciberespacio

En cualquier caso, teniendo en cuenta que mis progenitores no frecuentan internet, que mucha gente que conozco y aprecio no sabe ni que tengo un blog (o yo no sé que ellos lo saben), la cosa es curiosa. Sin más, ya sabíamos que ni es, ni pretende ser el boom internauta del año, pero ahí queda eso de “predica que algo queda”.
Dos mil visitas son muchas y pocas. Para mí son 2000 regalos y una ventana a seguir descubriendo nuevos mundos. Precisamente, estos eran dos de los tres objetivos que me marqué al embarcarme en esta aventura en el ciberespacio: primero, invitarme (y casi obligarme) a reflexionar y escribir sobre cuestiones de actualidad cotidiana ya fueran de carácter general o particular; segundo, crearme una excusa para conocer un poco mejor estos mundos de la informática y de la red, evitando llegar a ser un analfabeto informático; y, por último, soñar con que alguien pudiera encontrar en este blog un hueco para pasar a visitarlo de vez en cuando y saborear los temas propuestos. ¡Si encima alguien comenta algo… es como invitar a alguien a tomar café en casa y llega con unas palmeritas de chocolate! (no hacía falta pero se agradece de veras).
Por eso, de alguna manera, esos objetivos se van haciendo, muy poquito a poco, realidad. En lo que a los lecto

Los consejos básicos para que un blog tenga éxito recomiendan, entre otras cosas, promocionarse en foros y en los círculos cercanos, incluir entre las primeras entradas una que invite y explique cómo hacerse seguidor del blog (sigo sin tener ni idea de cómo se hace sin una cuenta de ‘gmail’), y sobre todo, seguir escribiendo cosas que puedan llegar a ser interesantes para los lectores. De las tres sólo me he preocupado por la tercera. Creo que es mejor así, dejando que el blog llegue y lleve sus palabrillas a donde la gracia de Dios disponga. Si no, no haría honor a su título. Si no, no tendría GRACIA.
miércoles, 26 de agosto de 2009
Monjes para todos

Los monjes de Huerta (con un grupo de 5 ó 6 monjes jóvenes, para información de los chismosos y los estudiosos de la estadística) son como son, ni mejores ni peores. Pero sí tienen algo que, a mí por lo menos me ha gustado: ganas de interactuar con el mundo. La tentación monástica (tender hacia el “mono”) intenta ser vencida por la proyección monástica (ser impulsado por Dios hacia el encuentro con los hombres y viceversa). Dicho de modo más popular y poético, lejos de rendirse al “más vale sólo que mal acompañado”, un monje que dedica seis horas diarias -como mínimo- a hablar con Dios no puede olvidar que “lo importante no es llegar solo ni pronto, sino con todos y a tiempo”.

martes, 18 de agosto de 2009
Fiestorro en el cielo

De hecho, incluso los noticieros de la farándula dominicana se han hecho eco de ello. Uno de sus blogs más mediáticos habla de modo “carismático” de lo allí vivido y se une a las voces que anima a potenciar esto como si se nos animase a surcar por primera vez el Mediterráneo a quienes ya sabemos –y si es preciso se canta- que sirve, como mínimo, “para pintar de azul vuestras largas noches de invierno”.
¡Quién nos ha visto y quién nos ve! El autor de ese blog y otros que animan a potenciar este movimiento que no hace mucho tiempo vilipendiaban, ridiculizaban y obstaculizaban su desarrollo habrán de admitir –por el afecto que nos tenemos, la fraternidad que nos une y la razón que me asiste- que han sufrido una conversión que deja “turulato” al mismísimo San Pablo (ya que la otra posibilidad -la de unirse al “enemigo”- sería demasiado triste aunque sólo fuera para considerarla).
El MJD, el nacional, el internacional o el megaplanetario, es (si no me lo han cam

Esa triada parabólica nos habla de la misericordia, vinculando su vivencia total a la celebración de una gran fiesta en el cielo. En primer lugar, se nos habla de la oveja perdida en comparación con las otras noventa y nueve. Los neo-conversos del MJD han sabido dar el primer paso: atreverse a confesar que sienten una inmensa alegría por haber descubierto este oasis dominicano, paradójicamente (y parabólicamente) repleto de “parias” laicos y jóvenes.
Un segundo momento nos viene presentado por la parábola de la moneda perdida. Este relato nos marca dos actitudes: la de reparar en algo que ya teníamos y a lo que no habíamos concedido la importancia que debíamos; y la de proclamar a viva voz (y por lo que se ve, también a vivo blog) la alegría por el inesperado descubrimiento. A este respecto, sólo diré que a buen entendedor pocas palabras (nombres en este caso) bastan. Sólo citar los nombres de Munio de Zamora, Catalina de Siena o Yves Congar, entre otros muchos, deberían provocarnos una inmensa alegría y la inquietante pregunta sobre si tendremos la suficiente lucidez y el “coraje de futuro” de conocer a fondo sus historias y contárselas a esos jóvenes para poder saborearlas y revivirlas juntos.
Con poner en práctica estas dos parábolas, como se nos dice en el evangelio, ya tendríamos organizado todo un fiestorro en el cielo. Pero hete aquí que nos queda lo mejor, la tercera parábola, la conocida por el título de “El hijo pródigo” que los teólogos hoy nos piden que rebauticemos como “El padre misericordioso”, pues en contra de lo que piensa nuestro ego humano, el protagonista de la parábola es Dios, que es al fin y al cabo el que tiene una misericordia infinita.
Será por eso que los neoconversos “emejotaderos” nos revelan que la grandeza de este movimiento y sus encuentros no radica en que haya existido y exista gente que ha vivido esa dimensión durante años (quizá siglos), ni tampoco en que nos lo digan ellos. La grandeza de esto está en que es Dios mismo (¡alabado sea el Señor!, que rezarían los carismáticos) el que se está manifestando detrás de todo esto. Sí, tras este encuentro y otros similares, ya podemos proclamar que el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.
Todo es tan maravilloso que casi se me olvida mencionar un pequeño inconveniente. Dios, que no es un Dios lejano o distante, no podría organizar un fiestorro en el cielo sin que antes esa fiesta tuviera su primera manifestación en la tierra. Y mirando de nuevo a la parábola me parece que podemos encontrar una pista -¿tardarán mucho los neoconversos y sus epígonos en pillarla?- para salvar esta situación. No se trata de que ahora todos se hagan del MJD –que alguno con tal de pillar un cargo o un honor distintivo va derechito al lodazal-, sino que se trata de algo aún más divertido y digno de Dios. Lo que se nos pide es algo tan sencillo como matar al novillo cebado, que está tan cebado que esto de matarlo suena a designio “nietzscheano”. Es decir, sin matar el novillo de la vanidad y la soberbia dominicanas, no habrá “fiestorro en la tierra”.
Moraleja: No hay auténtica vida cristiana y por ende dominicana, sin un espíritu de humilde conversión y sin cantidades industriales de misericordia. He visto películas como esta del encuentro de Fátima y tengo la tentación de pensar que puede acabar igual que las anteriores. Por eso, me aplico el cuento a mí el primero y en señal de conversión dejaré a un lado la bolsa de palomitas que me estaba zampando mientras contemplaba el show de las conversiones súbitas y trataré de estar listo para poder compartir con todos la inminente fiesta en la tierra, la única que permite obtener una invitación directa y personal para el “fiestorro en el cielo”.